Fuencarral # 78, El relato de Madrid

La cotidianidad es algo que hoy en día no percibimos. Cada mañana suena el despertador y estamos listos para desayunar, ducharnos y salir al trabajo, y esto se repite –al menos– cinco días a la semana. Dentro de esta “normalidad” podríamos estar caminando por las calles de Fuencarral y, si le sumáramos el #78 (Centro, Madrid), simplemente pasaríamos de largo, ignorando que en este sitio se conmemoran, y en cierta manera se preservan, más de 500 años de historia madrileña.

Decidí entonces hacer a un lado las ocupaciones y desentrañar esta ciudad, que ahora también llevo en mi corazón, y junto con una gran amiga exploré el Museo de Historia de Madrid, durante una tarde que se transformó en aprendizaje, charla y buenos humos: momentos que llevan tiempo y añejamiento, como un habano.

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Sofía Ruiz

Master Habanosommelier

Madrid, entre humos

Bajo la fachada barroca del denominado Hospicio de Madrid, esta pinacoteca se estableció en 1929 como Museo Municipal, para documentar la vida de la capital española entre los siglos XVI y XX, aunque me atrevería a decir que abarca hasta el presente año.

El primer acercamiento me pareció un tanto reflexivo, pues en lugar de los inicios de la ciudad, al pasar la recepción encontramos una exposición pictórica que refleja el pensamiento, las costumbres e incluye personajes que dan forma a la sociedad actual. La parte anecdótica y divertida fue encontrar de inmediato a Brays Efe, quien da vida a Paquita Salas, mi personaje humorístico español preferido, que puede ser tu mejor amiga cuando deseas reír y echar culpas a la vida.

En el primer nivel se expone una serie de planos históricos del siglo XVIII al XX, de cartógrafos renombrados como Nicolás de Fer, Tomás López y Núñez Granés, en los que se aprecia la evolución y el crecimiento urbano de la ciudad.

Un dato curioso es que a principios del siglo XV la sede del Gobierno no estaba en Madrid, que era una villa pequeña sin gran desarrollo. La decisión de convertirla en capital de la Monarquía fue del rey Felipe II, quien consideró la abundancia y pureza del agua, el gran número de molinos harineros existentes y su proximidad con El Escorial, cuya construcción fue de suma importancia para él, entre otras razones.

Conforme avanzaron la charla, los datos históricos y las enseñanzas de mi amiga sobre la dinastía de los Borbones –momentos enriquecedores que forjan lazos entre las personas–, nos topamos con una maqueta realizada en el año 2000 por Juan de Dios Hernández y Jesús Rey, a una escala de 1:1250 (es decir, mil 250 veces más pequeña que su original), que representa el Madrid de 1656.

Siguiendo los diez bloques que conforman este piso, a través de los óleos logramos conocer calles, plazas, palacios, huertos y la vida de la aristocracia de otros tiempos; cuando el sol determinaba la duración del día. No como ahora, que podemos extender nuestras actividades durante las 24 horas y pedir comida a domicilio durante la madrugada o salir a degustar nuestro cigarro favorito en alguna terraza. ¿Será por eso que vivimos tan acelerados?

Si acudes a este museo, te recomiendo no perderte el óleo a un costado de la maqueta principal de Madrid, que muestra un ángulo frontal y cada uno de los detalles de un jardín majestuoso. Asocié esta imagen y la sensación vivida con un Montecristo Open Regata, así que cada vez que encienda uno conectaré con este momento, sin necesidad de ver el cuadro. Porque al final, la vida se trata de sentir.

En la planta baja, la zona denominada Villa, Corte y capital de dos mundos abarca los siglos XVI al XVIII, y en diferentes cuadros se observa la transformación de la ciudad capital. Hay retratos de los monarcas de la Casa de Austria, del poderoso Alcázar, su residencia, y una obra muy especial sobre mi lugar favorito de Madrid: la Plaza Mayor, en la que Juan de la Corte plasmó el juego de las cañas (espectáculo ecuestre). También, El regreso del dios Manzanares a la Casa de Campo, del pintor Félix Castello.

Pero entre las historias de este museo, mi predilecta es la que vi frente al televisor a mis 13 años: la boda del Rey Felipe VI y Leticia –que pudiera ser la semilla de mi curiosidad por este país–, como parte de la casa reinante hasta nuestros días. De hecho, el siglo XVIII coincidió con la llegada de la dinastía de los Borbones, que inició una transformación urbana para convertir a la ciudad en un escenario digno de una monarquía europea moderna.

Una serie de retratos te lleva de la mano frente a quienes han tenido la corona española, acompañados de objetos de colección de la monarquía, como porcelanas, cristales de La Granja, tapices, y para todos los taurinos, algunas maquetas de las primeras plazas de toros.

Al final de esta sala nos espera un retrato de José Bonaparte, hermano de Napoleón y mejor conocido como Pepe Botella, por su apego a la bebida; una anécdota compartida por mi amiga Cecilia, una española encantadora que tiene siempre a mano algún dato curioso de su país. Pepe Botella fue el último emperador y prácticamente huyó a Francia en 1813, cuando Napoleón reconoció a Fernando VII como legítimo rey.

Esta época de la Guerra de Independencia Española, cuando el 2 de mayo de 1808 el pueblo madrileño se levantó contra las tropas francesas, se recuerda en el cuadro Alegoría de la Ciudad de Madrid, del gran pintor Francisco de Goya, y en las estampas satíricas del mencionado Pepe Botella.

El último piso nos recibió con una curiosidad: entre los cuadros montados encontramos uno de la fuente de Cibeles recién concluida, todavía con calles de tierra y carruajes impulsados por caballos; otro momento para recordar entre humos. Sin el arte no podríamos comparar esa imagen con el estado actual de uno de los monumentos más visitados, referente de la ciudad. ¿Quién pensaría en caballos, cuando hoy bordean la fuente automóviles eléctricos?

Este espacio, que lleva por nombre El Sueño de una Ciudad Nueva, permite recorrer Madrid de 1814 a 1900. Desde la lucha popular hasta la llegada de una revolución industrial tardía, las imágenes incluyen postales y fotografías que conviven con maquetas, como la del Teatro Real, y algunos trajes típicos con mantilla. Contemplamos pinturas de Joaquín Sorolla, Aureliano de Beruete y Ricardo Baroja, influidas por el uso de la luz y el color del impresionismo.

Imbuidas por el espíritu madrileño y con un poco de hambre, buscamos refugio en una zona tan española como el jamón serrano. En una calle cercana a la Plaza del Sol pedimos una sidra y un vermut, encendiendo la tarde con el Montecristo Regata, de notas especiadas y sabores ahumados. En cada tercio, este habano de fortaleza media hizo las veces de tapa humeante, que enmarcó esta conexión que nos hizo sentir vivas por las calles de Madrid.