Los humos de la vida

Madrid, entre humos

Sofia Ruiz/Máster Habanosommelier

Muerte… una palabra que al escribir o pronunciar suena tan dura y áspera como la madera sin lijar. Pero que al mismo tiempo podría ser sinónimo de reencuentro o de culminación. En el contexto mexicano, mi cultura y raíz, significa tiempo de reencuentros a través de la memoria, de los actos en la tierra y una forma de vivir este paso hacia el inframundo. Es decir, lo que puede entenderse como una siguiente reencarnación, el humo del futuro o las raíces de una flor de cempaxóchitl o cempasúchil.

¿Qué tanto color podemos dar a la vida y a nuestro paso por ella? Cada uno de nosotros tiene ese poder, y en el altar de muertos que solemos colocar al iniciar noviembre, en México se refleja el amor y la grandeza de honrar a nuestros seres queridos. Esperamos la visita de nuestros deudos y amigos –en espíritu–, y desde el primer minuto de ese día nos llena el sentimiento de saber que están con nosotros.

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Cada mes de noviembre revivimos una de las tradiciones más importantes y mágicas de nuestra cultura: el Día de Muertos. Porque se nos ha inculcado que no debemos olvidar a los difuntos, quienes viven a través de los recuerdos… memoria.

Escribo estas líneas pensando en quienes me acompañaron en cada paso y estoy segura de que volveré a encontrar. Especialmente en mi padrino Saúl, quien partió hace unas cuantas semanas, a quien recuerdo siempre platicando sobre deportes y riendo con los chistes de Mi Sofi, como solía llamarme.

Las culturas prehispánicas compartían la creencia de que la entidad o espíritu que otorga conciencia al ser humano, al trascender este plano continuará su camino en el mundo de los muertos, donde sigue ocupando elementos que formaban parte de su cotidianidad, incluso alimentos.

Entre los aztecas, por ejemplo, los cuerpos de los difuntos se preparaban, vestían y adornaban, y las festividades incluían ofrendas con objetos personales y alimentos para que el alma viajara al Mictlán. Tras llegar los españoles, la tradición se sincretizó y de acuerdo con el calendario católico se designó al 1 de noviembre como Día de Todos los Santos (niños y beatos), y al 2 de noviembre como Día de los Muertos (adultos).

Lo celebramos de diferentes maneras: desde hacer vigilia en el panteón para visitar y limpiar las tumbas de nuestros difuntos, hasta comer el famoso pan de muertos y desde mi perspectiva, lo más importante es el levantamiento de un altar. El simple hecho de colocarlo y su adornamiento es un ritual que nace del corazón; un camino de lágrimas que se transforma en pétalos de cempasúchil que combinan anécdotas y esperanza.

Decidí entonces ocupar una mañana madrileña para acercarme a mis orígenes, pues en España la Fundación Casa de México erige anualmente un altar con alguna temática representativa del país. En esta ocasión se trata Cabaret El Recuerdo: «La vida, como el mejor de los cabarets, debe vivirse cantando, bailando y amando hasta el final». Añadiría que con todo lo que nos llene el alma, incluyendo los buenos humos.

Las vitrinas del edificio de la fundación muestran catrinas espectaculares, de tamaño real, acordes con la ambientación de un cabaret –espacios de interacción social que combinaban baile, música y comedia, viviendo sus tiempos de gloria durante el siglo pasado– lleno de color y alegría. ¡La alegría que los nuestros nos visiten!

Una vez dentro se observan en primer plano seis catrinas iluminadas con neón y brillos, entre decorados de papel picado y grandes esferas. Aparecen también las infaltables botellas de tequila y un Tzompantli o estructura de cráneos que recuerda el culto de los mexicas a Huitzilopochtli, dios del sol y la guerra, así como patrón de México-Tenochtitlan.

En un altar de muertos se pueden encontrar elementos como los siguientes:

Copal: resina aromática que representa la purificación del alma. Su olor es capaz de guiar a los difuntos hacia su ofrenda.

Velas: son el fuego que ilumina el camino de ida y vuelta.

Papel picado: representa el aire y la alegría de la festividad. Al moverse, avisa que las almas están llegando a disfrutar de su ofrenda.

Agua: es la pureza del alma, necesaria para calmar la sed del visitante.

Pan de muerto: simboliza la eucaristía cristina, pero en la parte superior lleva figuras que recuerdan huesos.

Cruz de sal: para los mesoamericanos señala los cuatro puntos cardinales y se coloca para orientar al difunto, mientras que para los católicos recuerda la resurrección.

Fotografías: recuerdan a los difuntos a quienes se dedica el altar.

Catrinas y calacas: la calavera catrina deriva del personaje creado por el artista plástico José Guadalupe Posada, como parte de su critica social a la burguesía de la época.

Flor de cempaxóchitl: flor del muerto que los mexicas comparaban con el sol debido a su color amarillo intenso o naranja. Gracias a ello y a su aroma, las almas pueden llegar al altar y disfrutar del banquete.

En los pasillos del edificio de la fundación se exhiben artesanías inspiradas en las catrinas, y en el primer piso el techo de una habitación luce cubierto de papel picado. ¿Cómo podemos dar a la muerte tanto color?, pensé. Tal vez porque en ella veamos todos los tintes que hemos puesto a nuestras vidas.

Así que para celebrar la ocasión encendí esa tarde un Partagás Serie P No. 2, un habano de formato figurado que se ha vuelto tradicional entre los aficionados. Hablamos de una marca que durante más de un siglo ha creado rituales en la cultura de los buenos humos. Su emblemático color rojo, impronta en su anilla y logo, ha marcado a quienes hemos disfrutado de sus aromas, sabores y fortaleza, que deja huella y un altar de postgusto en el paladar.

Otra pareja de catrinas a tamaño real, hechas a base de fibra de yute se rodean de pencas de nopal, que remiten a la gastronomía mexicana. Son preámbulo de un largo pasillo con una pared llena de calaveras y otras artesanías de barro, metal, azúcar, cartón y pintura sobre azulejo.

Finalmente ingresé a una habitación donde se muestra, sobre toda una pared, una carta gigantesca del juego de la lotería (consiste en llenar primero los espacios de la carta o tablero, con imágenes de la cultura mexicana, según se pregona las cartas correspondientes, sacadas del mazo). Ahí, la Casa de México invita a dejar un recuerdo; momento que me género sentimientos encontrados: felicidad y nostalgia.

Fue un día para sumergirme en México, mi tierra, y en mis adentros… Toda una jornada que concluí uniéndome al homenaje con un habano de galera, una pirámide 52 x 156 mm y un caballito de tequila. En cada tercio honré el camino de mi gente y el tiempo que la vida me permitió estar con ellos, mientras nos reencontramos para seguir avanzando juntos. Fue encender las risas y los recuerdos.