
La puerta del tren se abrió y sentí en la cara el aire invernal. Me daban ganas de saltar como una niña que se levanta de la cama el 25 de diciembre para abrir aquellos regalos tan esperados. Aunque en este caso el regalo no estaba bajo el árbol de Navidad, sino en cada calle, puente e historia que la ciudad de Brujas, en Bélgica, estaba por regalarme.
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Madrid, entre humos
Sofía Ruiz
Máster Habanosommelier
De camino al centro, las calles empedradas y los primeros arreglos navideños despertaron esos sentimientos que la mayoría tenemos al acercarse esta temporada. De alguna manera, al igual que un cigarro cubano –que requiere tiempo y dedicación–, esos pequeños detalles nos motivan a seguir adelante cuando el tercio del día no resulta como pensamos.
La mañana pintaba algo impredecible, con una lluvia ligera y un frío que traspasaba la piel, pero «tan típica», según nuestra guía, quien incluso comentó: “Hoy están de suerte, pues Brujas los recibe con uno de sus 200 días de lluvia al año”.
Al adentrarnos en sus pequeñas calles, con construcciones de ladrillo inspiradas en el estilo gótico y sus famosas terminaciones puntiagudas, me imaginaba camino a Hogwarts, la escuela de la famosa saga de Harry Potter.

Llegamos a la Plaza Mayor o Grote Markt, con más de seis siglos de existencia, ocupada por un mercadillo navideño y rodeada por edificios antiguos con fachadas en tonos rojizos. Es pequeña, pero encantadora, y junto con un grupo de visitantes de distintas nacionalidades me dispuse a descubrir la historia de Brugge; nombre de la ciudad en neerlandés.
Esta zona fue favorecida por sus famosos canales y el río Reie, que conecta con el mar del norte. Antes del siglo V la región fue parte del imperio romano, que construyó una muralla que rodeaba la ciudad, pero que fue destruida siglos después.
El nombre final que la ciudad recibió significa puentes o canales, y se originó en la antigua palabra nórdica Bryggja. Como anécdota, la guía nos platicó que los locales se sorprenden y quedan en shock cuando descubren que en español conocemos a su ciudad como Brujas.
No esperes llegar y encontrar a señoras vestidas de negro volando en escobas, pero sí unas buenas cervezas negras producidas en la zona, porque si algo tienen los belgas es cerveza de todos los estilos, colores y sabores.
Hacia el año 863, Balduino I recibió como regalo el condado de Flandes y convertido en su primer conde cambió la historia de la ciudad, que gracias a su ubicación marítima se convirtió –a principios de la Edad Media– en un puerto importante y centro comercial internacional.
El tejido de la lana, especialmente del famoso paño flamenco, significó un gran impulso para la economía, que junto con la llegada de los comerciantes italianos permitió la construcción de grandes edificios como La Lonja, en la Plaza Mayor; el hospital de San Juan, y algunos palacios de familias acaudaladas, como la Gruuthuse.
La guía nos contó que en la época de mayor esplendor y abundancia existían los gremios, como los de panderos y artesanos. Eso despertó el deseo de saber sobre mi pasión y pregunté si existía algún gremio relacionado con el tabaco. Ella no tenía un dato preciso, así que es posible que algún estanco o tabaquería actual pudieran venir de un antiguo gremio.

Durante la caminata, las vitrinas llenas de chocolates inundaban la vista, despertando el apetito. Bélgica tiene una gran tradición chocolatera y sus obradores son un parque de diversiones del cacao. Nos detuvimos en un pequeño taller, en cuyo interior se mezclaban adornos navideños con figuras de Santa Claus y duendes, y donde todos los moldes, bombones, rellenos y sus aromas te hacen sentir que el chocolate se derrite en tu boca.
Para mi sorpresa, de camino al Puente de San Bonifacio nos topamos en pleno centro con un moderno gremio del tabaco. Frente a la famosa plaza de Simon Stevin, donde se encuentra una estatua que rinde homenaje al matemático, se encuentra una hermosa tabaquería donde, tras escaparme del tour, encontré uno de mis regalos de Navidad: un Montecristo Petit Tubos, vitola creada a finales de los años ochenta. En el lugar había una gran variedad de habanos en formatos amplios, ideales para fumar en vacaciones, cuando dispones de más tiempo para sentarte y disfrutar de la sobremesa.
Me decidí por un tubo, una presentación que debido al ajetreo del recorrido resultó perfecta para salvar la delicada capa de este habano, de 42 x 129 mm. De un color carmelita maduro y textura aterciopelada, debido a la humedad natural en el ambiente estaba ideal para acercar el encendedor, y a la primera chispa… ¡la primera calada!
Ahora entiendo un poco más el origen de las presentaciones en tubo, que a principios del siglo XX se destinaban a los ferrocarrileros.
Pasamos por el palacio (hoy, museo) de la familia Gruuthuse, una de las más importantes de la época medieval. Se cuenta que ellos comenzaron a elaborar sus cervezas y para ello contaban con su propio pozo de agua.

Finalmente arribamos al Puente de San Bonifacio, conocido también como el Puente del Amor. Cuenta la leyenda que, hace siglos, la novia de un hombre falleció y entonces él decidió contactar con alguien del más allá para recuperarla. Y aunque esta historia no tiene un final feliz, el lugar muestra la belleza de arquitectura medieval de finales del siglo XIII, cuando se construyó como parte de un nuevo sistema de canales que conectaba a Brujas con el mar.
Se dice que al cruzar este puente con tu pareja, quien vaya delante no debe darse la vuelta, si no quieres que la relación se rompa. Así que mientras todas las parejitas subían y construían sus historias para las redes sociales, yo avancé con mi habano. Al fin y al cabo, también tenía una leyenda entre mis manos: este 2025 la marca Montecristo cumple 90 años de su creación, por Alonso Méndez.
Quizá no se escucha mucho sobre este personaje, pero fue un español destacado que en 1935 adquirió la fábrica Particulares, donde se producía una marca de alta regalía, aunque poco conocida, llamada Byron. Un año después fundó la sociedad Méndez García y Cía., con domicilio en la calle Aldama número 87, en La Habana. Gracias al éxito alcanzado, tiempo después adquirió la fábrica H. Upmann y ahí nació Montecristo, emblema del habano y sinónimo de la fortaleza y ese sabor cubano que los aficionados apreciamos tanto.
El tour llegó a su fin, pero como toda turista, junto con mi compañera de viaje quería sacarle el máximo provecho a la ciudad, como cuando disfrutas un habano hasta las uñas.
Nos dirigimos al norte del centro histórico, al muelle Rozenhoedkaai (Muelle del Rosario), uno de los puntos más fotografiables y representativos de la ciudad. Por supuesto, tomamos un paseo en una pequeña barca, porque ¿cómo venir a Brujas y no pasear por sus canales declarados –junto con su centro histórico– Patrimonio de la Humanidad?
Dichos canales nacen del río Reie y durante la época medieval permitieron la llegada de barcos hasta la ciudad. Alrededor de algunos de ellos, como Groenerei y Dijver, existen casas y hoteles, pero principalmente cervecerías.
Nuevamente en tierra, la vida nos pedía comida y algo de beber. Nada mejor que hidratarse con una degustación de cervezas, pues Bélgica se considera una potencia en el mundo de la cebada y alberga seis de los doce monasterios que se mantienen en producción. Los estilos más conocidos son Trapenses, Dubbel, Tripel y Saison. De sabor amargo, lupulosas y con buena espuma, en paladar se identifican notas desde cítricas y frutales hasta chocolatosas, a café o incluso especias, según el estilo.
De regreso al centro, con ganas de sentarme a disfrutar de mi Montecristo y con mucha curiosidad sobre cómo se trataba el tabaco en la época medieval, me puse a investigar un poco en Internet. Para mi sorpresa, en la provincia del Wervik. al norte de Bélgica, se encuentra el Nationaal Tabaksmuseum (Museo del Tabaco), que abrió sus puertas en 1987.
De acuerdo con la página web del museo, el tabaco ya se cultivaba en Wervik alrededor de 1650. La ciudad se hizo famosa como paraíso para quienes contrabandeaban tabaco a la vecina Francia; un comercio intenso y especialmente lucrativo. Gracias a sus suelos franco arenosos y al aprendizaje técnico desarrollado con el tiempo, en el siglo XX esta región se convirtió en la zona de cultivo más importante de Bélgica.
Sentí un pequeño hueco en el estómago. De haber conocido esta información antes, una de las primeras paradas de este viaje hubiera sido en ese privilegiado espacio de los buenos humos. La información para emprender este viaje al Mundo del Tabaco está disponible en: https://www.nationaaltabaksmuseum.be/nl/
Llegó la noche, y con ella se iluminaron en el centro de Brujas sus edificios medievales: el Ayuntamiento, el campanario de Belfort, la Basílica y su mercadillo navideño en la plaza. El árbol de Navidad se rodeó de pequeños puestos de madera donde se ofrecían diferentes tipos de comida, desde gofre (waffles) hasta chocolates, cerveza y pizza. De fondo, una banda musical marcaba el ritmo de los villancicos.
El espíritu navideño nos llegó con esa sensación que quiebra un poco la garganta cuando sientes el frío en la cara, que mitigas con un vaso de vino caliente. En medio de la multitud, en una banca comunal, decidí encender el habano que me acompañó para recibir mi mayor regalo: la gratitud por poder vivir momentos que nos llenan el alma y encienden la vida.
A ti, que me has acompañado durante todos estos meses, quiero agradecerte tu apoyo para esta columna; un espacio de aprendizaje y para conocernos. Te deseo lo mejor para estas fiestas, que el espíritu de la Navidad llegue a tu vida y cada uno de los anhelos que guardas en el corazón se cumpla este nuevo año.






