Capítulo 7: Callahan Ridge Parte I: El Saloon

Raúl Melo

Al llegar a Callahan Ridge, el capitán y sus hombres se acercaron al primer negocio visible en el terregoso pueblo. Aquel lugar parecía ser lo más cercano a un saloon u hotel. El capitán cruzó las puertas de taberna colocadas en la entrada principal; el chirrido de la vieja estructura de madera fue el único sonido perceptible en el sitio. La presencia de este personaje y su séquito pareció imponer a los pocos ocupantes de las mesas dentro de la cantina.

Lee en la revista (gira tu dispositivo para mejor experiencia de lectura):

 

–¡Buenos días, señores! ¿Qué puede ofrecer este lugar a un grupo de hombres sedientos? – preguntó dirigiéndose al dependiente.

Sin decir una palabra, el cantinero colocó cuatro vasos sobre la barra, acompañados de una botella de whisky de maíz sin etiquetar. El capitán, demostrando una gran seguridad para desenvolverse en ese ambiente, tomó cuatro balas de su bolsillo y las colocó junto a la botella. El cantinero simplemente tomó la munición y continuó con sus labores.

–Moonshine, caballeros, moonshine –dijo el capitán mientras servía el licor en los pequeños vasos de cristal.

Los jóvenes militares encubiertos no parecían saber mucho sobre lo que estaba pasando, pero seguían el juego maravillados por este nuevo mundo que empezaban a conocer.

–¿Moonshine? –preguntó uno de ellos.

El capitán repartió los vasos, dejó otro puñado de balas en la barra y llevó la botella a una de las mesas más lejanas del lugar.

–Así es, muchachos, prueben. Esta delicia se llama moonshine. De acuerdo con la tradición debe elaborarse a la luz de la luna para aprovechar la visibilidad y así poder destilar por la noche, de manera furtiva, aunque aquí no creo que sea necesario esconderse para fabricar cualquier cosa. Aun así, el sabor es el mismo, un verdadero elixir, diría yo.

–¿Y las balas, capitán? –cuestionó uno de los curiosos muchachos.

–Primero, aquí no me digas capitán, dime jefe nada más. Y segundo, en lugares como éste, las balas son tan comunes y necesarias que sirven como moneda de cambio, especialmente para pagar tragos. Son cosas que aprendí más o menos a su edad también y pues bueno, me tocó enseñarles.

–Beban, disfruten, hay que integrarnos con el ambiente. Lo que no mata, fortalece, así que esperemos que de aquí salgan muy fuertes… o muertos, que al final es lo mismo –bromeó en solitario mientras terminaba su bebida de un solo trago.

Los jóvenes lo siguieron, pero sus rostros daban muestra de preocupación por las últimas palabras del capitán y por estar a punto de experimentar algo totalmente desconocido para ellos.

–¡Sírvanse, carajo! Que aquí no hay sirvientas y quiten esas caras de asustados porque si no, sí que se van a morir –continuó con su broma.

Después de un par de tragos, los muchachos al fin se relajaron y parecían irse acoplando tanto al ambiente como a la forma de ser del capitán fuera de los protocolos que dicta el uniforme.

Minutos más tarde, el hombre dejó la mesa, caminó a la barra e intercambió algunas palabras con el cantinero, tomó una nueva botella de moonshine y regresó con sus hombres.

–Muchachos, nos queda una más antes de irnos a descansar. El señor Lafayette ha sido muy generoso con nosotros para los gastos de este viaje. Sigan disfrutando, que yo regreso en un momento más –expresó antes de retirarse rumbo a la recepción del hotel.

–¡Hola, jóvenes! ¿Qué beben, qué fuman? –se había acercado un borracho imprudente, el mismo que tiempo atrás nos había abordado durante un viaje de entrega para hablar de la gran fiesta de presentación que Carrigan estaba preparando.

–¿Fumando? Aún nada, pero de beber tenemos moonshine, ¿gusta usted un trago? – preguntó uno de los muchachos.

–¡Claro! Un trago no se desprecia nunca, pero se los voy a intercambiar, hay que ser cochino, pero no trompudo –expresó.

–Frente a mí nadie debe estar sin fumar. Les voy a dar esto, sabe igual o mejor que un Carrigan, pero a la mitad de precio, una verdadera bendición, diría yo –continuó el borracho colocando un par de Black Bears sobre la mesa.

Los muchachos encendieron uno y lo empezaron a pasar de mano en mano. Los chicos nunca antes habían fumado y parecían maravillados con la experiencia, mientras el borracho no paraba de hablar sobre las noblezas del tabaco y de lo bien que maridaba el Black Bear con un trago de moonshine.

Cuando el capitán Clinton volvió con sus hombres, tomó una silla de la mesa más próxima y simplemente se incorporó a la conversación. Todo el grupo parecía congeniar a la perfección, mientras obtenían datos valiosos para su tarea.

–Jefe, mire lo que estamos fumando. Igual que un Carrigan, pero a mitad de precio, según nuestro nuevo amigo. Aquí tiene uno para usted, por cierto –dijo uno de los oficiales haciendo entrega del segundo Black Bear al capitán.

–Pero vaya, parece una oferta que nadie podría rechazar –expresó Clinton.

–No, nadie, incluso yo que soy un gran aficionado de Carrigan y su tabaco, pero esto es algo distinto, una mezcla muy particular y además económica. No puedo creerlo, pero ¿quién soy yo para cuestionar cuando sólo me corresponde fumar? Ja, ja, ja.

–Efectivamente, como que algo no cuadra, pero si es a favor, no hay nada que averiguar –dijo Clinton lanzando una mirada hacia sus hombres, buscando señalar que aquí había una oportunidad.

La tertulia continuó por algunas horas más y el borracho trabajador de la oficina de correos nunca se despegó de la mesa.

Al terminar las botellas, Clinton tomó al hombre de los hombros y lo invitó a seguir conviviendo en otra parte.

–Amigo, usted nos ha caído muy, pero muy bien. ¿Qué le parece si lo invitamos a pasar un rato a nuestra habitación para conversar un poco más? –sugirió el capitán.

–No lo sé, se está haciendo algo tarde y mañana tengo que trabajar –balbuceó el hombre ahogado en alcohol.

–Comprendo, pero usted no parece estar en condiciones. ¿Qué le parece si uno de mis muchachos lo acompaña? Somos expertos en seguridad, generalmente cuidamos ganado, así que un hombre borracho no debe representar dificultad.

–Ehmm, ok, ok, está bien –respondió en un tono que fluctuaba entre la duda y el miedo.

–Harris, acompaña al señor a su casa, no queremos que nada le pase a nuestro nuevo amigo –ordenó el capitán.

–Claro, jefe, yo me encargo –respondió el muchacho.

Lo que en un principio parecía una noche libre dedicada a mezclarse con el ambiente y nada más, parecía haber proporcionado una pista importante a los militares sobre lo que habían ido a buscar a Callahan Ridge. 

Lo que no sabían era que mercenarios y forajidos se encontraban bajo el mismo techo, apenas a unas cuantas puertas de distancia, más cerca de lo que nunca antes pudieron imaginar.

CONTINUARÁ…