
Madrid, entre humos
Sofía Ruiz/Master Habanosommelier
Cuando estamos conociendo una ciudad, ya sea como locales o turistas, esperamos que el clima sea esa cereza en el pastel que nos ayude a embriagarnos de cultura, gastronomía, arte y todos los pequeños secretos que un sitio desconocido puede ofrecernos. Pero Si la vida nos da limones, hagamos limonada… de humo.
Ese día el cielo se cayó sobre Madrid y la lluvia trajo consigo un viento que golpeaba la cara y un frío inclemente que obligaba a resguardarse. Desde la salida de la estación del metro Atocha se veía, a lo lejos, una guerra de paraguas entre quienes esperaban entrar al Museo Nacional Centro de Arte «Reina Sofía», uno de los 10 museos más visitados del mundo.
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Como pude, me aproximé hasta la fachada barroca de este edificio imponente –con cuatro pisos– del que sobresalen dos columnas de vidrio y acero que resguardan los ascensores panorámicos exteriores, que permiten a los visitantes una circulación más fluida. Pronto entraría en calor, lista para explorar.
Este museo tomó por sede el antiguo edificio del Hospital San Carlos, construido a mediados del siglo XVI. Tras distintas renovaciones, el rey Juan Carlos I y la reina Sofía lo inauguraron en 1992, abriendo al público su Colección Permanente.
Comencé visitando las salas del primer piso, donde el juego de las luces sobre el color blanco realmente impacta, pues ayuda a resaltar los detalles de cada obra sobre la cultura carnavalesca y los esperpentos referidos por el literato Ramón del Valle-Inclán, a propósito de los cafés de Madrid a finales del siglo XIX y principios del XX.
Los pasillos me condujeron hasta un retablo o teatrino de marionetas, un modelo de espectáculo popular que junto con la commedia dell’Arte contribuyó a renovar el arte escénico en España. Prácticamente se ocupa toda la habitación, donde los títeres recrean personajes populares, como el torero y los músicos de banda, por ejemplo. El nivel de detalle en cada muñeco es impresionante.
En dirección al siguiente piso se accede a diversas salas donde se activan los sentidos y la imaginación vuela. Un espacio particular es una habitación oscura, donde las únicas luces apuntan hacia un círculo de arcilla, en el centro, y de pronto el profundo silencio es roto por la voz de un relator. Cerré los ojos e imaginé que ese centro representa la vida misma y que en él ponemos a nuestra familia, trabajo y amigos, pero nunca a nosotros mismos.
En las salas contiguas la reflexión gira en torno de la lucha, y el arte como medio para transmitir un mensaje colectivo de esperanza. Para ese momento mi espíritu se había recuperado de esa llegada accidentada y el entorno ayudó a calmar la ansiedad inicial.
Se dice que en este recinto se da continuidad a las épocas que no cubre el Museo del Prado, y en las más de diez salas del segundo nivel se expone obras elaboradas bajo diferentes técnicas, a partir de 1881 hasta nuestros días. Para explorar más del sanatorio de las artes, en lugar de ocupar el elevador subí por las escaleras, y a través de sus ventanas antiguas disfruté de las clásicas vistas madrileñas: casas con techos de teja y edificios pintados con la combinación blanco y rojo.
Llegué a un espacio dedicado a la Edad de Oro del cine, donde se rinde homenaje a Luis Buñuel, uno de los directores españoles más destacados en el mundo. Amigo del poeta Federico García Lorca y del pintor Salvador Dalí, fue parte de esa generación de creadores cuya obra se volvió universal.
Se muestran algunos bocetos en tinta china de los años veinte, un retrato de Luis Buñuel pintado al óleo por Dalí, y se proyecta fragmentos de los filmes de Buñuel. El fragmento de Un perro andaluz (1929) muestra a un personaje rodeado de humo que, en primer plano, enciende un cigarro.
Sólo apreté un poco mi bolso, que guardaba un Sancho Panza Non Plus, mientras pensaba en los momentos en que el tabaco ha acompañado a la humanidad. Fumar ha inspirado trazos, líneas, formas y colores, mueve a la reflexión, y como dice Fernando Savater, parafraseando a Lichtenberg: «Nunca podremos saber cuántas de las mejores páginas de la literatura moderna y contemporánea se deben a un cigarro o una pipa fumados cuando se debía».
Esto se refleja en algunas marcas del vitolario de Habanos S.A., como Sancho Panza, producida a partir de 1848 en homenaje a una de las grandes obras de la literatura universal: Don Quijote de la Mancha, escrita por Miguel de Cervantes en el siglo XVII. En este caso, se refiere al personaje que se convierte en fiel escudero del ingenioso hidalgo.
Otra sala muy recomendable es La nación cubista, y en ella la obra Tertulia, de Ángeles Santos (1929), muestra a cuatro mujeres que fuman, mientras leen y se relajan… momento para tomar una pausa y ahora sí, en ascensor, disfrutar de las vistas… De regreso al área central, aunque jardines y terraza estaban cerrados debido a la lluvia, desde los cuadrantes interiores avisté las esculturas de Alexander Calder, Joan Miró y Eduardo Chillida.
A mitad de un pasillo escuché murmullos y ruidos, y al asomarme a la puerta descubrí una muchedumbre alrededor de un cuadro custodiado por dos guardias. Me abrí paso como pude hasta llegar frente a uno de los tesoros de este museo: El Guernica, de Pablo Picasso (1937), un óleo sobre lienzo de 3.49 metros de alto, por 7.76 de ancho, adquirido por el Estado.
Se entiende que Picasso representó en esta gran pintura el bombardeo de la aviación alemana sobre la villa vasca que da nombre a la obra, que el artista conoció a través de las fotografías publicadas por el diario francés L’Humanité, entre otros. Sin embargo, cuadro y bocetos no aluden a sucesos concretos, por lo que serían un alegato genérico contra la barbarie y el terror de la guerra. Alrededor, otros trabajos del artista pueden disfrutarse con mayor calma.
Después visité la sala Dalí, paisajes submarinos, con una serie de obras ultra abstractas que carecen de título, excepto una: Cuatro mujeres de pescadores en Cadaqués, considerada como una variación del tema de las figuras en la playa que el artista estaba explorando. También destaca el Ángelus arquitectónico de Millet (1933), que según los entendidos refleja la teoría del psicoanalista Jacques Lacan, sobre el método espontáneo paranoico-crítico.
El arte causa sensaciones y abre la mente.
Cerré el día del modo más español posible, con una taza de chocolate caliente y porras (una clase de churros) en compañía de amigos. Encendí el habano y las primeras notas llegaron con cierto dulzor especiado que combinaron bastante bien con el chocolate. Fue mi primera fumada con este acompañamiento, y para el segundo terció comencé a sentir la fortaleza de este Mareva, de 12.9 cm, cepo 42.
Un tiro correcto y la mejora del clima contribuyeron a una fumada placentera durante más de media hora. La capa estaba aceitosa, y la humedad del ambiente propició un humo abundante en cada calada.
Sancho Panza Non Plus fue referencia en la conversación sobre mi visita al museo, pues un habano es arte, como resultado de un proceso totalmente manual de vegueros, seleccionadores, despalilladores, torcedores y anilladores, entre otras muchas personas que intervienen en la manufactura de cada pieza. Las fábricas de tabaco son nuestros museos.






