
Una inusual noche fría había caído sobre aquella cabaña abandonada en alguna parte del pantano. Dolores titiritaba en su habitación y no podía dejar de pensar en los compromisos que había dejado atrás. Hace apenas unos años, ella era madre y ama de casa.
Igual que Alyssa, había sido secuestrada por el capitán Clinton y la Guardia del Sur, pero a diferencia de la chica, ella había elegido irse con los hombres a cambio de que no asesinaran a su familia.
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Su esposo era un lisiado de la Guerra Civil y de ella dependían un par de niños pequeños, por lo que decidió sacrificar su vida para que por lo menos tuvieran una mínima oportunidad en esta realidad de tan difícil existencia.
A cambio de esclavizarse bajo el yugo de los mercenarios, Dolores pactó que la familia no sería molestada y que, además, podría enviar una pequeña cantidad de dinero cada cierto tiempo. En la juventud de años pasados, Dolores había sido atractiva y la debilidad de Clinton siempre fueron las mujeres, así que el villano aceptó y por un tiempo cumplió, hasta hace no mucho que Dolores comenzaba a envejecer y a perder el encanto que hipnotizaba a este demonio del pantano.
En aquellos años, la Guerra de Secesión había recientemente concluido y, derrotados, muchos soldados del sur se agruparon para formar lo que hoy se conoce como La Guardia del Sur, convencidos de que el resultado del conflicto era injusto para sus ideales.
Dirigidos por el capitán Clinton, esta banda de mercenarios se internó en todo el sur del territorio americano, tratando de permanecer ocultos en el paisaje de frondosa vegetación, pero siempre buscando algo que hacer para sobrevivir.
Así fue como, en su camino hacia el sureste del país, llegaron a un pequeño pueblo ubicado apenas en la frontera entre las pasadas líneas enemigas del norte y su territorio sureño, donde, ante la falta de oportunidades laborales o el poco interés en desempeñar algún empleo, decidieron tomar todo lo que no estuviera clavado al suelo.
Al cabo de un par de días, partieron rumbo a los pantanos de Lafayette cargados con alimentos, bebidas, víveres generales, carretas, muebles y mujeres, Dolores, entre ellas, acompañada de muchas otras que no habían logrado sobrevivir al paso del tiempo con La Guardia del Sur.
Dolores sabía trabajar y complacer, y utilizó sus encantos juveniles para sobrevivir a tanto durante los últimos años. Ella era mexicana, su tierra natal estaba controlada por franceses invasores, y la adoptiva, por una guerra interna que le había robado la paz y la pierna derecha de su marido.
Vivir en los pantanos de Lafayette, a cambio de la tranquilidad de su familia, no sonaba a un mal trato, tomando en cuenta que el sacrifico que una madre puede hacer por los suyos tiene límites infinitos; límites que parecía que el Capitán estaba muy cerca de poner a prueba y, tal vez, romper.
Tenía meses que Clinton no le entregaba la cantidad que muy puntualmente enviaba por telegrama a sus hijos bajo la mentira de estar trabajando en la gran ciudad. Aquella noche, impulsada por el coraje de ver a Alyssa ser ultrajada, decidió acercarse al capitán y exigir, si se le puede llamar así al acto de acercarse tímidamente al hombre más grande que hayas conocido y balbucear un par de palabras, el cumplimiento del pacto.
La respuesta del hombre fue contundente, sí, una contundente cachetada que derribó a la mujer.
–No estés chingando con eso. ¿Qué te hace pensar que tengo dinero? ¿Acaso no me ves, no ves este lugar? –Pero ella sabía que lo tenía y sabía dónde lo ocultaba, aun cuando su valor no alcanzaba para más que rogar por él.
–Pero señor, mis hijos… –Plañía la mujer antes ser interrumpida por la imponente bota de Clinton. Mientras tanto, en la otra habitación, la curiosa e inteligente Alyssa escuchaba la situación y empatizaba con los lamentos de Dolores.
El sonido de aquella mujer llorando y el de un hombre furibundo tratando de hacerla callar, una vez más la llevaron a revivir los más profundos recuerdos dentro de su mente: su infancia en una casa no muy lejos de donde ahora se encontraba, con el mismo aroma, las mismas carencias, los mismos tratos y la misma sed de venganza.
Cuando niña, Alyssa no era fuerte de mente y espíritu como lo era ahora, no había vivido lo que ahora formaba parte de su experiencia, jamás había robado o disparado un arma en contra de alguien más, sólo había acumulado ira y rencor dentro de su joven corazón.
La pequeña niña de apenas unos siete años sufría en silencio los abusos de su padre, digería los maltratos hacia su madre sin poder hacer nada. Pero las circunstancias hoy eran otras, durante su adolescencia pudo encontrar la fuerza para encargarse del problema y volverse una mujer independiente.
Hoy, ella era una forajida, una bandolera anónima, animada por la necesidad, sí, pero también por la hermandad de la banda y, tal vez un poco, por el aroma a pólvora y sangre derramada por alguien que no merecía vivir un minuto más.
Dicen que después de la primera muerte, las que sigan serán cada día más fáciles de perpetrar y superar. Como en todo, siempre hay una primera vez y lo que bien se aprende, nunca se olvida. Para Alyssa, el primero fue su padre, y en la lista tenía a una gran cantidad de hombres que la habían maltratado en aquellos primeros años de independencia obligada.
Tras unirse a mí, a nuestra familia de bandidos, la muerte se había convertido en tema común, seguida de la venganza. Todo era una cuestión de tiempo, de encontrar el momento adecuado para dejar salir la furia, porque ella sabía que la pillería no es robar por robar, matar por matar. El señor Rubens nos había enseñado a elaborar un plan, pensar en posibilidades, distintos caminos a seguir, de acuerdo con las circunstancias vistas o por venir.
Dentro de su mente se urdía un plan para escapar de esta pesadilla, de este infierno personal del que hasta este momento no sabía cómo librarse. Sabía que su vida no podía depender de John y los demás, sabía que era fuerte y que nadie, más que ella misma, podría sacarla de ahí.
Tal vez, caminando con cuidado por este pantano plagado de trampas de arena, podría convencer a Dolores de colaborar y escapar juntas. A pesar de la obediencia mostrada por la mujer, Alyssa estaba segura de que ella tampoco soportaría mucho más tiempo en esa cabaña, así que la posibilidad de unirse ambas en un plan de venganza era más que latente.
CONTINUARÁ…
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