
El tour por Tabacalera Palma y su fábrica, La Galera, durante el Festival Procigar 2026 fue quizá la experiencia más dominicana que experimentamos; de entrada, porque te reciben en el campo con un coco bien frío y un espeso sancocho anti-resaca que acompañas con una cerveza Presidente helada, por si uno llega malito de la noche anterior (sí, a las diez de la mañana, porque en este hermoso país nadie te juzgará si te ve con una cerveza en la mano a esa hora).
A diferencia de otros recorridos, éste lo encabezó la siguiente generación de la familia Blanco, José Manuel, descendiente del primer José Manuel Blanco Lozada, migrante español que llegó a República Dominicana en 1880 y legó sus conocimientos en el cultivo de café, cacao y tabaco a su hijo José Arnaldo Blanco I.
José creció con y en el tabaco, y poco a poco ha ido tomando las riendas de la compañía; su conocimiento es vasto y se nota durante el recorrido, ya que a pesar de su juventud domina perfectamente cada uno de los procesos, ofrece datos, recuerda estadísticas, explica con precisión y profundidad, y emana pasión y amor por lo que hace.
Durante la presentación del precioso humidor conmemorativo del Año del Caballo chino, sobre una mesa en forma de herradura, nos habló un poco sobre la historia de la empresa. El escenario fue la galera –donde se elaboran los cigarros–, con el personal bonchando y encapando.
“El registro oficial de la empresa fue en 1936, aunque mi abuelo empezó a finales de los años 20, en lo que eran un mercado y un mundo completamente diferentes. Él producía más cigarros de estilo rústico (pachuchés o perritos), porque en esa época no había demanda de cigarros premium y todos fumaban pipa o mascaban tabaco. Con la inmigración y la urbanización del país, durante la dictadura de 1930 a 1961, se incentivó a la gente a mudarse a las ciudades.
A medida que la mezcla de la urbanización y la revolución industrial posicionaba al cigarrillo y lo convertía en tendencia y moda, el mercado del cigarro tradicional se sacudía. El consumo local empezó a bajar, porque a quienes llegaban a la ciudad, en cuanto se les veía con un cigarro, se les consideraba de clase baja. Lo nuevo, lo que representaba a la Revolución Industrial en el Mundo del Tabaco eran los cigarrillos.
“Fue entonces cuando la empresa empezó, lenta pero inexorablemente, a decaer. Mi padre era un joven de 18 ó 19 años cuando vio que, si no había un cambio pronto, el negocio desaparecería. Fue entonces cuando se enfocó en el mercado internacional de cigarros premium, allá en los años ochenta. Comenzó en el segundo piso del edificio que tenía mi abuelo, poco a poco, y en los noventa construyó el primer almacén.
“Después de años de trabajo hemos construido más almacenes, expandiendo la fábrica, y en la última década trabajamos en nuestra propia marca. Aunque la empresa tiene 90 años de historia, éramos más un fabricante para terceros, haciendo cigarros para otras empresas y asociándonos con otras marcas. Pero hace diez años decidimos dar el salto.
«Mi padre básicamente construyó todo. Él me dio las bases y me dejó en una posición en la que yo quería crear mi propia marca y ahora estamos dando el paso final hacia una integración vertical completa: desde la semilla hasta la tienda”.
La Galera cumplió recientemente diez años en el mercado. Llega a más de 90 países, y año con año reduce su producción a terceros para concentrarse en su marca. De hecho, duplicaron su operación y tuvieron que mudarse a un nuevo edificio, con más capacidad, donde se trabaja mejor. “En este punto, sin contar a la administración y a los empleados agrícolas, cerramos con 520 empleados en planta, lo que significa 520 familias”.






