Adrian Cuba, el arte como salvación de lo eterno

Cubanías

José Camilo López Valls

Tal parece que Adrian Cuba es un artista que ha vivido en esta isla desde sus primeros tiempos. Su obra visual no es precisamente reconocida por una técnica extraordinaria o un virtuosismo desmedido. Algunos más bien lo confunden con un reparador de recuerdos… Porque su esencia es, en verdad, la capacidad de construir un discurso contemporáneo a partir de lo antiguo.

Al graduarse en 1988 como técnico medio superior en Diseño Mecánico, en la antigua escuela Amistad Cuba-URSS, el creador aprendió cómo funcionan las cosas desde adentro. La mecánica rusa, sin embargo, nunca fue su estética preferida, pues siempre ha querido esmerarse en lo insospechado de edificios antiguos, como las factorías de tabaco construidas en extramuros de La Habana, donde nació en octubre de 1965.

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–¿Cuál es tu primer acercamiento al tabaco?

–Vengo de una familia en la que todos son fumadores, pero eso no fue suficiente. Hace 14 ó 15 años comencé a asistir a un proyecto social denominado El Balcón del Tabaco. Por lo general éramos un grupo heterogéneo y solíamos reunirnos en alguna terraza de esas que todavía existen en La Habana.

Sin proponérmelo, sustituí al maestro Milton Bernal, reconocido como El Pintor del Tabaco, quien salió del grupo para atender compromisos internacionales. A partir del conocimiento como premisa, de momento me vi aportando obra a unas extrañas mini subastas que hacíamos, sin tanto énfasis en el dinero. El ganador se iba a casa con una obra de mi autoría como premio. En realidad, me reconozco como un fumador social.

–¿Y tus inicios en el mundo del arte?

–El comienzo fue accidentado, como son las cosas a veces. De Cadete en el Instituto Superior Militar me fui (por la libre) para ser parte del equipo anónimo de diseño de la Televisión Cubana. Éramos muy jóvenes… por ahí pasaron algunos artistas que hoy son creadores reconocidos.

En paralelo la Asociación Hermanos Saíz me eligió como su coordinador para las artes plásticas, y si tuve algún mérito como funcionario fue ser parte del núcleo gestor que coordinó la feria de artistas y artesanos en La Madriguera, dentro del espacio de la Quinta de los Molinos. Fueron los años inmediatos al éxodo masivo de los noventa, por lo que soy parte de esa orgullosa generación que se quedó a defender un sueño.

Cada cual vivía de lo que sabía hacer con las manos. He trabajado el barro, el grabado, el dibujo exacto sobre cartulina y sobre muchos otros soportes como por ejemplo al intervenir cafeteras. No le tengo miedo al objeto en sí.

Mi primera exposición personal se tituló Ancu (nervio duro, resistente) y fue en 1990 junto al artista Ángel Rivero, Andy, en el mezanine del teatro capitalino Mella. Después siguieron otros proyectos individuales y colectivos, incluyendo murales y las intervenciones en espacios públicos como hoteles, tiendas, restaurantes, hospitales… A mi país lo reconozco entero. Mi obra plástica ha sido mostrada en lo fundamental en España, Colombia y Panamá, y en México he participado en el diseño de interiores de hoteles en Cancún y Cozumel.

–¿Cuándo llegas al tema de los humidores, que son algo así como la consagración de tu arte?

–Debemos partir de que un humidor no es un cuadro. Es un objeto tridimensional que hay que convertir en obra de arte, y todavía más: en un producto del mercado para un segmento de alta gama, con clientes exigentes. Una pieza no se parece a otra. Son obras únicas de factura extraordinaria. A veces apreciamos que algunos colegas imponen su propia obra y estilo por encima del verdadero objetivo, que es provocar, motivar ansiedad a partir de su intervención artística.

Comencé decorando cajitas tradicionales de tabaco. La primera fue una caja de Cohíba Siglo VI para regalar a los amigos. Pero fue gracias a Ángel Miranda, director del proyecto Sikerei Art Gallery, quien me invitó a decorar en grande un humidor para un Festival de Amigos de Partagás, que todo cambió. Sólo restaban cuatro días para el evento, concluí el trabajo en tiempo y la pieza se expuso y se vendió con rapidez. Desde entonces no he dejado de participar en Festivales del Habano y de Partagás.

Nunca construyo ni diseño los humidores; eso lo dejo a la creatividad de los maestros carpinteros, quienes los hacen a partir maderas como caoba, ocume o cedro. Pero sí trabajo en el diseño de las anillas y las pinturas de algunos segmentos del proceso del tabaco, como las plantaciones.

Lo que me fascina y distingue es rescatar, a través de mis dibujos, el patrimonio industrial de las viejas fábricas de tabaco, pues de sus muros salió el aroma que encantó a Europa siglos atrás, y eso es algo que no siempre se recuerda con el respeto debido.

–¿Qué proyectos y ambiciones te invaden?

–Estoy regresando al lenguaje de la cerámica. Preparo una exposición que se llamará Cuba Ligth, en la que estarán presentes los años fundamentales para mi generación; una pieza por cada temporada o época… Ya somos seres descontinuados.

Le hago honor a mi apellido: «Cuba», pero me gustaría conocer los procesos del tabaco en otras regiones del Caribe y las Américas. Los humidores son procesos aparte, que nunca podrían asumirse como un plan ni esquema financiero. Es la arquitectura sublime del objeto. ¿El tabaco? Ah, el tabaco… es sencillamente una religión.