
Su vida ha sido de película, o como un gran viaje de encuentros, desencuentros y casualidades improbables. Como todos, perdió un amor del que no supo más, y como nadie, hizo cine y televisión, celebró premios y un cumpleaños en casa de Pablo Neruda, una fiesta con 150 botellas de vino…
Se llama Gustavo Ernesto Moris, el hombre que a los ocho años fumó su primer cigarro con un tío-abuelo italiano, recuperó para Colombia 300 años de tradición tabacalera que parecía olvidada y hoy es dueño de la tienda boutique La Cava del Puro.
Rubén Rojas
La belleza del tabaco puro
Su biografía podría decir que destacó en cine y televisión como realizador, director de fotografía, productor, camarógrafo y hasta actor, pero su vida está lejos de ser plana, como las letras.
Todo empezó en 1942, cuando nació en San Miguel de Tucumán, Argentina, una ciudad que tenía entonces apenas 200 mil habitantes. Vivió en un apartamento céntrico y mientras cursaba la primaria tuvo su primer contacto con el tabaco, gracias a un tío-abuelo italiano que vivía a 12 kilómetros del lugar.
Tal vez por la distancia, porque era un hombre mayor o porque debía hacerse cargo de un almacén donde se vendía desde alfalfa para las vacas hasta trajes, camisas y corbatas, el tío le encargaba a Gustavo que le comprara en el comercio de un tal señor Güido –que estaba frente al departamento–, habanos Montecristo y Romeo y Julieta, las marcas más comunes de la época.
A veces, el tío-abuelo se desplazaba a la ciudad y él mismo compraba los habanos, pero otras veces le hablaba por teléfono: “Yo se los compraba y se los ponía en el bus que pasaba por el frente de la casa, se los mandaba con el chofer, y después él me regalaba las cajas de tabaco vacías”. Ahí guardaba dulces, juguetes, lápices de colores, gomas de borrar, lo que utiliza un niño de ocho años.
Su padre y su madre fumaban cigarrillos American Club, pero no tabaco: “Este hombre me enseñó a fumar el tabaco, una que otra vez me dejaba probar. A mí no me parecía en ese momento algo demasiado agradable, más bien era la inocencia de tener algo nuevo”. Y así, inició su vida vinculada a “esta belleza que es el tabaco puro”.

Días de cine y televisión
Tal vez eso hubiera sido todo y hoy no tendríamos La Cava del Puro; por fortuna no fue así, aunque por muchos años Moris no volvió a sostener un tabaco entre sus manos.
Con sus ojos claros mira un punto en el espacio vacío, como si ahí se encontraran los recuerdos. Se hace un breve silencio, el humo del puro Sello Azul que fuma dibuja nubes deformes, delgadas, que se pierden entre su barba larga y el cabello cano y revuelto, como el pasado.
Entonces recuerda que tras cursar la secundaria en Tucumán se fue a Santa Fe, donde inició la carrera de cinematografía, para luego especializarse en cine documental. En 1965, con 23 años, se graduó como Director de Fotografía Cinematográfica en la Universidad Nacional del Litoral.
Pocos años después llegaron los premios, los reconocimientos a su carrera. Eso no hubiera ocurrido si su padre, un perito calígrafo autodidacta, no hubiese tenido un laboratorio fotográfico en casa, lo que hizo que desde los nueve años aprendiera fotografía: el manejo de la cámara, la iluminación, el encuadre y los procesos de revelado, ampliación y copiado; todo el proceso antiguo.
Tras graduarse del Instituto de Cinematografía Santa Fe hizo estudios de posgrado en densitometría fotográfica e iluminación y realización de televisión. Entre 1962 y 1965 trabajó como realizador, director de fotografía, productor y camarógrafo en varios proyectos: Semana del mar, Don Antonio, La cancha, Hombres del tabaco, Viva La Francesa, Casamiento (Jásene), Reportaje a un vagón, Una familia, Las cosas ciertas y Hoy, cine, hoy.
De 1967 a 1973, ya en Chile, fundó Rn Producciones, productora de comerciales con la que realizó más de 100 piezas en 16 y 35 milímetros. Entonces regresó a Argentina, donde codirigió la fotografía y el hacer cámara en el largometraje El familiar, y co-realizó y se encargó de la fotografía del filme para televisión Testimonio de un nuevo 25.
La vida, caprichosa, lo llevó a Estados Unidos, y en 1979 Gustavo se mudó a Colombia, donde se enamoró del clima, los paisajes verdes y las mujeres, aunque no necesariamente en ese orden.
Comenzó a influenciar el cine y televisión nacional. Realizó filmes, dirigió e hizo la fotografía en más de cien comerciales para televisión; trabajó en Producciones Promec, Innovisión Video, RCN Televisión, Producciones JES, Crear Televisión y Televideo.
Se encargó de la fotografía del documental Aldea Doradal, que ganó el premio de la Secretaría de Cultura en 1981, y entre 1982 y 1984 fue coproductor, codirector de fotografía y director de la postproducción del largometraje Ajuste de cuentas, la historia de Don Waldo, jefe de una organización dedicada al tráfico de drogas.
Incursionó como actor en diversas producciones de televisión y cine. Fundó Factor Cine, productora de largometrajes y comerciales; El Gordo y El Flaco, Cine y Televisión, productora de comerciales y documentales; Correcaminos Televisión, programadora de radio y televisión en buses intermunicipales; Ecofilm Ltda, empresa de microfilmación, y Gustavo Moris Cinematografía E.U.
Ganó Catalinas de Oro, Súper Catalinas, “qué se yo”, dice, como para quien el halago público es el menor de los honores, porque el verdadero está en vivir la vida o fumar un Sello Azul, selección de La Cava del Puro.

Casualidad y causalidad
Todo ese tiempo en que fue y vino de Argentina, pasó por Chile, Estados Unidos e hizo de Colombia su residencia, no estuvo exento de persecuciones sin sentido, censuras, desencuentros y encuentros casuales que hicieron que escapara de la muerte, hasta que los festivales de cine lo llevaron de vuelta a fumar tabaco.
Una de las primeras veces que lo hizo fue en el Festival de Cine de Viña del Mar, con Saúl Yelín y Alfredo Guevara, con quienes tras el estreno de la película El ABC de América Latina, se fue a tomar unos tragos y a fumar. Casi se desmaya. Entre el no saber fumar, el habano y el ron, sintió que había agarrado la borrachera más grande del mundo, dice, y ríe.
Luego sobrevino otra casualidad. En 1992, 1993, estaba en Colombia. Le habían encargado la fotografía de una película sobre los últimos días de María Félix. Un jueves, el director lo citó en un restaurante para anunciarle que se cancelaba el proyecto.
Entonces, de la nada apareció el dueño. El sábado inauguraba un lounge para fumar, pero los tabacos que había encargado de Cuba se los robaron en Caracas. No sabía qué hacer. Gustavo llamó a un amigo cubano y enseguida se corrió “la pelota”. Antes de la inauguración, le llevó al dueño del restaurante ¡40 cajas de tabaco!
Esa llamada lo llevó a pensar: ¿por qué no hago esto? Las relaciones entre Cuba y Colombia habían sido suspendidas por cerca de 12 años. Recién se habían reestablecido con el gobierno de Belisario Betancur, pero no había quien vendiera tabaco en el país cafetalero. Ser distribuidor de habanos podría ser negocio.
Fue a ver al embajador de Cuba en Colombia y su respuesta fue simple: vayan a la isla y traigan. Así que fue con un amigo cubano y trajeron… Y así, casi sin querer, se convirtió en distribuidor.
Como La Habana tampoco quería quedarse fuera del negocio, nombró después un representante, pero “resultó chimbo”. Era un mexicano que venía con otros socios de las Islas Caimán, pero de lejos “se notaba que eran unos mafiosos”, dice otra vez con una risa contagiosa.
Eso “no funcionó y nos ofrecieron la representación a este amigo cubano y a mí, y en 1995 fundamos la primera empresa, que se llamó Puro, Habano y Ron”, la semilla de lo que ahora es La Cava del Puro.
Poco después nació el primer Club de Amigos del Puro y empezó a distribuir el producto en bares y tiendas. Llegó a tener 36 puntos de venta, pero no todo salió como lo imaginó.
Por un lado, todavía no existía el tratamiento al vacío, por lo que a los tabacos les brotaban bichos por todos lados; y por otro, “era muy mala paga… Si tú dabas el tabaco en concesión, nadie lo quería comprar, no sabían qué era, y era insólito porque Colombia vivió 300 años del tabaco, pero nadie se acordaba de eso”.
Ser distribuidor no era tan buen negocio. Pero Gustavo ya estaba metido de lleno y no iba a claudicar. Así que abrió la primera tienda de La Cava del Puro, que en ese momento se llamó Puro, Habano y Ron.
No fue trabajo sencillo. Durante una o dos generaciones se había dejado de fumar en Colombia. Aun así, empezaron a llegar los nietos o los hijos mayores de los padres y abuelos que habían fumado tabaco: “¿Cómo se fuma…? No sabían, así que había que empezar a explicarles, a enseñarles”.
Con el Club de Amigos del Puro consiguió un local, se pusieron unos humidores, un muestrario de tabaco y una pequeña sala para fumar, “y empezó a llegar gente, gente de las embajadas, extranjeros, fundamentalmente americanos, por tabaco cubano”.

El puro colombiano
Conformarse ya no era una opción. ¿Por qué no hacemos un tabaco colombiano?, preguntó Gustavo, como si eso no fuera un sueño. Entonces, cada año se empezó a hacer una selección con un tabaco negro que se encontró en los Montes de María, que era resultado de la mezcla de la variedad Cubita y el tabaco nativo de la Sierra Nevada de Santa Marta.
Era un tabaco muy fuerte, amargoso. No se podía fumar. Había que trabajarlo, así se hizo y en el 98 salió a la venta su primer puro colombiano. En esa época no existía el puro nacional fino, sólo se tenía el chicote, producto consumido principalmente por ganaderos y trabajadores del café, que prácticamente lo usaban como insecticida para espantar a los moscos, dice entre risas.
Gustavo decidió aprovechar ese vacío del mercado. El primer problema fue mantener un estándar de sabor. “No teníamos plantaciones y comprábamos tabaco a pequeños productores”. Ponerle una marca no era ético, entonces decidió crear sellos de color, de acuerdo con las mezclas obtenidas.
“Conseguimos hacer cuatro mezclas con estos tabacos”. El Sello Azul, que es el más suave; el Sello Rojo, con sabor medio, y el Sello Negro, intenso.
La mezcla original del Sello Azul tenía capa ecuatoriana, 15 por ciento de Cubita colombiano y 40, 50 por ciento de Habana 2000, así como tabaco de otra semilla cubana que se reprodujo en Colombia y otro tanto de tabaco dominicano. El Sello Rojo nació con un sabor más fuerte y una capa San Andrés; y el Sello Negro Oro, con tripa Cubita colombiano, y el Sello Negro Plata, con una mezcla de las bases del Sello Azul.

El Sello Verde
Por un tiempo, Gustavo puso en el mercado otra selección, el Sello Verde, que como muchas cosas en la vida fue algo fortuito: “Un día me llaman del aeropuerto, de la Dirección de Impuestos. ¿Con qué van a salir hoy?”, pensó, “me dicen: mire, acá tenemos un tabaco, ¿no sé si le interesa?”.
Resulta que en una bodega del aeropuerto tenían una “montaña de tabaco”. La habían decomisado de un avión que nadie sabía de dónde venía ni a dónde iba. Nadie se acordaba, hasta un día que la vieron. Ahí había estado tal vez tres, cuatro años.
Gustavo pensó que se lo querían vender, pero no, era regalado, todo. Fácilmente había tres toneladas de tabaco. Contrató unos camiones para llevarlo a Cartagena y meterlo a producción: “Era un tabaco fuerte en serio”.
La hoja se depuró, se desechó lo que no servía e hicieron, con nuevas mezclas, algo más suave. Así surgió el Sello Verde, que gustó mucho y se vendió todo. Quienes conocían algo del negocio “me preguntaban: ¿de dónde es el tabaco? Del aeropuerto”, contestaba, como hoy, con risa.
Lo que no es anécdota es el crecimiento que ha tenido con los años La Cava del Puro, hasta convertirse en un referente en la venta de tabaco colombiano artesanal.
Como antes no estaba prohibido fumar en todos lados y Gustavo conocía el medio de la televisión y el cine, le resultó fácil promocionar el tabaco. El negocio se puso bueno.
Abrió una tienda en Bogotá, la segunda en Cartagena, la tercera en Medellín, otra más en Bogotá y otra en Villa de Leyva, en la Isla de San Andrés, mientras se mantenían puntos de distribución menores en hoteles de cinco estrellas.
Por un lado se vendía el tabaco cubano para quienes podían pagarlo, y por otro, el nacional, a costos razonables, lo que permitía diversificar la clientela. El colombiano gustó, se empezó a vender mucho en los barcos, entre los turistas de Cartagena, los cruceros, las tiendas… y la empresa creció, creció.

Sudamérica, el futuro
Ahora no queda más que seguir creciendo. Gustavo sabe que el futuro no perdona y tampoco espera. Por ello prepara una gran alianza con Karen Berger Cigars, para ser su representante y distribuidor exclusivo en Colombia.
En los planes también está entrar a Sudamérica, en especial a Brasil, Argentina y Chile. Espera poder hacer un buen trabajo y mantener precios razonables: “Tenemos que seguir pensando que somos pobres; el día que pensemos que somos ricos, nos jodimos todos”.
Si se quiere ampliar el mercado y los clientes, no se puede vender tabaco en 10, 12 dólares: “Es mucho en este momento, así que debemos bajar el costo y eso se consigue a través de una producción masiva”.
Eso no significa que La Cava del Puro deje de ser una tienda boutique. “Lo seguiremos siendo, pero tenemos que mantener un precio razonable para nuestros países de Sudamérica… es lo que queremos”, dice, y con sus ojos claros mira el futuro, mientras espera fumar el próximo tabaco, que siempre suele ser el mejor.
Suscribe to our Newsletter






