
Como siempre, la vida te obsequia la amistad de seres humanos que sobresalen del perfil del mortal normal, y los astros se alinean para descubrir a personas extraordinarias. Es el caso de Francisco José, cura de la Diócesis de Toledo chapado a la antigua; un religioso que no lo oculta, viste de sotana y además fuma… fuma bien y de lo bueno.
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Fernando Sanfiel
Haciendo amigos internacional
Además de licenciarse en Filosofía Tomista y Teología Dogmática, fue misionero en Perú, donde coincidió con el papa Robert Francis Prevost, León XIV. Todo él es muy mediático y le rodea cierto halo de polémica por exponer sus ideas sin barniz, ya que sus planteamientos son muy claros en todo asunto para el que se le pida opinión.
Mantiene un canal de YouTube, La Sacristía de La Vendée (@lasacristiadelavendee), sus amplios conocimientos y capacidad de comunicación le han convertido en gran y estimado conferenciante.
El destino hizo que nos encontráramos de forma casual e inesperada en mi isla canaria de La Palma, donde no le resultó difícil adaptarse al ritmo pausado que los locales llevamos en el alma. Hablamos mucho y ambos nos presentamos a conocidos y amigos con un punto en común: fumamos tabacos puros. ¿Sería acaso el motivo de su visita a esta localidad tan alejada de todo?
A él le atrajo conocer más de cerca las extraordinarias labores en las tabaquerías de La Palma. A mí, el poder resolver de primera mano, desde dentro, mis dudas sobre el papel histórico y actual de la Iglesia en relación con la planta y consumo.
Siempre me ha intrigado y por ello investigo a fondo el origen del conocimiento y el desarrollo de las técnicas, tanto en la medicina con las hierbas y plantas, como en la elaboración de licores y derivados de la fermentación de cereales.
En el estamento eclesiástico, monjes y curas son quienes –en gran medida–, gracias a su trabajo minucioso y metódico han puesto al servicio de la humanidad miles de descubrimientos que, en su origen, y algunos hasta la actualidad, son principios activos de medicamentos y recetas destinadas a curar a los seres humanos.
No alcanzo a adivinar cuándo se torció esta irrefutable aportación de experiencia al mundo de la medicina y se dejó de tener en cuenta el conocimiento adquirido durante siglos: la cultura tradicional y científica de algunos preparados. Simplemente les silenciaron y dejaron de prestar interés a esa rama del conocimiento.
La nicotina no produce cáncer
Es un hecho que las regulaciones existentes se establecieron desde un interés meramente empresarial. Por ello, sus argumentos han caído y se imponen los estudios más exhaustivos y recientes, que buscan la verdad por encima del propósito de cambiar tabaco por medicamentos.
Así lo muestra la sentencia reciente contra el relato inexacto de la Food and Drug Administration (FDA) estadounidense y su “regulación”, que no considera los diferentes tipos de consumo de tabaco y su posible toxicidad, metiendo todo en el mismo costal. Esperamos una normatividad basada en estudios científicos verdaderos, que den al tabaco premium el lugar que le corresponde, como producto natural.
A esta corriente se suma un estudio reciente que afirma, de forma contundente, que “la nicotina no produce cáncer”. Y como ejemplo de ello está Suecia, un país donde el consumo de tabaco natural es una costumbre de décadas y se mantiene la tasa más baja del mundo sobre patologías del pulmón.
Se está gestando una nueva era para el sector y se adivina la vuelta a los orígenes. Es un hecho que un relato basado en mentiras y medias verdades no puede sostenerse por más tiempo. ¿Cómo puede la Iglesia recomendar algo dañino para el cuerpo y para el alma? Todo regresa a sus orígenes…
La historia de la Historia
Los curas fuman desde el siglo XVIII y la Iglesia hizo nacer la Edad de Oro del tabaco. Fue un consumidor de rapé –primer uso del tabaco–, San Alfonso María de Ligorio, quien en su Manual para confesores escribió que “el tabaco tomado a través de la nariz no rompe el ayuno, incluso si una porción desciende hasta el estómago”, como tampoco lo hace el humo de un cigarro.
Se cuenta que Benedicto XIV, cuando ofreció su cajita de rapé a su superior de la orden y éste declinó, argumentando: “Santidad, no tengo ese vicio”, el Papa contestó: “No es un vicio. Si lo fuera, usted ya lo tendría”.
Pio IX también era un gran aficionado al rapé y tenía que cambiar varias veces al día su sotana blanca, debido a las manchas que el polvo de tabaco dejaba sobre sus vestiduras. Durante su cautiverio en el Vaticano, el pontífice obsequió una de sus cajitas de rapé, bellamente decorada con dos corderos paciendo tranquilamente, como premio para la lotería internacional organizada para recaudar fondos para la Iglesia.
San Pio X tomaba rapé y fumaba puros, mientras que León XIII, también aficionado al tabaco, sufrió mucho cuando al final de su vida tuvo que abandonarlo, por indicación de sus médicos. Pio XI fumaba puros de manera ocasional y Juan XXIII fumaba cigarrillos.
Esta tradición, que no se mantuvo durante los pontificados de Pablo VI, Juan Pablo I y Juan Pablo II, se ha recuperado con Benedicto XVI, quien ha reconocido que le gusta fumarse un Marlboro de vez en cuando.
Sin embargo, Francisco desató la polémica entre los fumadores de la Ciudad del Vaticano, ordenando la prohibición de la venta de tabaco a partir de 2018, porque “la Santa Sede no puede cooperar con una práctica que daña claramente la salud de las personas”. Con las vacunas no se dictó prohibición alguna, claro ejemplo de la manipulación del discurso y la defensa de los intereses de la industria farmacéutica.
Contradicciones
El análisis de una serie de acontecimientos históricos y las actuaciones recientes en contra del consumo de tabaco, me hacen pensar en los orígenes de la leyenda negra y afirmar que la propia Iglesia cambió el criterio que mantuvo durante siglos. No aportó argumento alguno, más que referencias a estudios que ya se han demostrado deficientes y claramente dirigidos al consumo de cigarrillos.
Se atribuye al obispo Sarnelli invocar la ayuda del cielo cada vez que el esnifar tabaco producía una intensa crisis de estornudos (¡¡¡Atchisss!!!), con el consiguiente temor por la salud de quien la sufría. Éste sería el origen de la costumbre de exclamar «¡Salud!» en estas circunstancias.
Se dice que le preguntaron a un jesuita si se podía fumar mientras se reza, a lo que éste respondió con una negativa categórica. Pero… ¿rezar mientras se fuma? «Eso sí, por supuesto que sí».
Así que los fumadores que quieren ser santos no están en mala compañía, y los padres de familia católicos, cuando expliquemos la vida de estos santos a nuestros hijos, haremos bien en no ocultar su condición de aficionados al tabaco. Les haremos menos políticamente correctos y les ayudaremos a que comprendan que no todo lo que les dicen, y la mayoría de la gente acepta como evidente, es verdad.
Un venerable sacerdote nos decía en el seminario que “el cura que no fuma ni bebe vino, el diablo lo lleva por mal camino”. Pero, y lo siento por los zelotes antitabaco, resulta que fumar no es pecado. La Iglesia sólo lo prohibió, en el nuevo continente, durante las celebraciones religiosas, por la fuerte costumbre que tenían los nativos de “fumar en misa”.
Fue en 1725 cuando Benedicto XIII, él mismo aficionado al rapé, reforzó la necesidad de mantener el tabaco fuera del altar, pero retiró la pena de excomunión por fumar en San Pedro al comprobar que los fieles entraban y salían sin cesar de la iglesia para fumar o inhalar rapé, con la consecuente distracción que ello conllevaba.
Una isla pequeña…
Al llegar Francisco José a la isla, hablamos pero no nos habíamos visto todavía. Él, desconfiado y previsor, lo investigó todo en previsión de la emboscada que podía tenderle. No sólo se alojó a 150 metros de mi residencia, sino que, en el santuario de nuestra Señora de Las Nieves, patrona de la isla, comenzó sus indagatorias para que fuera el pueblo quien le contara mi vida y obra.
Pero claro, no consideró que aquí nos conocemos todos y fue a caer en la boca de uno de mis mejores amigos, también fumador de puros, Felipe Lorenzo, quien le puso al corriente de nuestras correrías de juventud y otras posteriores. Cazado por mi amigo, saltó a las redes sociales y a mis oídos, culminando en un encuentro magnífico con una cena para tres, pues la ocasión merecía la pena. Una velada para profundizar en esos abismos de los intereses y placeres que proporciona un encuentro con tabaco.
Fumar con amigos no es trabajo, sino un placer.
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