Forajidos, Capítulo 6: Secuelas Parte V: Dinamita II

Raúl Melo

Con uno de mis revólveres empuñado fuertemente, mientras me colocaba la máscara con la otra mano, mi socio y yo continuamos la conversación.

–¡Señores, un gusto conocerlos! Me presento: Soy Jacky Yikes, y digo que estas personas son inocentes, especialmente ella. Si alguien ha estado causando problemas aquí, debo ser yo, –explicamos, o expliqué.

–No eres más que un orate ¿Podrías dejar de apuntar hacia los explosivos? Conversemos, – sugirió el Oficial aparentando calma, pues las gotas de sudor que corrían por su frente le delataban.

–No lo creo, pero podría apuntarle a usted y a la dinamita al mismo tiempo, –aseguré, desenfundando un segundo revólver y colocando el cañón justo frente a su pecho–. Pero la conversación la aceptaré con gusto, pues hay un par de temas que podemos tratar ahora que nos conocemos.

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–¡Deja de hacerte el gracioso, dime quién eres y qué haces aquí!, –replicó.

–¡Ya se lo dije! Mi nombre es Jacky Yikes y estoy causando problemas. Podría apostar que su presencia se debe a los constantes robos de tabaco en las bodegas de Carrigan, o tal vez al reciente robo de una cantidad considerable de cigarros al mismísimo Kalvin Lafayette. ¿Cierto?, –pregunté con cinismo.

–¡Vaya, entonces debe ser mi día de suerte! Tantos meses de búsqueda y apareces justo frente a mí en una revisión de rutina, –respondió con la confianza de un charlatán, pues su rostro reflejaba el temor de quien recorre el último tramo de su vida.

–No concuerdo con su definición de fortuna, –dije, al colocar una de mis armas sobre las cajas de dinamita–. Con su permiso, Oficial, parece que tendremos una charla larga y me quedan cosas por hacer antes de definir cómo terminará este encuentro fortuito, a decir de usted–. Alyssa, ¿puedes traer la cuerda que guardé bajo el asiento, por favor?, –le pedí, mientras los oficiales al frente del carro le apuntaron con sus armas.

–Tranquilos, señores… no hagamos que los ánimos exploten. Si nos tienen tanta desconfianza, tal vez alguno de ustedes pueda traer la cuerda, –sugerí, esperando que lo hicieran.

Un soldado joven respondió a la solicitud, eliminando blancos al frente, pero concentrando a un sujeto más bajo mi vista.

–Tal vez les parezca extraño, pero esta es mi posición: De aquí no me voy sin mi caballo y mi carro, pero tampoco sin su carga. Así que ataré un extremo de la cuerda al vehículo y el otro a mi cintura. Imagino que ustedes querrán presentarme junto con estas pruebas, así que no veo problema en concederme un último deseo, –expliqué a los militares.

–¡Silencio, bufón! A mí me da igual llevarte atado, vivo o muerto. ¡Así que basta de tonterías!, –afirmó enérgico.

–No, no, no… mantengamos los ánimos bajo control, –repliqué, al tomar uno de los cigarros disfrazados de dinamita. Coloqué la pieza entre mis dientes, saqué un cerillo del bolsillo y encendí la mecha.

–¿Pero qué estás haciendo, imbécil?, –gritó el Oficial retrocediendo un par de pasos, como si intentara emprender la huida.

–¿A dónde va usted? ¿Tan pronto perdió el interés en la captura de su vida? Es sólo un cigarro y apuesto a que si lo mira detenidamente podría identificarlo, –dije–. Tras morder la perilla del Carrigan robado tomé otro cerillo y encendí el tabaco, una vez consumida la falsa mecha.

–¿Lo ve, soldado valiente? Huye de una burda broma… ¡Ja, ja, ja! Pero ahora sí, hablemos.

–Búrlese lo que quiera. Reconozco el cigarro y confirmo que es mi día de suerte. Usted será un imbécil, pero también responsable del robo a Carrigan y quién sabe de cuántos delitos más. Por ello, en nombre de Kalvin Lafayette, la ciudad de Lafayette, Carrigan Tobacco y la autoridad que me confiere La Guardia del Sur, queda arrestado para ser llevado a juicio, –advirtió el Oficial, lleno de confianza.

–Entiendo y le pido disculpas por la descortesía. Permítame darle un cigarro. No sé si lo sepa, pero este tabaco es digno de cualquier celebración, –agregué, al tomar de la carreta un cartucho verdadero. Encendí la mecha con la misma confianza que mostré momentos antes al prender la falsa, dejé avanzar la chispa y con toda tranquilidad se lo entregué al Oficial, junto con un fósforo–. Cuando la mecha toque el tabaco, muerda el extremo y utilice el cerillo para terminar el encendido, –le instruí–. ¡Verá qué placer..!

La dinamita estaba en sus manos, enguantadas, lo que le impidió percibir la textura.

–¡Que lo disfrute!, –dije, con un gesto amable al que siguió un fuerte silbido: señal inequívoca para que Lucky Bastard emprendiera la huida a todo galope.

La bestia pasó con todo el peso de su cuerpo y el del carro, por supuesto, encima del par de guardias que permanecían al frente. Yo me dejé llevar arrastrado en la parte posterior, esperando por el espectáculo desde la primera fila.

La explosión terminó con el militar, que en su afán por disfrutar de una fumada placentera para celebrar su victoria, llevó la dinamita a centímetros del rostro, rodeado de otros uniformados, incluido el que hice venir hacia su intenso final. Alyssa y su rifle se hicieron cargo de los sobrevivientes.

A una distancia prudente me afiancé de los tablones traseros del carro, regresé a bordo y me arrastré sobre las cajas hasta llegar al asiento del conductor.

–¡Imbécil… Pensé que me rompería el cuello cuando silbaste! ¡Nunca me dices nada, nunca!, –reclamó Alyssa, furiosa.

–¡Todo ha vuelto a la normalidad! Creo que debería cambiar mi nombre por “Imbécil”, ja, ja, ja, pero tienes razón, te debo una disculpa. Lo siento, debí improvisar.

–¡Pues sí, el Imbécil Doe te describiría mucho mejor! Pero bueno, ¿y ahora?

–No lo sé, supongo que iremos a Callahan Ridge a surtir el pedido. Allá atrás no quedó alguien que pueda delatarnos. Sólo encontrarán una unidad militar abatida por desconocidos; nada nuevo en estos caminos, –respondí confiado.

Silbé nuevamente para hacerle saber a Lucky Bastard que el peligro había pasado. Seguimos adelante y luego nos detuvimos a descansar, lejos de los caminos vigilados por La Guardia del Sur.

CONTINUARÁ…