La Flor Dominicana siempre será de la familia Gómez

El tour con Litto Gómez, dueño de La Flor Dominicana, durante el Festival Procigar 2026 fue profundo y extravagante, pues ese hombre sabe construir momentos memorables, tanto explicándote cada proceso, desde el semillero hasta el aging room, como levantando una pala en el asado en su fábrica, mientras se toma un trago directo de la botella junto con el chef, en la euforia del ritual del fuego.

Leer la historia de la compañía nunca será lo mismo a que te la cuente él personalmente mientras caminas y fumas a su lado cuando te muestra todas sus instalaciones. Escuchar que La Flor Dominicana no comenzó en una sala de juntas alfombrada, sino cargando fardos de tabaco sobre sus hombros para meterlos en una vieja minivan Toyota, no tiene precio.

Era 1994 cuando Litto Gómez, junto a su esposa Inés, fundó la empresa. “No teníamos ninguna posibilidad de éxito”, confiesa 32 años después, con la serenidad de quien ha vencido al destino, mientras contempla los fardos de tabaco que se añejan en la bodega.

Sus inicios estuvieron marcados por la falta de capital y la dependencia del mercado abierto, en el que el tabaco era una moneda voluble y sin rostro. También aprendió que no bastaba con fabricar, había que controlar el alma del producto: la tierra.

En 1997, Litto tomó la decisión que transformaría a la pequeña fábrica La Flor Dominicana en una potencia tabaquera. Compró un pedazo de tierra en La Canela, a pesar de que en ese entonces “no podía mantener viva ni una planta en su casa”. Hoy, esa finca es la “roca» de la compañía. “No podríamos hacer buenos cigarros sin tener una finca. Esta tierra es la que le da personalidad a nuestros cigarros”.

Es una declaración de principios: si al fumador no le gusta un LFD, Litto no culpa al proveedor; asume la responsabilidad total, pues el tabaco es suyo de principio a fin. Para el fumador de La Flor Dominicana existe una promesa inquebrantable: la mezcla no cambia, pues entiende que quien fuma su marca no sólo busca nicotina y sabor, sino un momento especial de relajación y reflexión. Arruinar ese momento con una mezcla inconsistente sería una falta de respeto.

Él eleva el acto de fumar a una filosofía de paz global: «Si todos en el mundo fumaran cigarros, no habría guerras», porque el o la fumadora de cigarros es, por definición, una persona feliz que sabe cómo detener el tiempo para celebrar, o simplemente meditar sobre su día.

Uno de los momentos más emotivos del recorrido sucedió en el área de fermentación, donde montado en una silla para que le escucharan todos, confesó que en un mundo dominado por corporaciones que compran y venden marcas como si fueran activos financieros, recibió ofertas de millones de dólares por su compañía, pero su respuesta fue siempre la misma: «Esta compañía es para mis hijos, para mi familia».

Se enorgullece de ser la primera generación que entró en una industria dominada por dinastías como los Padrón o los Fuente. Su mayor éxito, afirmó, no son sus vitolas premiadas, sino asegurar que sus hijos Tony, Litto y Valentina sean la segunda generación que herede no sólo un negocio, sino el orgullo de la familia Gómez.

“Mi esposa y yo somos la primera generación que entra en una industria con estas compañías de muchas generaciones, como los Padrón, los Fuente, y siempre he admirado eso. Quería que mis hijos fueran la segunda generación porque yo era un recién llegado, alguien que sólo entró en el negocio, y ahora nuestros hijos serán una segunda generación. Y es por esto que trabajamos: pasarán muchos años, décadas, y seguirá estando (la empresa) en la familia Gómez”.

Litto no es únicamente un fabricante de cigarros, sino un guardián de la paciencia en un mundo acelerado. Desde la minivan Toyota hasta la cima del mundo tabacalero, su camino ha sido guiado por la fe y el trabajo duro. Al final, todo se reduce a un acto de amor y arte: “Hacemos lo que hacemos con el corazón, y siempre lo haremos de la misma manera”.

Hablamos de un español criado en Uruguay, quien halló su destino en la en República Dominicana y cada mañana se para en la puerta de su almacén de tabaco, mirando el inventario añejado y susurrando un desafiante “jódanse” a quienes apostaron por su fracaso. Porque en el mundo de La Flor Dominicana, el tiempo no es dinero, sino el ingrediente que hace que la vida valga la pena ser fumada.