
Pocas artes dialogan con tanta naturalidad como la del vino y la del tabaco. Aunque nacen en territorios distintos –uno en laderas templadas y otro en tierras tropicales–, ambos comparten la misma vocación: trasladar a los sentidos la voz de la tierra. En ellos confluyen el terroir, el tiempo y la mano humana. Viticultor y maestro ligador trabajan bajo principios paralelos: observar, interpretar y revelar, más que intervenir. Su tarea no es fabricar sabores, sino permitir que los sabores se expresen.
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Cándido Alfonso
Columnas de Humo
En el vino, la uva es moldeada por la estación, la altitud, el suelo y el clima de un año específico. En el tabaco, la hoja responde a la humedad, al sol, a la fermentación y al cuidado con que es curada y clasificada. En ambos casos, el origen no es un detalle técnico, sino el punto de partida de una identidad. De ahí proviene la complejidad de un Burdeos o un Toscana, así como la profundidad de un tabaco de Vuelta Abajo o de los valles dominicanos.
Pero su paralelismo va más allá de la materia prima. Ambas artes se sostienen sobre la paciencia. El vino requiere reposo en barrica y botella para alcanzar equilibrio; el tabaco necesita fermentaciones largas, curados delicados y añejamientos que pulen sus aristas. El tiempo es un aliado, nunca un enemigo. Nada se apresura porque acelerar sería traicionar la esencia del producto y cada minuto de reposo aporta matices; es la ciencia silenciosa del sabor.
El lenguaje también es compartido. Hablamos de cuerpo, bouquet, persistencia y evolución, final. Un vino puede abrir con fruta y cerrar con cuero o tierra; un cigarro puede empezar con cremosidad y terminar con especias profundas. Ambos se leen en secuencia: sorbo a sorbo, tercio a tercio. Quien sabe catar un vino comprende la fumada; quien sabe fumar un puro entiende la copa.
En los últimos años, este vínculo natural ha comenzado a explorarse con mayor intención. El Septimo, por ejemplo, no sólo experimenta con tabacos envejecidos en barricas de vino, sino que además pertenece al mismo grupo que controla Vignobles Younan, una colección de bodegas en Burdeos y Saint-Émilion. Esta convivencia entre viñedo y tabacalera no es un artificio ni una estrategia de mercadeo, sino una inmersión en ambas tradiciones desde adentro. Cuando una misma casa trabaja la vid y la hoja entiende mejor la sensibilidad que ambas requieren; comprende la importancia de la añada, del clima y de la madera; reconoce cómo el tiempo transforma y suaviza, y descubre, casi de forma inevitable, cómo estos dos mundos se reflejan.
No se trata de imitar un vino en un cigarro ni de convertir un vino en humo. El objetivo es más sutil: explorar el diálogo entre dos artes que comparten la misma búsqueda de equilibrio, profundidad y emoción. El vino enseña que el sabor es un viaje; el tabaco confirma que ese viaje también puede escribirse en humo.
Tal vez por eso, cuando ambos se encuentran en un mismo ritual –una copa servida con calma, un puro encendido sin prisa– emerge una armonía difícil de replicar. Son artes que celebran el tiempo y la pausa. Piden atención, invitan a la conversación y fomentan la introspección. En un mundo que corre sin descanso, ambos nos devuelven al ritmo natural de lo sensorial.
El vino y el tabaco nos recuerdan que las mejores experiencias no se consumen, se viven. Se descubren con paciencia, se interpretan con sensibilidad y se agradecen con respeto. Mientras existan manos que cuiden con devoción la vid y la hoja, seguiremos encontrando en ambos no sólo placer, sino un puente cultural y emocional entre personas, tierras y tradiciones.
Dos artes distintas unidas por el mismo latido.






