Capítulo 6: Secuelas Parte VI: Pasado a cuestas

Raúl Melo

Después de algunos minutos, Alyssa y yo encontramos el páramo perfecto para descansar, un lugar alejado del camino y lo suficientemente árido como para no batallar con la maleza, pero con un par de árboles perfectamente dispuestos, que a manera de techo nos resguardaron del sol antes del atardecer.

Dejé el carro cerca de algunos troncos secos que –para mi fortuna– estaban listos en el lugar, y bajé parte de nuestro equipaje; lo indispensable para recostarnos, comer y pasar la noche.

Lee en la revista (gira tu dispositivo para mejor experiencia de lectura):

 

Acomodé los troncos secos, un poco de yesca, y mientras buscaba los fósforos en mis bolsillos volvió a aparecer ese grito que me había perseguido todo el día:

–¡Imbécil! ¿Vas a encender el fuego a un lado de un carro de madera repleto de cartuchos de dinamita? De verdad no encuentro explicación del porqué sigues vivo… ¡Me sorprendes, Doe!, –vociferó. Pero debo aceptar que en esta ocasión ella tenía la razón.

–¡Ups, lo siento!, –respondí sinceramente, y retiré el carro del lugar.

– Yo que tú no lo dejaría tan expuesto. El sol puede ser intenso por estos rumbos, ¿sabías?

–Ok, ok… lo voy a llevar bajo ese árbol y tú te quedas en el otro para dormir, pero por favor ya deja de gritar, –repliqué con un claro tono de molestia.

Así, enfadado, terminé de instalar el campamento y Alyssa cocinó algo que acompañara bien al tabaco… maridaje, le dicen los que saben. Cuando entregamos nuestros cigarros en Callahan, siempre es un pedido contado pieza a pieza y no puedo ni debo alterar los mazos. Pero en este caso nadie sabía lo que llevábamos y de todas formas uno ya estaba incompleto, debido a nuestro encuentro con los militares. Como el cliente podría tomarlo a mal, decidí guardarlo para mí.

Las notas tostadas del cigarro fueron lo justo para reposar el estofado que ella preparó esa tarde. La compañía de un café cargado no podía faltar. Después de nuestra aventura reciente me pareció un maravilloso preludio de la recta final del camino, sin saber lo que nos esperaría en Callahan, pues –como dije–, se trataba de una entrega fuera de agenda.

Divagaba entre una cosa y otra, pensando en la entrega y en los sabores del cigarro, digiriendo lo sucedido con la Guardia del Sur y demás… Entonces, Alyssa interrumpió la introspección.

–Oye, y ¿qué fue todo eso de la máscara?

–¿Eh..? Ah, sí, la máscara… Es una historia larga, –dije.

–Pues tiempo, tenemos, –insistió, obligándome a conversar.

–¿Por dónde empezar..? Verás, crecí con una mujer que no era mi madre como tal, pues me recogió luego de perder a mi familia, que hasta donde sé murieron de alguna enfermedad. Entonces, ella, mi otra madre, me llevó al circo ambulante en el que trabajaba y ahí aprendí algunas acrobacias como lo que viste de la cuerda, y también a disparar y otras cosas. Se dedicaba al arte de la mímica. Era muda, pero también analfabeta, y como nunca supo ponerme un nombre, la gente del circo –bromista, como poca– me llamaba John Doe.

Ahora voy con la máscara. Mi madre la usaba durante su rutina. Originalmente era neutra, totalmente blanca, pero un día, en alguno de los tantos viajes que hacíamos en caravana, fuimos atacados por bandidos. Asesinaron a mi nueva familia, incluida ella, de quien sólo pude conservar la máscara manchada con su sangre y el par de pistolas con las que realizaba mi acto.

Sabía que, eventualmente, la sangre en la máscara desaparecería, así que decidí pintarla conservando el mismo patrón, para nunca olvidar lo sucedido. Luego empecé a usarla en mis fechorías y se volvió parte de mí.

El tema de Jacky Yikes no puedo explicarlo, sólo sé que surgió y, pues, a veces no recuerdo lo que pasa cuando uso la máscara. Con ella soy otro y suelo perder el control, más de lo normal, –expliqué, frente al rostro asombrado de Alyssa.

–¡Wow. Qué duro! Ahora entiendo muchas cosas. ¿Sabes?, mi historia familiar tampoco es la mejor. Crecí en las casas obreras a un costado de Lafayette. De mi padre no supe mucho, sólo que le gustaba maltratar a niñas pequeñas, aunque fueran su hija. Mi madre sufrió mucho, hasta que él desapareció, o bueno, lo desaparecieron… pero no estoy lista para hablar de eso, –concluyó.

–¿Pero cómo que no estás lista? Me hiciste hablar de cosas… creo que es justo que ahora te toque a ti, ¿no crees?

–Yo no te hice hablar de cosas, sólo pregunté y respondiste, –añadió, buscando zafarse.

–Pero tu mirada, mujer, tu mirada no me dejaba en paz hasta contar cada detalle.

–Bueno, eso fue lo que tú sentiste y no es mi problema, –respondió, volteando la mirada mientras daba sorbos a su café.

–Muy bien, ganaste esta vez. Al parecer soy un bocón y eso es mi culpa. Pero no lo olvidaré y algún día me tendrás que contar… y vaya que estaré buscando la ocasión. Eso es una promesa.

–¡Bueno, está bien! Un adelanto: Mi padre no se fue así nadamás. Al desgraciado alguien lo mandó al otro lado durante un paseo por los pantanos. Yo sé quién es y por qué lo hizo, pero por el momento no te contaré más. Mejor termina tu cigarro y vamos a dormir, –replicó, mientras se recostaba y envolvía entre las cobijas.

Ya no insistí, por ahora. Seguí disfrutando del tabaco y el café.

–Descansa, pues. Me quedaré de guardia, este cigarro es inmenso, –dije, entre risas, como última broma del día.

–Descansa también, –dijo.

Seguí fumando por cerca de una hora más, y al terminar fui a ver a mi caballo. Me aseguré de que tuviera alimento y agua suficiente, revisé el cargamento y regresé para recostarme junto al fuego.

Había sido un largo día, lleno de cosas por procesar, como el encuentro con la Guardia del Sur, pero más por aquella historia pendiente. Me intrigaba saber sobre ella. La conocí de manera fortuita, en un mal momento, congeniamos y hasta intimamos después de unos meses. Pero no deja de maltratarme cuando puede, aunque más que lastimarme, resulta divertido. Es como pelear con un cachorrito, aunque sé que debajo de todo eso hay algo más.

Tal vez yo llevo la máscara de Yacky Yikes para momentos especiales, pero creo que ella vive enmascarada y tarde o temprano lo averiguaré. ¿Debo hacerlo? Probablemente no, pero en mí, la curiosidad siempre ha superado a la prudencia.

CONTINUARÁ…