
A diferencia del viaje de expedición a la escena del supuesto crimen, la comitiva rumbo a Callahan Ridge se compuso de apenas una tercia de hombres dirigidos por el Capitán Clinton, quienes despojados de sus uniformes salieron muy temprano rumbo a ese pueblo sin ley.
Cabalgaron tranquilos para no levantar sospechas, pues al parecer la discreción empezaba a volverse prioridad para Kalvin Lafayette en este asunto, apegado a las enseñanzas del viejo Carrigan, quien tiempo atrás le había aconsejado nunca dejar que la mano izquierda supiera lo que la derecha hacía.
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Sin más que hacer para entretenerse, los oficiales comenzaron a conversar entre sí:
–Callahan Ridge… Me suena el nombre del lugar –dijo uno de los oficiales.
–Sí, a mí también me parece familiar, creo haber escuchado algunas historias al respecto –añadió otro de los sujetos.
–Recuerdo que mi padre me contó que alguna vez fue un próspero pueblo minero, pero que hoy no queda mucho de eso y que se ha convertido en un nido de malvivientes, el perfecto escondite para huir de la ley –añadió.
–Nos queda un largo camino por recorrer y siento que puedo cansarme de escucharlos especular, así que les contaré la verdad sobre Callahan Ridge –intervino el capitán.
–Hace muchos años, cuando aún se peleaba la guerra contra el norte, conocí a un valiente soldado, capitán también, como yo; su nombre era Rider Kingston. Este sujeto provenía de una larga tradición militar dentro de su familia, quienes se dedicaban al arte del combate desde los tiempos de las espadas y los reyes. Era un excelente estratega y buen amigo, debo añadir. Terminando la guerra y estando dentro del bando vencido, Kingston decidió dar un giro a su camino y, según él, reivindicarse ante la sociedad, así que decidió renunciar a su cargo militar y unirse a las nuevas fuerzas policiales. De a poco, escaló hasta convertirse en el sheriff de Callahan Ridge, utilizando sus talentos para asegurar la prosperidad de la zona cuando el oro aún era abundante. Pero, como todo, la historia llegó a su fin cuando el metal comenzó a escasear. La gente abandonó sus hogares en búsqueda de nuevas oportunidades, la mina se convirtió en refugio para asaltantes y cuatreros. Un día, uno de estos delincuentes afamados –Klen Davies– terminó con la vida del sheriff Kingston a sangre fría y se apoderó del lugar, y desde entonces ha sido un pueblo sin ley, el paraíso de los bandidos.
–¡Vaya historia, capitán! Y… ¿será un sitio seguro para indagar? No somos oficiales del orden por definición, pero sí una especie de autoridad, creo –señaló uno de los jóvenes oficiales.
–Sí, puede que haya algo que temer, pero precisamente por ello es que no portamos uniforme, ni insignias y por lo que toda la indagatoria deberá ser realizada con la mayor de las discreciones, ¿comprenden?, –preguntó.
–Sí, capitán –respondió otro de los oficiales.
–Cuando lleguemos al pueblo, lo haremos como cualquier otro grupo de hombres que pasa por ahí buscando alimento o entretenimiento. Conseguiremos alojamiento o acamparemos a las afueras, como cualquiera, y más tarde buscaremos el tabaco en cada tienda existente. La misión es simple: observar, ubicar el tabaco y seguir observando en caso de que alguna pista surja sobre el paradero o las actividades de las personas que están robando a Lafayette –detalló.
–Oiga, pero ¿qué buscamos exactamente? Sé que todo este asunto es sobre el tabaco que el señor Carrigan ha estado perdiendo durante los últimos meses y más sobre los cigarros robados a Lafayette, pero nada más –preguntó el oficial más joven, quien no había participado de la conversación.
–Es una pregunta interesante, tomando en cuenta que usted ha participado en los retenes y operaciones anteriores a esta expedición. Creo que necesitaré tener una larga charla con su oficial superior… Aunque creo haber solicitado sólo oficiales para este viaje. ¿Alguna explicación? –expresó el capitán al grupo de militares.
–Sí, capitán. La verdad es que, tras los hechos ocurridos durante la presentación del cigarro, nuestros números han disminuido considerablemente. Aquel día, mi oficial superior murió y nombraron teniente a otro de mis compañeros, pero él también murió en la emboscada que hoy nos tiene aquí, así que me nombraron teniente a mí también, pero eso fue apenas ayer –respondió el joven.
–¿Saben? Creo que Lafayette ha ido demasiado lejos con este tema, pero también es quien nos paga, así que por ahora es mejor cerrar la boca. No sin antes, claro, compartir los pormenores de la situación dadas las nuevas circunstancias reveladas –añadió.
–Sí, yo también soy teniente desde hace algunas semanas y no sé muy bien lo necesario. Gracias, capitán –dijo otro de los oficiales.
–Nada que agradecer, realmente esto no es culpa suya, la Guardia del Sur ya no es lo que era antes, lo que fue durante la guerra, nada de nada. Desde que personas de dinero se hacen cargo, esto se está descomponiendo. Habrá que hacer algo al respecto, pero no por ahora.
El día de hoy, el punto es terminar con esta banda. Ya me hice cargo del mocoso, que estoy casi seguro que algo tenía que ver, pero me hacen falta un par más, hasta donde se sabe, un hombre y una mujer. Él es un hombre cualquiera, pero ella, ella sí se destaca, es una mujer blanca y pelirroja, de las que no abundan. Lástima que se dedique a estas cosas pudiéndome servir en la cama y la cocina ja, ja, ja –explicó.
–Ja, ja, ja –los muchachos se unieron a su risa.
–Pero no nos desviemos. Las sospechas y pistas apuntan a este pueblo como uno de los destinos de estas personas. Así que estaremos ahí para averiguar lo que se pueda sobre ellos y usaremos el rastro del tabaco de Carrigan y Lafayette para dicho fin. ¿Qué sabemos? Que en ese lugar se comercializa un cigarro llamado Black Bear adornado con una horrible anilla pobremente elaborada, pero torcido con tabaco de la más alta calidad, dos cosas que no deberían pronunciarse dentro de la misma frase. ¿Me explico? –cuestionó el capitán.
–Sí, capitán. Como decía mi abuelo: “quien tiene para el vino, tiene para las copas» –compartió uno de los oficiales.
–¡Ja! Viejo sabio. Así es, muchacho, no lo pudo haber dicho mejor –aprobó el capitán.






