Capítulo 6: Secuelas Parte III: Dinamita

Raúl Melo

Después de algunos viajes furtivos a nuestros escondites, finalmente reunimos la mercancía en la cabaña del señor Rubens. Juntos, en la tranquilidad de este hogar, pensábamos en cómo mover estos cigarros rumbo a nuestro mercado habitual.

Robar los puros a Lafayette parecía una buena venganza inicial, pero más allá de aquella satisfacción el gasto había sido fuerte y las finanzas de esto que a veces llamábamos “familia” y otras tantas “banda”, se habían visto mermadas.

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Sentados a la mesa, el señor Rubens nos pidió pensar en alguna manera de aprovechar el producto. Surgieron distintas ideas, como humedecer los cigarros para desarmarlos y convertirlos en algo nuevo y menos identificable; también se habló de triturarlos y venderlos como tabaco para pipa, pero ambas opciones parecían una solución extrema para un producto elaborado tan perfectamente.

Es un hecho que Lafayette es una figura deleznable, pero Carrigan no tanto, y su trabajo, mucho menos. Dicen que existe entre ladrones el honor y puede ser cierto, pero también hay honor y respeto entre fumadores, y las piezas que acabábamos de robar no eran dignas de un final así.

Yo seguía pensando que el calibre de este nuevo cigarro, orgullo del terrateniente local, tenía una gran similitud con un cartucho de dinamita y no sólo por sus dimensiones, sino también por su color.

Mientras debatíamos y disfrutábamos de esta mezcla espectacular, porque lo era, tomé uno de los puros y le até un trozo de cuerda mal puesto en la mesa, de los que el señor Rubens utilizaba para empaquetar los mazos que comerciábamos.

Sostuve el cigarro en la mano, con aquella improvisada añadidura a manera de mecha, caminé hacia la chimenea y encendí la cuerda.

– ¡Cuidado! ¡Piensa rápido!, –grité, mientras lanzaba el cigarro disfrazado de dinamita hacia la mesa.

Alyssa saltó de la silla, cayó de espaldas y dio un par de giros antes de reincorporarse algunos metros lejos de mi pequeña broma.

En cambio, el señor Rubens no parecía haber caído en la treta.

– Así no quema una mecha, muchacho, –me dijo tranquilamente. Palmeó la cuerda para sofocar el fuego y continuó observando mi artefacto.

– ¡Ja..! Pero vaya que me hiciste pensar rápido, –añadió, sosteniendo fuertemente el cigarro con la mano derecha, apoyando la izquierda sobre la mesa para levantarse y dejarnos en el comedor sin saber qué estaba pasando exactamente.

Alyssa me lanzó una mirada penetrante que evolucionó hacia un par de golpes en el pecho.

– ¡Eres un idiota! ¡Me asustaste!, –reclamó.

– Ja, ja, ja… no tenías que decirlo, pude notarlo. Jamás te había visto moverte tan rápido. ¿Cómo creíste que iba a lanzar dinamita dentro de la cabaña?, –pregunté, sin parar de reír.

– ¿No escuchaste? ¡Eres un idiota! Podría pensar cualquier cosa viniendo de ti, –replicó, imprimiendo mayor molestia a su rostro, probablemente a causa de mis burlas.

El viejo volvió de su habitación tras un par de minutos. En la mano derecha aún sostenía el cigarro, mientras que en la izquierda cargaba un punzón y un trozo de mecha real. Tomó asiento frente a la mesa, envolvió la punta de su herramienta con el final de la mecha y cuidadosamente la introdujo en el centro del pie del puro. Colocó la nueva versión de mi broma sobre la mesa, tomó una caja de fósforos del bolsillo central de su overol, encendió uno y dio fuego a la mecha.

– Ahora sí quema como debe hacerlo. ¿Ves?, –dijo.

– Ahora hasta yo correría asustado como ella… ja, ja, ja…

– Eres bruto, no cabe duda, pero hasta un reloj descompuesto da la hora correcta dos veces al día, –expuso.

– Supongo, –respondí.

– Ahí está la confirmación… ¡Eres bruto y más!, ¿no lo ves?, –preguntó, y ante nuestras caras inexpresivas continuó con su explicación–. ¡Por todos los Santos! ¡Ahora ya parece un cartucho de dinamita real!, al menos a golpe de vista. Agradece que tus tonterías rinden frutos de vez en cuando, Doe. Pondremos estos cigarros entre cartuchos verdaderos y así los moveremos. Colocar mechas no parece sencillo, pero sí lo es, en comparación con convertirlos en otro cigarro o en picadura para pipa.

El señor Rubens era un genio que podía transformar mis tonterías, como él las llamaba, en ideas funcionales. Así, nos encomendó la tarea de colocar mechas a cuantas piezas pudiéramos. Era como el proceso de anillar, pero un tanto distinto, pensé.

– Hagan eso mientras vuelvo. Necesitaremos un par de cajas de explosivos para mezclar con los cigarros. No tardo y espero que mañana mismo puedan salir a entregarlos en Callahan Ridge.

Alyssa y yo pasamos gran parte del día colocando las mechas a los cigarros y atándolos en rollos de siete piezas, tal y como se hace con la dinamita real. Al cabo de unas horas el señor Rubens volvió con algunas cajas de explosivos llenas, y otras vacías.

– ¡Doe, Alyssa, salgan a ayudar!, –gritó el hombre desde fuera de la cabaña.

El carro lucía repleto de explosivos y sólo hacía falta llenar las cajas vacías con nuestras “dinamitas”, que pondríamos debajo de las cajas verdaderas. El plan lucía perfecto y la noche llegó al subir al carro la última pieza del cargamento.

– Debo reconocer que es usted un genio, señor Rubens, –exclamé.

– Y yo debo reconocer, aunque no quiero, que este plan en gran parte vino de tu cabezota infantil, Doe, –replicó el hombre, quien nunca ha perdido la oportunidad de molestarme. Una dinámica que ya era lo habitual, sin que ello llegara a afectarme realmente.

– ¿Sabe, señor? Yo sé que es su manera de decir que de algún modo me aprecia, ja, ja, ja.

Él no hizo más que palmearme en la espalda y se dirigió hacia el interior de la casa. Ya dentro, nos ordenó dejar todo listo para partir a primera hora de la mañana siguiente.

En un acto de pillería digno de mi persona, había guardado algunos de estos magníficos cigarros en el abrigo, y esperé a que el viejo se fuera a dormir para sentarme en las escaleras del porche a disfrutar del tabaco.

Acompañé la fumada con un trago de aguardiente, del que sólo este hombre sabía hacer, y pasé un par de horas admirando el paisaje, recordando mis más recientes aventuras al lado de JC y reflexionando sobre su partida.

Sabía que en gran medida el desenlace de su historia había sido su responsabilidad, pero aún sentía parte de esa carga. Cada calada del cigarro me sabía a regocijo por la venganza. Tomé el frasco en el que solía beber, tiré un poco en el suelo en ofrenda al muchacho y bebí el resto de un trago. Fumé el cigarro hasta prácticamente quemarme los dedos y fui a mi habitación.

Aquella noche fue la última en la que pensé en JC de esa manera. Con el humo y el licor me despedí de su memoria, de los buenos días a su lado y de la sensación familiar que me produjo hasta sus últimos momentos. Esta dinamita en forma de tabaco había estallado en mi interior, llevándose con ello cualquier buen sentimiento e inundando mi alma de rencor.

¿La venganza se había consumado? No, mi movida apenas estaba por comenzar.

CONTINUARÁ…