
Alyssa despertó atada de pies y manos, encadenada a un poste dentro de una cabaña abandonada. A través de la ventana no se aprecia nada familiar, sólo un paraje desolado en el que reina la humedad, el calor y los aromas pestilentes que desprenden las aguas más desoladas de los pantanos al norte de Lafayette.
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El capitán Clinton y algunos miembros de La Guardia han estado con ella durante las últimas horas. La casa está llena de un aroma fétido distinto al típico de los estanques. Se trata de la esencia de cuerpos sin asear, con días y días de camino a cuestas, sudor, comida en mal estado y capa tras capa de sangre seca en sus ropas.
–¡Hola, niña! Qué bueno que despiertas. ¿Qué te parece la mansión? Es la antesala de tu nueva vida –dijo el capitán burlándose de las circunstancias del alojamiento.
–Te presento a los muchachos, ellos son James, Graham, Colin, Watson, Antonio y Felipe; son sólo algunos de mis jóvenes reclutas que poco a poco irás conociendo. Todos tendremos algo que ver contigo –explicó mientras esbozaba una sonrisa alrededor de la más asquerosa dentadura que Alyssa hubiese visto antes.
Ante aquella escena, la angustia la invadió, pero como era alguien con un pasado aún más turbio que el mío, no mostraba emoción alguna ante el enemigo. Durante horas, Alyssa permaneció estoica, ni una lágrima, ni un grito, ni una palabra… nada.
El Capitán y el resto de los integrantes de La Guardia del Sur no hacían más que estar ahí, pasar el rato, jugar naipes, beber, fumar y depositar heces fecales en una descuidada letrina en la que habitaban más moscas que en cualquier otro lugar del pantano.
En la mente de Alyssa sólo una palabra rondaba: John. Ella pensaba en Rubens, en mí, en la extraña y a veces disfuncional familia que recién habíamos formado, pensaba en ello una y otra vez, deseaba vernos por una última ocasión y nos imaginaba entrando por la puerta tras derribarla de un golpe, disparando a diestra y siniestra como muchas otras veces en que huimos con éxito de nuestras fechorías. Recordaba nuestros tantos viajes y aventuras, aquella celebración de Navidad antes de que estos mismos animales arrebataran a J.C. de este mundo. Se imaginaba reviviendo cualquier recuerdo que la alejara de ese lugar, que la llevara lejos de la pesadilla que estaba viviendo y de lo que estaba por venir.
En algún momento, luego de un par de horas, el capitán se levantó de la mesa, expulsó una flatulencia que por su aroma parecía haber estado mucho tiempo reposando en su interior, rascó su entrepierna por arriba del pantalón y se dirigió a su horda de rebeldes.
–Largo, creo que es tiempo de pasar un tiempo a solas con la muñeca. Mientras tanto, pueden salir a buscar algo de comer. Me siento curioso por las habilidades culinarias de la delicada princesa. Sabemos lo que como bandida puede hacer, pero veamos qué tan bien se puede defender en sus labores de mujer –concluyó.
Los hombres se levantaron y salieron de la casa sonriendo como si en su mente disfrutaran pensando lo que estaba a punto de suceder.
–Y bueno, jovencita, al fin solos. Ansiaba tanto poderte conocer al fin, desde que nos cruzamos en aquel tugurio en Callahan Ridge moviste algo dentro de mí, ¿sabes? No es común encontrar una belleza como tú andando por ahí robando y disparando a placer. ¿En un burdel? Claro, ahí hay cientos como tú, pero al parecer eres única, muñeca, y vamos a averiguar el porqué –sentenció.
–Pero vamos, ¿por qué no dices nada? ¿Cómo te llamas? ¡Vamos a conocernos, tenemos tiempo de sobra! –dijo el hombre, pero Alyssa continuaba sin emitir sonido alguno, ni un gesto, ni una mueca, sólo una mirada neutra que ocultaba miedo e ira contenida esperando la mejor oportunidad para estallar.
–Ok, muy bien, supongo que no me vas a decir nada, pero no importa. Permíteme mostrarte algo –indicó Clinton mientras buscaba algo dentro de su sucio uniforme.
–Alyssa Brewster, huérfana, habitante de la zona de casitas obreras contiguas a la plantación de Carrigan; vecina, de hecho, del mocoso conocido como J.C. del que ya todos aquí conocemos su destino. Pareja sentimental, supongo, del sujeto conocido como John Doe y ayudante general de un anciano negro conocido simplemente como Rubens, quien, de acuerdo con la información que nos proporcionó el miserable hermano del tendero, a quienes Dios tenga en su Santa Gloria también, se ubica en una cabaña no muy lejos del Gran Valle. ¿Es correcto? –expuso mientras leía un papel que llevaba entre sus prendas, pero Alyssa permaneció muda ante el cuestionamiento.
–¡Pero claro que es correcto! Tal vez no quieras hablarme, pero tus ojos lo dicen todo. Yo no llegué hasta donde estoy por casualidad, con el tiempo me he vuelto muy bueno para conseguir lo que quiero, desde ascensos en mi carrera, hasta información. Mis fuentes suelen ser muy precisas y confiables. Sí, sí, sí, perdimos la guerra con el norte, pero no fue por mi culpa o por falta de información, más bien fue por falta de recursos, ¿sabes? Pero bueno, como mercenarios ahora servimos al mejor postor y el señor Lafayette podrá escatimar en buenos modales, pero nunca en oro para financiar mis planes. Además, ¡Dios mío!, vaya que lo hicieron enojar ustedes. Nunca lo había visto desprenderse de tal cantidad de recursos sólo por una tercia de vagos que, con todo respeto, yo jamás habría volteado a ver, claro, hasta que te conocí de cerca, una belleza difícil de ignorar, debo aclarar –detalló.
–Oh, pequeña jovencita, sé que pronto querrás hablar, no puedes permanecer tanto tiempo en silencio. No me explico cómo puedes ser inmune a mis encantos naturales. ¿Qué ves en aquel al que llaman Doe que no tenga yo? No me lo explico. Un bandido de cuarta, un forajido común acompañado por una muñequita como tú, eso debió saltar a la vista desde un comienzo. La treta de la familia feliz, ja, ja, ja. ¿Hillwell? ¿Hallwell? No, espera… ¡Holloway! ¡Gertrud Holloway, la esposa del veterinario! Sabía que el dato estaba aquí, por algún lado. ¿Quién podría creer semejante cosa? Bueno, al parecer todo mundo por aquí. He de reconocer que me tomó tiempo, pero ahora lo sé todo sobre ti, era cuestión de jalar un pequeño hilo para desenmarañar la madeja. Todo estaba ahí, hizo falta una mala decisión, sólo una, para que cayeran en mis manos. Y ¿sabes qué? De aquí ya no podrás salir –expuso Clinton mostrando de nueva cuenta su sonrisa podrida, dientes amarillentos y pestilentes por tantos años de servir en el campo de batalla lejos del agua corriente y algún hábito de higiene personal.
–Pero ya basta de habladurías, que no nos queda mucho tiempo a solas y jactarse de sus habilidades militares no es de lo único de lo que vive el hombre… –concluyó al doblar el documento, volviéndolo a introducir en el bolsillo interior de su chaqueta.
CONTINUARÁ…






