
París, una ciudad con mil definiciones y una impronta que se queda grabada al posar la mirada en cualquier rincón, en cada puente… Sin duda, la capital del amor, que al ser el tercer destino más visitado del mundo, es también un cuadro viviente de historias, entre ellas la propia.
En esta ocasión mi estancia duró literalmente un suspiro, 24 horas: algo así como el verso de un poema de Mario Benedetti, directo al corazón. En esta misión de desgranar la ciudad acompañaron dos grandes amigos mexicanos que estaban de visita en el viejo continente.
Lee en la revista (gira tu dispositivo para mejor experiencia de lectura):
Sofía Ruiz
Máster Habanosommelier
Madrid, entre humos
Los cimientos de la capital francesa se remontan aproximadamente al año 259 a. C., con su fundación en la margen derecha del río Sena por la tribu celta Parisii, un primer poblado de pescadores que cayó en poder de los romanos, quienes en 52 a. C. fundaron la ciudad, que llamaron Lutecia.
Su nombre cambió a París en el siglo IV, época en la que resistió la invasión de Atila gracias a la providencial intervención de Santa Genoveva, según cuenta la leyenda. En el año 508, Clodoveo, rey de los francos, la estableció como su capital, y en 987 se instauró la dinastía Capeta, que perduró hasta 1328.
Sin duda, la Ciudad de la Luz ha sido una de las más relevantes, ya que durante los quince años del imperio napoleónico vivió una época de gran expansión: se amplió la Plaza del Carrusel y se construyeron dos Arcos del Triunfo, una columna, así como diversos mercados y mataderos.
A finales del siglo XIX fue conquistada por las tropas prusianas, y pocos años después se proclamó la Tercera República. Con el nuevo gobierno inició una etapa de crecimiento económico que impulsó la construcción –en 1889– de la Torre Eiffel; símbolo internacional y uno de los monumentos más visitados del mundo.
Así que apenas bajamos del avión y dejamos las maletas en el hotel, salimos corriendo hacia la avenida Anatole France, en la explanada del Campo de Marte, donde se encuentra esta emblemática estructura.
Con más de 18 mil 38 piezas metálicas, 2.5 millones de remaches y 7 mil 300 toneladas de hierro, es la más famosa historia de amor parisina. A primera vista resulta imponente e inspira: recuerda que el ser humano, cuando se lo propone, puede construir un legado para la historia de la humanidad.

Este sueño se edificó en dos años y dos meses, con motivo de la Exposición Universal de 1889, cuando se estudió la posibilidad de levantar una torre de hierro con una base cuadrada sobre el Campo de Marte. De entre las propuestas recibidas, el proyecto ganador fue el de los ingenieros Gustave Eiffel, Maurice Koechlin y Émile Nouguier, junto con el arquitecto Stephen Sauvestre.
La torre consistía en una estructura de 300 metros de alto, basada en soportes de puentes. El 18 de septiembre de 1884 (confieso que me sorprendí, porque ese día es mi cumpleaños), Eiffel patentó «un nuevo diseño que permitía construir soportes y postes metálicos capaces de alcanzar una altura superior a 300 metros». La construcción comenzó el 1 de julio de 1887 y finalizó 21 meses después.
Emocionados y ansiosos subimos casi a los 300 metros de altura en un elevador que parecía la Torre de Babel, por la cantidad de idiomas que se escuchaban en su interior. Al salir se pueden recorrer sus cuatro pilares y ver todas las caras de París, como vemos a las personas: de nuestras diferentes facetas, la gran mayoría mostramos la mejor…
Es una experiencia mágica, ya que puedes descubrir la versatilidad de la ciudad: las fachadas de estilo Haussmann –arquitectura de piedra blanca y tejados de pizarra– a orillas del río Sena; el famoso Arco del Triunfo, al centro, y Montparnasse de fondo. Es deseable regalarse un buen tiempo para apreciar estas vistas, tan distintas a nuestra cotidianidad.
Descendimos, y con ello llegó la hora del almuerzo. Porque ¡oh là là, Ratatouille!, la gastronomía francesa se impone, como otro de los grandes regalos que este país ha dado al mundo. Viniendo de una base gastronómica, puedo afirmar sin duda que Francia ha sentado las bases de la cocina moderna, así como Cuba lo hizo con el tabaco y su elaboración.

De la mano de Maps llegamos al bistró que nos recomendaron y allí comenzó todo. A la mesa llegaron sopa de cebolla, una ración de caracoles, boeuf bourguignon y una botella de vino rosado… Un festín para enmarcar un sueño y un momento de la mano de la amistad y del amor que sólo París puede regalarte.
Pero faltaba el postre, y en lugar de pedir crème brûlée, el cierre se dio con tabaco y humo, como debe ser, dejando nuestro sello. En este caso, para que mis amigos lo disfrutaran por primera vez, no fue un habano, sino un mini cigarro cubano: el Trinidad Short.
No es una categoría muy conocida, pero se elabora 100 por ciento con tabaco negro, cultivado principalmente en la zona de Vuelta Abajo. Eso sí, que a diferencia de un habano su tripa es picadura. Tiene capote y capa de hoja, pero su manufactura es totalmente mecanizada.
Este Trinidad, de 82 milímetros de largo y fortaleza suave a media –menor a los habanos de la marca– debe esta característica justamente a su tamaño y grosor. Esto fue lo que comentamos durante la breve sobremesa con mis amigos, pues ya hubo tiempo para un café… París se recorre con prisa, sin detenerse.
La siguiente parada fue una que Disney ha puesto en nuestra mente: Notre Dame. Sentía mucha curiosidad por regresar a esta iglesia y ver el resultado final de su reconstrucción, tras el incendio de 2019.

En el sitio, la cantidad de turistas era una locura, aunque las filas para entrar se movían más rápido que las de los puntos de seguridad del aeropuerto Charles de Gaulle. Cualquier espera vale la pena, por la riqueza –alma y espíritu– de su interior: grandes arcos, un atrio central y, por supuesto, la corona de espinas de Jesucristo. Entre los elementos arquitectónicos de estilo gótico llaman la atención las gárgolas que observan desde lo alto, y que uno imagina al cuidado de El Jorobado de Notre Dame, protagonista de la novela de Víctor Hugo.
Mi parte favorita fue, sin duda, ver París de noche: recorrer el río Sena a bordo del típico barco que muestra una Ciudad de la Luz cuyas construcciones, como el Museo de Orsay o el Grand Palais, se transforman en la oscuridad. Alguna vez en la vida hay que ver estas luces, esta torre, y escribir tu propia historia de amor… porque como lo dice Mario Benedetti en su poema Táctica y Estrategia:
Mi táctica es
mirarte
aprender como sos
quererte como sos.
Mi táctica es
hablarte
y escucharte
construir con palabras
un puente indestructible.
Aunque tal vez no fue un puente, sino una torre que aprendí a mirar y querer, como ella misma es.
Suscribe to our Newsletter






