Reimaginando México

Durante décadas, países como la India han construido silenciosamente un legado poderoso exportando no sólo bienes o servicios, sino talento. Su producto más influyente no son los alimentos ni los textiles, sino sus ciudadanos educados: ingenieros, médicos, científicos y tecnólogos que son pilares de la innovación en todo el mundo, desde Silicon Valley hasta los centros de investigación.

Lee en la revista (gira tu dispositivo para mejor experiencia de lectura):

 

Francisco Arias

México, De exportador de mano de obra a potencia del conocimiento

Detrás de este éxito hay un sistema de valores que otorga enorme importancia a la educación, la disciplina intelectual y el ascenso social a través del trabajo mental.

Como mexicanos, debemos preguntarnos ¿por qué nosotros no hemos hecho lo mismo? En lugar de exportar mentes hemos enviado manos y espaldas; trabajadores dispuestos a realizar los trabajos más duros en las condiciones más difíciles, muchas veces sin acceso a educación ni protección.

Esto no es una crítica al migrante, sino una denuncia de los sistemas internos y externos que les han fallado. Nos hemos vuelto dependientes de las remesas, mientras nuestra gente más vulnerable abandona su hogar, persiguiendo sueños que con frecuencia les cuestan su identidad, dignidad y, en ocasiones, la vida.

Muchos de estos trabajadores confían a sus hijos al sistema estadounidense, con la esperanza de que sean aceptados y estén mejor. Pero la realidad es más complicada. Los mexicanos y latinos de segunda generación crecen atrapados entre dos mundos, sin ser plenamente aceptados socialmente en EE.UU. y desvinculándose de sus raíces. Muchos, en su afán de asimilarse, se avergüenzan de su herencia o se convierten en los más duros críticos de sus propias familias.

Países como la India enseñan a sus niños que el éxito no viene del trabajo físico, sino del dominio de las matemáticas, la ciencia o la ingeniería… del trabajo mental. Mientras nosotros glorificamos el sudor y el sacrificio de quienes van al norte a recoger fruta y levantar muros, ellos lo hacen con el estudio y la estrategia, enviando a los suyos a escribir algoritmos y construir empresas.

Hoy, al ver el trato cada vez más hostil de la sociedad estadounidense hacia los migrantes, debemos preguntarnos si ese dolor podría ser también una oportunidad. Tal vez no sólo presenciamos una crisis, sino un punto de inflexión que sea el comienzo del fin del sueño americano que idealizábamos como tierra prometida. Posiblemente sea nuestra oportunidad –la de México–, para reinventarnos.

¿Qué pasaría si en lugar de enviar mano de obra empezáramos a exportar conocimiento?, ¿si detuviéramos la fuga de cerebros y construyéramos un ecosistema que mantuviera el talento en casa recompensando el estudio, la innovación y el emprendimiento?, o ¿si invirtiéramos en nuestros hijos, con la misma urgencia con la que se levantan muros para mantenerlos fuera?

Puede ser una visión radical, mas no imposible. Basta con recordar cómo Japón, después de la Segunda Guerra Mundial, se reconstruyó desde las ruinas para erigirse como una de las naciones más disciplinadas, tecnológicamente avanzadas y culturalmente orgullosas del mundo. México puede hacer lo mismo. Tenemos la historia, la creatividad, el espíritu y –más importante aún–, la urgencia.

Si actuamos ahora es posible que alcancemos a ver el inicio de esa transformación, que podría llevarnos dos o tres décadas. Para muchos de nosotros, ese podría ser el tiempo que nos queda. Hagamos que valga la pena.