Capítulo 6: Secuelas Parte I: Comer sapos

Raúl Melo

Las nubes de tierra y humo aún no se disipaban de las calles de Lafayette, donde predominaba el aroma a pólvora. Pero más allá de esa nata que dejaba la zona en penumbras, la tensión sobre el escenario dispuesto para el gran evento era palpable.

Kalvin Lafayette yacía resguardado tras un par de bultos colocados para sostener la gran carpa de ese circo que había planeado para dar a conocer este cigarro –su mayor orgullo hasta el momento–, pero cuando la noche se hacía vieja en la ciudad, sostenían apenas a un hombre visiblemente derrotado.

El golpe había sido certero. Lady Giselle tenía razón: robar el producto especialmente elaborado por Carrigan para el joven tirano había resultado más doloroso que simplemente arrancarle la vida. De hecho, la mirada perdida de Kalvin era signo de una muerte interna que notaron muchas de las personas a su alrededor.

Lee en la revista (gira tu dispositivo para mejor experiencia de lectura):

 

Quienes minutos antes eran una muchedumbre asustada por el enfrentamiento, ahora se acercaban lentamente para rodear aquella triste escena juzgando, manifestando condolencias o simplemente compartiendo miradas lastimeras que hacían más duro el impacto contra Lafayette.

Los guardias que permanecían alrededor del hombre, lentamente, le ayudaron a reincorporarse y lo escoltaron de vuelta a su carruaje personal, llevándolo de regreso a su residencia. Irreconocible, Kalvin no emitió palabra alguna. Sin instrucciones, reclamos o reprimendas por lo sucedido, simplemente se dejó conducir.

El señor Carrigan también siguió el carruaje hasta la mansión, donde acompañó a los militares al interior para asegurarse de que todo se encontraba bien, hasta donde era posible. A falta de otros familiares y habiendo servido a la familia desde muchos años atrás, Montgomery Carrigan era lo más cercano a un padre para Kalvin.

Cuando los hombres cruzaron la puerta principal Kalvin se liberó bruscamente de sus ayudantes y se dirigió al estudio. Carrigan lo siguió para conversar.

–Kalvin…Kalvin…¡Kalvin..!, –gritó el hombre, sacudiendo a Lafayette por el brazo–. ¡Te estoy hablando, muchacho! ¿Cómo te encuentras?, –preguntó el viejo.

–¿Eh? Ah, sí, bien, bien…, –respondió Lafayette, reaccionando apenas a la conversación.

–Por favor, Kalvin. Estamos solos, únicamente tú y yo, puedes ser honesto conmigo, –replicó Carrigan.

–¿Cómo crees que voy a estar, viejo? ¡Me robaron! ¡Esos malvivientes me robaron! ¡Se burlaron de mi frente a todo el pueblo!

–Eso lo sé… Todo mundo lo sabe. El pueblo entero y cientos de invitados fueron testigos de eso, no hay duda. ¿Pero sabes una cosa? Necesitas reponerte de inmediato. El espectáculo que montaron no puede tener más repercusiones.

–¿Repercusiones? ¿Qué más puede haber? ¿Mi venganza? ¡Obviamente!, afirmó.

–Justo a eso me refiero, Kalvin. La gente pudo notar el impacto de esas acciones en tu persona. Lo normal, si me lo preguntas. Pero no es momento de venganzas, Kalvin. Debemos reparar tu imagen y reputación. Mostrar que más allá del amargo momento, esto no te afecta realmente. ¿Comprendes?, –inquirió el viejo.

–¡No, no te comprendo, Carrigan! ¡Esto no se puede quedar así! ¡Son mis cigarros, mi nombre en ellos, mi dinero, mi todo..! –alegó Lafayette.

–No, no, Kalvin. Hay algo más importante que debes comprender. Esta es una conversación que tuve con tu padre muchas veces, algo que él me enseño. Necesitas serenarte, pensar con la cabeza fría, como tantas veces se lo has dicho a otras personas. ¡Eres bueno para aconsejar, pero no sueles escucharte a ti mismo y es tiempo de que, a través de mí, escuches a tu padre!, –continuó Carrigan.

–Ese hombre nunca tuvo una buena palabra para mí. ¿Por qué habría de escucharlo ahora, cuando ya no está?

–Lo entiendo. Tal vez no fue un buen padre, pero sí un buen político y hombre de negocios. El consejo que te doy tiene todo que ver con eso. Debes aprender a comer sapos sin hacer gestos, ¿me entiendes?

–¡No, no te entiendo, Carrigan!

–En teoría es simple. Necesitamos reflejar ante las personas que lo sucedido no fue importante, que no tienen poder sobre de ti. Sé que hasta el momento tu carácter explosivo te ha resultado, pero esto va más allá. Había reservado algunas cajas de cigarros para mejor ocasión, pero analizando el panorama creo que deberíamos ponerlas a la venta en los establecimientos de la ciudad para tapar esta tragedia, al menos en la superficie. ¿Qué opinas?, –propuso el viejo.

Tocado por el recuerdo de su padre, recién desempolvado, Kalvin soltó algunas lágrimas que rodaron por sus mejillas hasta perderse dentro de la abundante barba que lucía sobre el rostro.

–Puede que tengas razón. Pero sabes que esto no debe quedar impune, ¿cierto?

–¡Por supuesto, hijo! Sólo opino que no tiene por qué saberlo toda la población, pero es claro que haremos algo al respecto. Cómo y cuándo, lo dejo a tu criterio, pero recomiendo que te reúnas lo antes posible con el capitán Clinton y analices las opciones. Mientras, descansa. Hoy fue un día complicado, –agregó mientras sacaba de su abrigo uno de estos cigarros especiales que encendió y entregó a Kalvin–. Vamos, fúmalo, bebe algo y nos vemos mañana.

Al día siguiente, repuesto de los males que lo aquejaron la noche anterior, Kalvin Lafayette recibió en su salón principal al viejo Carrigan, al capitán Clinton y a un puñado de oficiales de la Guardia del Sur.

–Caballeros, como todos saben, y realmente creo que todos en el pueblo y más allá del condado lo saben, anoche fui humillado públicamente, despojado de una valiosa carga y retado por este grupo de forajidos que no han parado de acechar el tabaco de la zona. Como mi padre siempre dijo, dentro de los negocios y la política debemos aprender a comer sapos sin hacer gestos. Por ello, ante el ojo público aquí no ha pasado nada. La presencia militar en el pueblo seguirá normalmente y no habrá represalias, pero necesitaré de algunas patrullas que recorran con discreción las afueras de la ciudad, –explicó Kalvin, ante el silencio de toda la audiencia.

–Con anterioridad fui informado de la presencia de nuestros tabacos en zonas vecinas como Callahan Ridge, un sucio pueblo al noroeste que alberga a contrabandistas, asaltantes y toda clase de malvivientes. Esto indica que nuestros objetivos han salido de los pantanos rumbo al desierto y no hay razón para pensar en que volverán a hacerlo, especialmente con tan valiosos cigarros en su poder.

–A partir de hoy –continuó–, la cabeza de esos rufianes tiene precio y no me refiero a la mísera recompensa que hasta hoy se ofrece por ellos. Me refiero a un precio real, a 50 lingotes de oro para cualquiera que me entregue sus cabezas y las coloque sobre esta mesa, –aseveró Lafayette, captando de inmediato la atención de todos los presentes.

–En algo los carteles no mienten. Estamos buscando a una pareja, un hombre y una mujer. Un hombre hábil con las armas, al parecer hispano. Una mujer pelirroja, blanca como el algodón e igual de peligrosa. Probablemente también buscamos a un nativo, que seguramente se ve igual que los demás… entonces ya saben qué hacer, –señaló, para así concluir la reunión.

CONTINUARÁ…