
¿Cuántas veces nos hemos refugiado en la literatura, en el arte? Se dice que los libros curan el alma… Y es correcto, nos hacen soñar, imaginar y alejarnos del presente para dar vida a personajes o escenas retratados en las páginas de esa medicina gráfica. De la misma manera pasa con el habano: en cada calada, el humo nos conduce hacia la reflexión, y en cierta medida fumar en solitario provoca momentos de paz, con una dosis de serenidad que en estos tiempos debería tomarse cada 12 horas.
Master Habanosommelier
Lee en la revista (gira tu dispositivo para mejor experiencia de lectura):
Esto me ha llevado al lugar que hoy recorreremos juntos: un espacio donde las letras, el arte, la escritura y la fantasía se encuentran en un escenario. El Teatro Real, ubicado en el cuadrante principal del centro histórico madrileño; un edificio considerado como la primera institución de las artes escénicas y musicales en España.
Su origen se remonta a 1738, con la apertura del Real Teatro de los Cañones de Peral y la presentación de la ópera Demetrio, de Johann Adolph Hasse. Se trata del antecedente del edificio actual, que se comenzó a construir en la primavera de 1818, durante el reinado de Fernando VII, bajo la visión arquitectónica de Antonio López Aguado.
Fue hasta 1991 cuando el teatro debió rehabilitarse, retomando sus actividades seis años más tarde. Sin más pausas, hasta hoy, ha sido escenario de grandes espectáculos, como Poppea e Nerone, de Monteverdi-Boesmans (2012); The Perfect American, de Philip Glass (2013); Brokeback Mountain, de Charles Wuorinen (2014), y El Público, de Mauricio Sotelo (2015).
Coincidentemente en primavera, en mi primera visita las jardineras al frente del teatro estaban llenas de tulipanes. Esa mañana, los paseantes no paraban de capturar el momento con sus teléfonos celulares, y el colorido, junto a un habano Romeo y Julieta, fueron la antesala de esta aventura.
Al trasponer las puertas giratorias me transporté a una época antigua: las escaleras, propias de un castillo, y los enormes pilares recubiertos de madera que sostienen esta caja de fantasías, me recordaron las fábricas de tabaco en Cuba, por sus altos techos y columnas. Por supuesto que el guardarropa, la taquilla y los accesos a la sala principal me trajeron de vuelta a una atmósfera de iluminación cálida, casi amarilla, que resalta los atuendos de los asistentes a la ópera.
Vino a la memoria entonces la famosa anécdota de don José Rodríguez, Pepín, dueño de la fábrica de Romeo y Julieta, quien según cuentan intentó –en varias ocasiones– comprar el famoso Palazzo di Capuletto de Verona, Italia, donde transcurre la famosa obra literaria que dio nombre a su marca. No lo logró, pero en cambio montó en el propio Palazzo un pequeño kiosco, elaborado con maderas preciosas cubanas, donde expuso los muestrarios de sus habanos y obsequiaba una pieza a cada visitante.
Al abrirse las puertas del ascensor, en el sexto piso del teatro, caminé hacia la derecha y me acerqué a una impresionante maqueta del edificio, que muestra un escenario con las escenografías de Giancarlo del Mónaco para La Bohème, de Giacomo Puccini. Le rodean varias obras pictóricas de artistas españoles famosos del siglo XX, prestadas por el Museo Reina Sofía.
Curiosa, en la quinta planta, desde las ventanas del restaurante Papagena observé el Palacio Real. ¡Qué vista…! Te obliga, si puedes hacerlo, a regresar y sentarte a contemplar en todo su esplendor la fachada de la casa monárquica.
A continuación encontré una exposición sobre la sobresaliente soprano Victoria de los Ángeles López García (1923-2005), quien nació en Barcelona y debutó en 1944 en el Palau de la Música Catalana. Es la única española que ha cantado en el Festival de Bayreuth, Alemania, y una de sus últimas apariciones fue durante la ceremonia de clausura de los juegos olímpicos de Barcelona, en 1992.
La muestra reúne algunos de sus vestuarios emblemáticos en distintas representaciones y conciertos. Como aficionada a la moda, pues la ropa expresa nuestra personalidad, creo que fue una mujer de carácter imponente, pero a la vez una dulzura de alma, como lo refleja una fotografía en blanco y negro que sirve de centro a la exposición. Así son también las mujeres que aportan vida al mundo y la cultura del habano.
Tomar un camino equivocado me condujo al tercer piso. ¿Quién no se ha perdido en la vida…? Y llegué al Óvalo, la parte más alta, que nos regala una vista completa del interior del recinto. Este espacio, utilizado por los asistentes durante los intermedios, ofrece una perspectiva distinta del vestíbulo y permite apreciar la curaduría de las fotografías de Javier del Real, el fotógrafo oficial del teatro.
Estuve a punto de salir y perderme la mejor parte del recorrido, pero un joven amable me orientó, y tras bajar por una escalinata breve y recorrer un gran espacio, llegué a la zona de los salones. Se trata de seis grandes salas abiertas al público, siguiendo la tradición de lugar de encuentro social que los teatros cumplían en el siglo XIX. Actualmente se utilizan también para eventos privados.
El primero es el Salón Carlos III, cuyas paredes, techo y detalles en azul se complementan con un gran candelabro central. Toma su nombre de la calle a la que sus ventanas asoman; regla que también se cumple en el resto de estos espacios.
En la Sala Vergara destaca la pintura Estudio del natural, de Luis Larming –préstamo del Museo Nacional del Prado–, que en realidad fue el seudónimo utilizado por la pintora Concepción Figuera Martínez y Güertero, quien lo adoptó debido a los prejuicios contra las artistas en el siglo XIX.
En el Salón del Baile paré… su color rojo, iluminación media y los detalles en madera me remontaron, por supuesto, a uno de los momentos icónicos de la tragedia más famosa: el baile familiar de los Capuleto, en Romeo y Julieta, del dramaturgo inglés William Shakespeare. Es donde los protagonistas se encuentran y Romeo entrega a Julieta su alma y corazón.
Seguí hasta el Salón Arrieta, que toma el nombre de Emilio Arrieta, autor de Ildegonda, primera obra estrenada en el Teatro Real, en 1854. Llamaron particularmente mi atención los grandes tapices que visten sus paredes, elaborados en Bruselas, Bélgica, y en la Real Fábrica de Tapices en los siglos XVII y XVIII.
En el Salón Felipe V se exponen los retratos de personajes influyentes del teatro y su desarrollo. Grandes pinturas de reyes españoles, como Fernando VII, y Juan Carlos I y Sofía de Grecia, quienes de una manera u otra intervinieron en el desarrollo de este teatro.
El último salón, Falla, de uso exclusivo de la familia real, hace homenaje al Departamento de Utilería y a Manuel de Falla, considerado como el más grande representante de la Generación de los Maestros en la música española.
Considero que la virtud de esta sala es un gran balcón que ofrece una vista única y permite apreciar el Palacio Real y los jardines de plaza Oriente en todo su esplendor; un deleite a los sentidos con los colores y figuras de una cotidianidad madrileña que enamora.
Para finalizar esta visita me dirigí al Palco 2 o Entresuelo. La caja escénica supera los 600 metros cuadrados y permite sentir las fantasías y amores representados en este escenario, joya del teatro, que por fortuna recorrí sola. Consta de 13 plataformas automatizadas que permiten infinidad de combinaciones escenográficas.
Bajé el telón en una terraza, a las afueras del edificio, con un Romeo y Julieta No.1 seleccionado especialmente para recapitular las experiencias del día. La marca de este habano, que lleva por nombre el título de la tragedia de Shakespeare, data de 1875, unos 40 años después de la apertura del Teatro Real.
Los aromas a frutos secos, la pimienta negra y los sabores terrosos del puro se entremezclaron con un café con leche, para acompañar el momento. Después de 35 minutos de fumada, gracias a sus 140 milímetros de longitud, llegó el momento de finalizar la jornada. De acuerdo con la frase del personaje de Julieta: “La despedida es una pena tan dulce…”, como el último tercio de mi habano.






