Forajidos, Capítulo 8: Inferno, Parte IV: Tercer círculo – Gula

Al cabo de una hora, los soldados del capitán entraron por la puerta. Traían consigo un jabalí fresco, lo más fresco que se podía encontrar dentro de esas cuatro paredes. Lo colocaron en el suelo y se distribuyeron por el lugar.

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Raúl Melo

–¡Dolores! –volvió a gritar el líder de La Guardia del Sur–. ¿Ya está lista? Pronto querré comer –dijo en un tono tanto intimidatorio como impaciente.

–En un momento, señor –respondió la mujer desde la habitación contigua.

–Ay niña, qué más quisiera yo que salvarte de todo esto, pero no puedo. Lo siento –dijo mientras Alyssa sólo la miraba con los ojos inundados de lágrimas.

Minutos después, la señora llevó a la chica al comedor y la dejó sentada en una silla frente a la mesa, donde el cadáver de aquel jabalí yacía esperando por alguien que lo alistara para comer. Tan pronto se alejó la mujer, el capitán le entregó un cuchillo a la chica.

–Lo primero que debes hacer es desollar, pero hazlo rápido, la piel me importa un bledo, yo quiero la carne, blanda, suave y sangrienta carne, como ya debes saber –dijo ansioso, reflejando en su mirada el placer por recordar lo que apenas una hora atrás había sucedido.

Clinton no quitaba la mirada de las manos de la chica, quería incomodarla, pero también no perder de vista el arma. En manos de Alyssa, cualquier cosa era peligrosa para él.

Ella terminó de retirar la piel y de separar algunas partes. Clinton mandó el resto a ahumar. 

–¡Dolores! Llévate esto y ponlo al procesar. Esta manada de imbéciles no podría cazar algo mejor en días y yo tengo que comer –expuso sin importar que los jóvenes soldados lo pudieran escuchar.

En este momento, el capitán se había transformado en una bestia irreconocible, como si el aroma y la presencia de una hermosa joven alterara sus sentidos, trayendo de vuelta a su humanidad ese instinto animal que en los perros despierta una hembra en celo, el mismo instinto que motiva a los búfalos a pelear a muerte golpeando sus duros cráneos contra el enemigo o a los ciervos clavar sus cornamentas en cualquier otro macho que perciban como competencia.

Para la hora de la cena, el animal estaba listo. Había estofado suficiente y carne asada sobre la mesa. Alyssa había pasado horas preparando este festín, teniendo siempre en mente aquellos años de infancia con su padre, quien en innumerables ocasiones también la había obligado a cocinar, teniendo como ambiente de fondo el sonido de sus puños golpeando, a veces cosas y a veces a su madre, recordando, incluso, el ruido de tantas noches de abuso ocurrido apenas a un par de metros del comedor, en aquella habitación donde tuvo su trágico final.

Clinton no lo sabía, pero tanto su actitud como sus acciones alimentaban una olla de presión dentro de Alyssa, una bomba de tiempo que ya había explotado una vez y que parecía estar muy cerca de volver a estallar.

El capitán y sus hombres comían sin parar, ensuciaban sus manos, de por sí manchadas, se relamían labios y bigotes, depositaban restos de comida en su vello facial. Arrancaban grandes trozos de carne con sus amarillentos dientes, daban sorbos al estofado y escupían al suelo cualquier resto que no les apeteciera.

Aquella escena era digna de cualquier Bacanal, ritos antiguos sobre los que tuve conocimiento dentro del par de libros que alcancé a leer durante mi vida circense, pero que habían dejado huella en mi mente por el impacto de las descripciones del exceso ilustrado, mientras muchas veces mi primera familia y yo apenas contábamos con lo justo para comer.

Así, Alyssa se encontraba entre la vorágine de hombres convertidos en animales, sumergidos en la vastedad de los recursos, viendo lo que alguna vez prometí para ella, pero en un contexto abismalmente distinto a cualquier cosa que hubiésemos podido imaginar.

Alyssa no había cocinado un festín para compartir con la banda, para alimentar al señor Rubens, a J.C. y a mí. En cuestión de días, había pasado de la felicidad recorriendo el camino, a una regresión a sus primeros y horribles años; había dejado la montaña, el valle y las carretas, para volver al pantano, a sus rústicas construcciones de madera que se pudren entre el exceso de humedad, al sofocante calor, a las moscas y mosquitos que no dejan pasar un segundo en paz.

En su realidad, distante de nuestra fantasía, Alyssa sólo los miraba desde aquel rincón que se había vuelto su hogar, atada de pies y manos, encadenada a un poste, no hacía nada más que observar. El hambre se apoderó de su cuerpo, el dolor de estómago era perceptible, pero se ocultaba entre todos los demás malestares que no había dejado de experimentar desde que Clinton la llevó a ese asqueroso lugar.

Finalmente, el capitán se levantó de su silla, eructó sonoramente y en un trapo envolvió vísceras y huesos. Las arrojó en la otra habitación y llevó a la chica con él.

–Come, niña, te necesito fuerte. Eres mi mascota y te tengo que cuidar –palabras con las que Clinton había terminado de encender la mecha de ira que Alyssa guardaba en su pecho, en un rincón muy oculto dentro de su corazón.

Igual que hizo con las sobras, Clinton arrojó a la chica dentro del cuarto, un pequeño espacio obscuro donde apenas había algo cercano a lo que se puede llamar cama, cubierta de sábanas que acumulaban suciedad de pasadas fechorías, además del aroma y recuerdos de lo que el hombre acababa de hacer sobre ella.

Desde el suelo, recargada en la base de ese mueble, Alyssa disparó una mirada desafiante, como nunca antes durante los últimos años. Observó fijamente al capitán y le dijo con firmeza:

–Tú sabes que me vengaré, ¿cierto? ¿Entre tus planes has considerado pagar por todo esto? –preguntó.

El capitán no hizo más que esbozar una sonrisa, burlándose de sus palabras, intentando demostrar que nada de eso iba realmente a suceder, porque él tenía el control y ese poder era lo que más le producía placer.

–Niña, yo solía quemar pueblos enteros, colgar mujeres y niños de todos colores, todo en nombre de la Confederación, pero esa guerra ha terminado y ahora actúo por mi cuenta. Sí, en un principio fue por Lafayette, pero ahora lo hago por mi propio placer y ¿sabes qué? En todos estos años nadie me ha hecho pagar por nada, más bien he cobrado, y mucho, así que tus palabras no me afectan, no me representan nada… Bueno, sí, creo que me motivan, ¿sabes? Me motivan a hacerte sufrir más con cada día que pases aquí, hasta que me canse de ti… y suelo ser muy, pero muy paciente. ¿Entiendes? –preguntó sin esperar por alguna respuesta.

Pateó el bulto de sobras hacia ella, cerró la puerta y se retiró.

CONTINUARÁ…

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