
Con el sol en su cenit, la cabaña y el pantano ardían. Tras su espectáculo de alarde matutino, el capitán se levantó de la silla y caminó hacia el poste donde Alyssa se encontraba.
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–Niña, en este mundo sólo hay dos cosas que deseo: el poder que da el dinero y el placer de una mujer. Como ves, soy de gustos simples por cuanto al dinero se trata. Me gusta tenerlo, atesorarlo y chantajear con su presencia. Pero en cuanto a las mujeres, soy un poco más refinado. Cualquiera disfruta de la compañía de una puta de burdel, pero pocos tienen la oportunidad de disfrutar tan fina piel –discursó Clinton mientras se despojaba de su gorra, chaqueta y tirantes.
El hedor de su cuerpo se intensificó en la habitación. Alyssa, que había disimulado cada reacción hasta el momento, no pudo contener el reflejo vomitivo que la escena y el aroma le provocaron.
–No esperaba menos de ti, niña. Éste es el cuerpo de un hombre, uno de verdad. Así es como debe verse y oler, no como ese grupo de maricas con los que te juntas. Ellos nunca serán lo que yo, no son más que mis perras, mis juguetes, mi diversión. Sólo necesité un poco de tiempo para dar con ustedes y tenerte ante mí, además, tal vez, de un poco de esfuerzo y creatividad para darle al mocoso lo que merecía –dijo el hombre mientras se quitaba la camisa y descubría su velludo y lastimado cuerpo. Una colección de hematomas y cicatrices adornaban su torso y espalda como un mapa orográfico de toda la región.
De un golpe, desmayó a la muchacha. Aprovechó su inconsciencia para desatarla, colocarla sobre una cama, desnudarla y desnudarse. Su cuerpo goteaba sudor sobre la blanca y tersa piel de la pequeña mujer.
Con las manos percudidas de tierra, sangre y quién sabe qué más, acarició los delicados pechos de Alyssa. Su boca se llenaba de saliva, sus ojos estaban hinchados de calor corporal. Escupió sobre su mano y frotó su pene erecto, luego escupió sobre el sexo de la mujer.
La penetró tan bruscamente que la hizo despertar y gritar. Con sus fuertes brazos la mantuvo pegada a la cama. El rostro de Alyssa pasó del blanco al rojo, sus venas se marcaron en su frente y cuello, la garganta parecía destrozársele con cada grito de dolor.
Clinton sostuvo ambas manos de la mujer con una sola de las suyas, mientras la ahorcaba con la otra. La niña cambió de rojo a morado, muy cerca del azul, momento en el que el capitán la soltó para que recuperara conciencia y no se perdiera ni un solo momento de lo que sucedía.
Fueron varios los empellones que su cuerpo dio contra la pelvis de la mujer, cuyos muslos y nalgas se amorataron, y en cuyo cuello quedaron tatuados los dedos de su agresor.
De un movimiento, Clinton volteó el pequeño cuerpo, sostuvo las manos por la espalda y cogió el cabello de Alyssa como cabalgando una briosa bestia. Y ella lo era, era fuerte de espíritu, pero no rival para un hombre embravecido por la carne de mujer.
Cuando soltaba su cabello era para golpear la piel de duraznillo de la chica, la golpeaba fuertemente marcando su mano donde la azotaba. La hinchazón de las heridas pronto dio paso a las yagas. Su delicado y hermoso cuerpo no soportaba más.
–Yo lo maté –era la frase que resonaba dentro de su cabeza durante estos difíciles momentos. Mientras el capitán abusaba de ella, Alyssa no podía parar de pensar en su infancia, en aquellos años donde su padre, constantemente ebrio, la maltrataba a ella y a su madre tan seguido como si se trata de una rutina.
Los maltratos no siempre fueron simples gritos y golpes, el señor Brewster también había abusado de ellas. Lo que estaba sucediendo con el capitán, había sucedido varias veces antes en su vida y durante estos minutos de tensión, en su mente no paraba de revivir aquel obscuro pasado.
Desde su interior, la rabia contenida de la infancia y adolescencia resurgía al calor de la amarga experiencia que hoy vivía. La ira reservada y parcialmente liberada la mañana en la que apuñaló a su padre encontró un nuevo motivo, un nuevo objetivo para terminar de salir y, tal vez, al fin sanar las heridas del pasado y presente.
–Te pareces tanto a ella cuando nos conocimos –decía su padre entre resoplos y susurros que entraban por sus oídos y retumbaban dentro de su mente. Eran las palabras de un ebrio, impulsadas por el hedor del licor barato fermentando y expulsado desde su interior.
El aroma de la violencia era exactamente el mismo entre sus recuerdos y la piel del capitán, quien de momento, a los ojos de Alyssa, adoptaba el rostro de su padre, la esencia del primer abusador que la convirtiera en la mujer que ahora es.
Su mente revivía el pasado con recuerdos que fortalecían el trauma del presente, pero, tal vez, sin una mala intención, sino buscando generar motivos suficientes para reunir fuerzas y sobreponerse una vez más.
Parte del instinto de supervivencia, quizá, o simple el masoquismo natural propio de la naturaleza humana. Cuando se es un forajido como yo, como ella, sufrir es común y, con el tiempo, dejar de sentir también. Por suerte, la ira nunca se pierde, se cultiva, y en el momento necesario se cosecha para sobrevivir.
Tras la más larga de las torturas, Clinton dijo: “qué rico humedeces, princesa”, pero ella no lo hacía, sino que era la sangre de sus entrañas que salía de su cuerpo, recorriendo el del perpetrador de la masacre. Sangre, un extraño estímulo para todos, pero la invitación a terminar para este demonio salido del infierno.
Una mezcla de fluidos escurría por las piernas de Alyssa, que yacía recargada en una pared, sobre la cama, apoyada en sus rodillas y tobillos, marcados por las ataduras desde su captura.
El hombre se vistió y gritó: “¡Dolores!” De alguna otra construcción dentro de la misma propiedad, surgió una mujer madura, una prisionera mexicana acostumbrada a la mala compañía.
–Diga, señor –respondió apenas tras cruzar el umbral de la puerta.
–Limpia a esta niña, ponla presentable. Vístela y prepárala para la cena. Vino a hacernos de comer y tiene más citas programadas. ¿O no, primor? –expresó frotando su mano sobre su delicada cabellera.
La mujer asintió con la cabeza y la ayudó a ponerse de pie. La llevó a otra habitación y cerró la puerta. Clinton encendió un cigarro, se sirvió otra copa y aguardó.
CONTINUARÁ…
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