Capítulo 7: Callahan Ridge Parte VIII: Un nuevo comienzo

Aquella tarde terminó siendo épica, algo que jamás hubiera esperado de una visita de rutina a la bodega clandestina de un viejo agrio, amigo de otro viejo agrio como el señor Rubens.

La charla de Armer me impactó, pues de verdad había vivido muchas cosas en sus aparentemente cientos de años de vida. La barba larga y blanca hablaba de toda esa experiencia, su piel arrugada y reseca respaldaba las historias, pero el vigor de su cuerpo hacía dudar, aunque en parte sugería lo que pudo haber sido en aquel entonces. “Vaya pareja que debieron ser”, pensé, imaginando a este hombre realizando cualquier cantidad de fechorías algunas décadas atrás, junto a un robusto Rubens.

Sin más, me despedí y me dispuse a volver a casa.

–Bueno, hasta aquí llegué, viejo. Realmente es bueno lo que tienes aquí, pero me ha pateado como mula –dije entre balbuceos, visiblemente afectado por este licor casero que definitivamente tenía la firma de Rubens en su sabor y fortaleza.

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Raúl Melo

Como pude, me subí a la carreta y dejé que Lucky me condujera de vuelta a la cabaña; una hazaña que en mis cinco sentidos jamás hubiera imaginado posible, pero que mi fiel amigo pudo completar con éxito.

Sin memoria del recorrido, recobré la conciencia aún sobre la carreta estacionada frente a la cabaña. Los primeros rayos del sol pegaron en mi rostro y me trajeron de vuelta.

Con algo de resaca, pero recuperado de los efectos del licor, entré. El desayuno estaba listo y en la mesa, Alyssa lucía radiante, como siempre, mientras que Rubens aguardaba en su silla, fumando una pipa, listo para hacer de esta piltrafa de hombre su juguete preferido. Algo para lo que ya estaba preparado y hasta acostumbrado.

–¡Muchacho! ¿Acaso cabalgaste del lado equivocado de la silla? Tienes el semblante de quien reposa bajo una carreta en movimiento. Ja, ja, ja, ja… Por lo menos veo que volviste con lo que solicité –dijo, mientras se asomaba por la ventana y me palmeaba la espalda.

–Armer, charla y licor, no puedo decir más –respondí.

–¡Oooooh, sí! El viejo conserva algunas de las mejores producciones que estas manos han dejado como legado para el mundo y parece que fuiste una víctima más del buen vivir de antaño. Ja, ja, ja. Pero como dije, me da gusto que cumplieras la encomienda, que conocieras mejor al viejo y volvieras en una pieza. Eso es algo que no se puede decir de muchos de los que se han cruzado en nuestro camino. !Ah, que tiempos aquellos! –recordó nostálgico.

–Ya habrá tiempo para hablar de ello, hay tanto por contar sobre mis mejores años después de haber dejado la plantación… Pero basta de charla, que hay que terminar de empacar. Los cigarros están listos, la dinamita también, sólo resta poner todo en cajas y subirlas a los carros. Imagino que el nuevo conductor debe estar por llegar.

Un poco más tarde escuchamos un grito familiar colina abajo y, efectivamente, se trataba de nuestro hombre de familia haciendo gala de una puntualidad pocas veces vista por estos lugares.

Salí a recibirlo para darle la bienvenida y dar paso a la siguiente etapa de un plan que representaba un nuevo comienzo para todos.

–¡Amigo, qué gusto ver que pudiste llegar! Estaciona por acá y en un momento comenzaremos a cargar –le dije, señalando un espacio junto a nuestro transporte donde algunas cajas ya habían sido meticulosamente acomodadas y cubiertas.

–¡Pasa, pasa, hay un poco de estofado en la lumbre y agua fresca. Debes venir cansado, imagino. Yo puedo encargarme de lo que hace falta –le dije, mostrando el camino hacia el interior de la cabaña.

Dentro, Alyssa y Rubens lo hicieron sentir en casa, como uno más, sin que se diera cuenta de que realmente lo estábamos excluyendo de saber lo que cargaría, aunque no del todo, pues transportar dinamita en tales supuestas cantidades tampoco podía ser un secreto para el conductor.

El hombre terminó su desayuno mientras yo hacía lo propio con la carreta, y cuando salió le di las instrucciones necesarias para realizar el viaje de la mejor manera posible.

–Bueno, no sé si lo habrás hecho antes, pero lo que llevaremos aquí es peligroso, es un cargamento de explosivos, nada de que preocuparse o temer, pero sí debemos tener las precauciones básicas para evitar que este viaje sea sin retorno ¿Me explico? Ja, ja, ja –le expliqué, buscando aligerar la posible tensión del momento.

–Es algo que hemos hecho varias veces ya, y como ves, aquí estamos con todas nuestras piezas en su lugar –continué.

–Claro, sin problemas, amigo. Lo he hecho antes, no con tales cantidades, pero sí tengo la experiencia. ¿Y qué, acaso vamos a la guerra? –preguntó curioso.

–No, nosotros no. Nuestro empleador, quién sabe, ja, ja, ja. No es algo que nos interese saber –respondí entre risas.

–¡No seas así con el hombre! Lleva apenas un momento contigo y ya lo estás envolviendo en tus tonterías. La verdad es un tema de minería. En Callahan Ridge no queda mucho que sacar, pero hay quien no pierde la esperanza –completó Alyssa, dando toques de verdad y de mentira a nuestro teatro.

–¿Entonces vamos a Callahan? –preguntó el chofer.

–Sí, entregaremos la carga allá, cobramos y regresamos, eso es todo –agregué.

–Bien, conozco Callahan… un poco, solía ir cuando era un lugar más próspero, pero dicen que ya no es así –continuó.

–Así es, cuando la minería era negocio Callahan se llenó de lujo y turismo, pero ahora de aquella bonanza no queda mucho, aunque los placeres mundanos siguen siendo tan buenos como antes, ja, ja, ja, ja, ya lo verás. Dije que vamos y volvemos, pero ¡siempre hay tiempo para fumar, comer y beber como malditos! –añadí emocionado, aunque mi efusividad respondía más al porvenir que a lo que el pueblo podía realmente ofrecer; eran cosas a las que ya me había acostumbrado. Pero el futuro, eso sí, me hacía feliz.

Terminamos de cargar las carretas con armas, viandas y todo lo necesario para llegar con bien a nuestro destino. Nos despedimos de Rubens y tomamos camino.

–Cuando volvamos, todo será distinto –le dije al señor Rubens al estrechar su mano, antes de partir.

–Yo lo sé, muchacho, pero mientras tanto subiré con Armen porque hoy me tengo que embriagar, ja, ja, ja –me dijo como despedida. Tenía tiempo que no lo veía tan contento y creo que ésa era su manera de hacerme saber que confiaba en el plan.

Así iniciamos el viaje, dos carretas cargadas a tope con cajas cubiertas bajo lonas, nada distinto a lo que se suele ver por estos caminos. Pronto dejamos el bosque y tomamos el sendero del valle hasta el cambio de paisaje hacia las planicies.

El desierto aguardaba a medio día de viaje más y Callahan estaría a pocos kilómetros, como destino final. La promesa con el hombre de familia había sido la de un trato de lujo, así que orillé mi carreta y nos dispusimos a descansar y comer.

Resguardamos a los caballos bajo un árbol, encendimos el fuego y Alyssa preparó las provisiones para cocinar. El hombre parecía contento, como recordando mientras volvía a vivir.

–Esto me gusta, ¿saben? ¿Ustedes lo hacen seguido? –preguntó.

–Sí, regularmente. Antes yo viajaba mucho, trabajé en un circo ambulante, fueron buenos tiempos, pero ahora sólo recorro este mismo camino por lo menos una vez al mes. Podría hacerlo hasta dormido, ja, ja, ja, y no aseguro no haberlo hecho ya alguna vez, ja, ja, ja –respondí.

–Qué fortuna, la verdad. La vida en la ciudad ya no es lo que era antes, como les dije cuando nos conocimos. Es bueno volver al camino y la aventura, gracias por invitarme y gracias por confiar –dijo mientras degustaba los alimentos que Alyssa acababa de preparar.

–Yo siempre he sido del camino, de andar de aquí para allá, pero debo confesar que hacía tiempo que no me alimentaba tan bien, ja, ja, ja. Que ella esté ahora en cada viaje cambia las cosas totalmente, no sólo llena la vista, también la panza, ja, ja, ja –dije entre bromas.

–Sí, ahora resulta que sólo soy el entretenimiento y la cocinera. ¡Deberías contar cuántas veces te he salvado el pellejo, eh! –expuso Alyssa.

–¿Se han enfrentado en el camino? –preguntó él sin mostrarse preocupado.

–Un par de veces, sí. Desde aquellos hechos que relatas sobre la ciudad y su mandamás, La Guardia de Sur vigila estos caminos y a veces pueden ponerse pesados, pero nada de qué preocuparse, si sabes salir de ello.

–Ok, lo tendré en cuenta y me mantendré cerca de ella, ja, ja, ja –bromeó el hombre de vuelta.

El ambiente era inmejorable y por delante sólo quedaba lo que el destino estaba por entregarnos.

CONTINUARÁ…