
El descubrimiento de América y la Conquista significaron empresas inmensas, con efectos inesperados para los que España no estaba preparada. Aunque las primeras décadas de la Colonia fueron de considerable anarquía, los españoles organizaron paulatinamente el cultivo del tabaco: primero en Santo Domingo (actual República Dominicana) en 1535, pasando luego a Trinidad, Cuba, México y las Filipinas. Durante este primer periodo el tabaco americano se envió esporádicamente a España, pero su exportación se consolidó a principios del Siglo XVII, alcanzando volúmenes que permitieron crear la primera fábrica de tabacos en Sevilla.
Gracias a su calidad, el tabaco dominicano y cubano pagaban menos impuestos para ingresar a España y se estimuló su exportación, mientras que el novohispano se destinó al consumo interno.
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El relativo desinterés de España por el tabaco del México antiguo se explica también por el énfasis en la extracción de metales preciosos, que hacía «innecesaria» la industria local como fuente de ingresos para la Corona.
El cultivo se extendió libremente por la Nueva España en el siglo XVII y primera mitad del XVIII, cuando se establecieron haciendas tabacaleras. La administración virreinal impuso cierto control sobre el cultivo y en 1631 construyó cinco almacenes-bodega en puntos centrales del territorio para reunir la producción dispersa, que oficiales expertos inspeccionaban y reempacaban.
Pero esta situación cambió radicalmente durante el Siglo XVIII, con el establecimiento del Estanco del Tabaco.
Felipe V subió al trono de España en 1700 y emprendió reformas para reestructurar el reino y centralizar el poder político y administrativo. Su sucesor, Fernando VI, avanzó por este camino logrando la paz interna y un mejor manejo de la hacienda real. Pero fue Carlos III quien intervino en las colonias para obtener sus riquezas, tanto económicas como humanas, que hasta entonces no se aprovechaban plenamente.
Aplicó medidas administrativas para recuperar el dominio político, imponiendo a individuos y grupos. En lo económico, creó monopolios y originó el sistema de intendencias: desplazó a las antiguas alcaldías y corregimientos, cuyos funcionarios cobraban de las ganancias que dejaba el comercio de artículos y los puso a sueldo de la Real Hacienda, subordinándolos a su voluntad.
La Corona controló directamente la manufactura y comercio de algunos productos con un mercado seguro, a través de monopolios que significaban una rentabilidad atractiva. El sistema de “renta estancada” se había probado en Cuba, con éxito. Esto facilitó el cobro de impuestos, evitó la competencia ilegal y mantuvo un alto consumo. Se eligió para ello el tabaco, el aguardiente, la sal, la pólvora y los naipes.
El hábito de consumir tabaco se había difundido y consolidado en la Nueva España de manera extraordinaria. Para fines del Siglo XVIII, “los productores de cigarros superaban en número a los de cualquier otro oficio productivo” (Ros, 1984).
La Real Renta del Tabaco se ordenó el 13 de agosto de 1764 y abarcó la organización, reglamentación y supervisión de las siembras; la elaboración de puros y cigarros en las fábricas, y la distribución y venta de los productos. En las ciudades con fábricas y en las zonas productoras se establecieron factorías o administraciones generales, de las que dependían los fielatos, ubicados en ciudades y pueblos grandes, y los estancos o estanquillos, en los pueblos pequeños y rancherías.
Aunque la producción de tabaco se destinaba al consumo interno, a partir de su estanco comenzó a generar ganancias importantes y hacia finales del siglo XVIII fue la mayor fuente de ingresos para la Corona. Entre 1782 y 1809 los impuestos generados nunca fueron menores a tres millones de pesos anuales, y en 1789 se llegó a la cifra récord de más de 4.5 millones de pesos (Mcwatters, 1979).
Inicialmente, el monopolio controló el cultivo y venta del tabaco en rama, dejando la manufactura y venta de productos en manos privadas. La Colonia empezó a producir gradualmente sus propios puros y cigarrillos, y para ello fue clave la fábrica de la ciudad de México, creada en 1769 y considerada como la empresa más desarrollada de la época y la que más empleos generaba. En 1775 se abolió las tiendas privadas que aún permanecían en la ciudad de México y la venta de puros y cigarrillos se limitó a los estanquillos del gobierno.
Para un control mayor, desde 1764 la siembra se restringió a las regiones de Córdoba, Orizaba, Huatusco y Zongolica, prohibiéndose en otros lugares tradicionales de cultivo. Se organizó a los productores bajo contratos que especificaban las cantidades de tabaco en rama que debían entregar a la corona a precios negociados. El comercio se prohibió, fuera del monopolio.
Las veintiún clases de tabaco en rama se redujeron a tres: supremo (primera), mediano (segunda) e ínfimo (tercera); simplificación que facilitó negociar y fijar los precios. Una cuarta clase, llamada punta, se refería al desperdicio y pequeños pedazos recogidos durante el proceso.
A través de sus factorías o administraciones generales, la Renta del Tabaco contrataba a los cosecheros, quienes se comprometían a sembrar el número de matas acordado, agregando 10 por ciento de margen para cubrir posibles pérdidas. Se entregaba por adelantado una parte del pago final, garantizando los recursos para la siembra, limpia y cosecha del tabaco, y se vigilaba, durante todo el ciclo, que siguieran correctamente los pasos que requería el proceso.
Las factorías recibían el tabaco en rama y lo mandaban a la ciudad de México a través de asentistas, dueños de recuas o contratantes de recuas, quienes por un precio establecido se comprometían a entregar la mercancía en alguna de las 175 bodegas de almacenamiento y distribución que existían en la capital del país.
Los encargados de las bodegas, funcionarios públicos representantes de la Corona, entregaban materia prima a las fábricas de puros y cigarros, y luego distribuían los productos en los mercados locales y regionales de la Nueva España.
A cinco años de su creación, el Estanco del Tabaco se amplió al control de la manufactura y venta, y abatió la libre industrialización organizando sus fábricas en las ciudades de México, Puebla, Querétaro, Guadalajara, Oaxaca y Orizaba.
La gente compraba en los denominados estancos o estanquillos, a cargo de un empleado de la Real Renta, quien recibía un porcentaje de las ventas. De ahí salía el producto líquido final de todo el proceso monopólico, que se enviaba íntegramente a España y fue uno de los pilares fundamentales de la Real Hacienda hasta el fin de la Colonia.
CONTINUARÁ…
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* Edición del texto original, publicado en El Atlas del Tabaco en México. INEGI, 1989.






