
El gobierno de Porfirio Díaz mantuvo una actitud abierta que favoreció la producción tabacalera. Esto incluyó la búsqueda de mejores tierras, la participación de extranjeros y la tolerancia de ciertas «medidas coercitivas» de captación de mano de obra en algunas zonas de cultivo
La debilidad del mercado nacional y de un sistema de comunicación que permitiera consolidarse limitó el desarrollo de la producción agrícola, que durante el último cuarto del siglo XIX operó con base en la satisfacción de los mercados locales. A pesar de la protección arancelaria y la constante depreciación del peso, sólo una parte mínima se destinó al mercado externo y la producción agrícola no encontró el impulso que buscaba. Es más, entre 1877 y 1892 retrocedió.
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El tabaco fue uno de los productos que registraron las bajas más moderadas durante ese periodo, pues de 7 mil 504 toneladas pasó a 7 mil 116. Pero las posibilidades de aumentar su producción enfrentaban problemas como la de falta de capital y de transporte, además de sus deficientes técnicas de cultivo y beneficio.
Se esperaba que la reciente disolución del Estanco del Tabaco –en 1856–, estimulara su producción principalmente en las zonas de Veracruz, Tabasco, Campeche, Yucatán, Oaxaca y Nayarit, y de manera complementaria en Morelos, Michoacán, Guerrero, Colima, Sinaloa y Chiapas.
Pero al igual que el resto de la producción agrícola nacional, la del tabaco se orientó a satisfacer los mercados regionales. Se cultivaba en 22 de los 27 estados y las zonas productoras se dispersaban por todo el país. Para 1897 las entidades con mayor producción eran Oaxaca (3 mil 194 toneladas), Veracruz (mil 786), Jalisco (983), Nayarit (726), Michoacán (556), Chiapas (382) y Sinaloa (255). De la producción total de ese año –8 mil 956 toneladas–, los dos primeros estados aportaron 50 por ciento.
«Los cantones de Córdoba, Orizaba y Xalapa –en Veracruz– fueron inicialmente los principales productores, pero como sus tierras no eran del todo apropiadas el cultivo disminuyó. Se abrió entonces la zona sur del estado y el norte y occidente de Oaxaca. Los primeros tabacos del sur veracruzano que irrumpieron en el mercado fueron los de la cuenca del río San Juan…; los de San Andrés Tuxtla y Acayucan pronto adquirieron fama, a pesar de su cultivo y preparación descuidados» (Cosío Villegas, 1974).
La región de Valle Nacional, Oaxaca, dio los primeros pasos como productora importante de tabaco oscuro gracias a las incursiones del español Ramón Balsa, quien imprimió un profundo dinamismo al cultivo y consiguió cotizarlo entre los mejores del mercado externo.
De 1892 a 1895 la producción nacional creció de 7 mil 116 toneladas a 10 mil 777. En los siguientes dos años descendió, pero se recuperó nuevamente y alcanzó su nivel máximo en 1905. Veracruz y Oaxaca fueron la fuente primaria de los tabacos oscuros para exportación, mientras que Nayarit destacaba –a principios del siglo XX–, en la producción de tabacos rubios de tipo Virginia, utilizados en la fabricación mecánica de cigarrillos que iniciaba en el país.
Así, en las postrimerías del porfiriato las principales zonas productoras estaban en la cuenca del Papaloapan; norte de Veracruz; Huimanguillo, Tabasco; el norte de Puebla; noroeste de Chiapas, y en la zona colindante de Jalisco y Nayarit.
Comercio exterior
Durante el porfiriato, a pesar de sus altas y bajas, el tabaco se mantuvo entre el octavo y décimo lugar de las principales exportaciones y equivalía a 2 por ciento del total. A finales del siglo XIX ya era conocido en el mercado internacional, especialmente en Europa, pero también en Estados Unidos y Sudamérica.
Los principales destinos de los tabacos labrados mexicanos eran Alemania, Inglaterra y Francia, donde las marcas de los puros mexicanos eran reconocidas. Aprovechando su aceptación, las fábricas trataron de introducir cigarrillos, lo que no fructificó debido a la gran competencia y preferencia por el tabaco turco, que era más fuerte.
La exportación de tabaco labrado creció desde 1877 hasta fines del siglo: de 34 toneladas en 1877-1878, las ventas externas se elevaron a 436 en 1898-1899. Pero a partir de entonces declinaron hasta 111 toneladas al finalizar el porfiriato, tanto por la competencia cubana como la aparición de nuevos centros de cultivo en las Indias Orientales, que incidieron en la mayor producción mundial de tabacos labrados y en la pérdida de mercados.
La exportación de tabacos fuertes en rama para puros tuvo una tendencia similar: en 1877-1878 se exportaron 153 toneladas; veinte años después, la cantidad se elevó a una cifra récord de 3 mil 107, y en 1910-1911 descendió a 952. Los principales mercados se concentraban en Europa, donde Alemania era el cliente principal y el más seguro, mientras que Francia, Inglaterra y Holanda fueron disminuyendo sus compras.
Holanda las suspendió totalmente, pues contaba se abasteció de sus colonias, pero entonces Bélgica surgió como un comprador importante. En general, durante todo el porfiriato la demanda externa del tabaco mexicano se mantuvo fuerte y tuvo un lugar preferente en el gusto de los consumidores. Incluso llegó a compararse en calidad con los tabacos cubanos y brasileños.
El monto de la exportación mexicana, poco significativo dentro del volumen total del comercio internacional de tabaco, aumentó de 150 toneladas en 1878 a más de 700 en 1891; de allí en adelante osciló entre mil y mil 500 toneladas, con años excepcionales en que ascendió a 2 y 3 mil toneladas.
Las importaciones totales también crecieron durante este periodo, pero hubo cambios en su composición debido a la política arancelaria y al proceso de depreciación del peso. Creció la participación de los productos de primera necesidad y de los bienes duraderos, al tiempo que se mantuvieron aranceles altos a los bienes que podían sustituirse, como los de consumo elaborados, especialmente los no duraderos y algunos intermedios.
El proceso de sustitución de importaciones de bienes elaborados afectó sobre todo a las manufacturas textiles, ciertos productos alimenticios, bebidas, tabacos y otros. La importación de tabacos elaborados disminuyó dos tercios, sobre todo los cigarrillos, cuya demanda interna cubrió la naciente industria nacional. No fue el caso de las importaciones de tabaco de mascar, que se mantuvieron.
Dentro de los bienes no elaborados, el tabaco fue uno de los productos que ganaron terreno. Destaca el tabaco Virginia, cuyas importaciones aumentaron de 679 toneladas en 1888-1889 a 1 mil 207 toneladas en 1895-1896, aunque volvieron a descender a 625 toneladas en 1905-1906.
Aunque la industria del tabaco obtenía la mayor parte de su materia prima de la producción nacional, importaba ciertas cantidades de la variedad Virginia y tabacos fuertes de Sumatra. Las importaciones del total consumido por la industria comenzó a descender a partir de 1905, sobre todo en tabacos rubios, al aumentar su cultivo en Nayarit. No así el de Sumatra, cuyas prácticas de cultivo eran más difíciles de implantar en México.
CONTINUARÁ…
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(*) El Atlas del Tabaco en México, INEGI, 1989






