Colombia y el Tabaco

Casa de la Paz, Bogotá

DE TODO MI GUSTO

Un viaje por la Tierra de la Eterna Primavera

Michel Iván Texier Verdugo

“Hermano voy a la guerra, me llevan muy obligado, las cosas que deje abiertas, recójanlas con cuidado”.

Soledad Bravo, Uno de Abajo.

El año 2023 fue, sin lugar a dudas, especial. Tuve la fortuna de abrazar amigos que conocía sólo a través de las redes, en lugares tan diversos como Las Vegas, Budapest, Colonia, Santo Domingo y Bogotá. He querido contar –poco a poco– el detalle de estas experiencias y lo que me dejaron, en relación con el Mundo del Tabaco.

Sobre mi paso por Colombia, debo consignar la influencia interminable de Cigar Chicote y de la noche en que rompí –a los 53 años– mi primera piñata, obsequio inolvidable de mis amigos hondureños Patricia, Rolando, Rene y Walter, acompañado de un grupo de amigos que no nombraré uno a uno, pero son una verdadera familia que me espera en ese país.

En las vastas tierras colombianas, entre las imponentes montañas de la Cordillera de los Andes y las exuberantes selvas amazónicas, florece una historia fascinante: la del tabaco. Se remonta a tiempos precolombinos y atraviesa siglos, marcando su devenir cultural, económico y social. Es un viaje a través del tiempo y del cambio.

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Mucho antes de que las carabelas de Cristóbal Colón atracaran en costas americanas, las tribus indígenas de Colombia, como los Muiscas y los Tayronas, conocían y veneraban al tabaco, como vínculo sagrado con sus dioses y herramienta para la comunicación espiritual. Los chamanes utilizaban el humo en ceremonias y rituales, creyendo que les permitía obtener visiones que guiarían a sus comunidades.

La llegada de los colonizadores, en el siglo XVI, marcó un punto de inflexión. Los europeos, intrigados por las propiedades del tabaco, lo cultivaron en grandes extensiones de tierra, y aunque inicialmente fue visto como una curiosidad exótica, pronto se convirtió en un producto de gran valor económico. Establecieron plantaciones en regiones como Santander y Valle del Cauca, iniciando una industria que no sólo cambió el paisaje.

A lo largo de los siglos XVII y XVIII la producción se consolidó como un pilar importante de la economía colonial. Grandes haciendas se dedicaron exclusivamente a su cultivo, y las hojas cosechadas se exportaban a Europa, donde la demanda no dejaba de crecer. El tabaco colombiano ganó renombre en los mercados internacionales por su calidad y sabor distintivos.

Con el tiempo, la industria se modernizó con técnicas de cultivo más eficientes y métodos de procesamiento avanzados. Se instalaron fábricas que elaboraban cigarros y tabacos de alta calidad, creando marcas reconocidas en el nivel mundial. Colombia fue un jugador clave en el mercado global, compitiendo con potencias como Cuba y la República Dominicana.

El siglo XX vio la consolidación de sus marcas. Empresas como Coltabaco, establecida en 1958, desempeñaron un papel crucial en la promoción y distribución de los productos del país, generaron empleos y contribuyeron significativamente a la economía.

Hoy, con la apertura de nuevos mercados resurgió el interés por el tabaco colombiano en todo el mundo, y quienes abogan por la producción ética y sostenible encontraron un nicho en el mercado, al ofrecer calidad premium e historias de origen únicas.

La historia del tabaco en Colombia es una narrativa compleja que abarca siglos de cambios sociales, económicos y culturales. Pero su legado sigue vivo en cada hoja cultivada y en cada inhalación de humo que se eleva hacia el cielo.

En las regiones de Santander y Valle del Cauca, donde las condiciones climáticas y geográficas son óptimas para el cultivo, se mantiene una tradición centenaria. Los agricultores locales, conocedores de las sutilezas, han transmitido durante generaciones sus conocimientos sobre las distintas variedades, técnicas de cosecha y secretos de fermentación.

La diversidad geográfica de Colombia y sus múltiples microclimas permiten obtener tabacos con perfiles de sabor variados. En Santander, por ejemplo, de notas terrosas y picantes, mientras que en Valle del Cauca, de dulzura y suavidad. Estas características distintivas les convierten en productos apreciados por los conocedores, que buscan experiencias únicas y perfiles de sabor excepcionales.

El auge del tabaco no sólo ha sido impulsado por la exportación, sino por el consumo interno. El hábito de fumar ha persistido en la sociedad colombiana, cuyos cafés y tertulias –tan arraigados en la cultura–, han sido escenarios donde el tabaco se ha disfrutado como complemento de la conversación y la contemplación.

Pero la industria ha experimentado cambios significativos en las últimas décadas. El aumento en la regulación y las campañas antitabaco son resultado de las medidas dictadas por el Gobierno, como signatario del Convenio Marco de la Organización Mundial de la Salud (OMS) para el Control del Tabaco.

Como resultado, el sector se diversificó. Además de los tradicionales cigarros y tabacos para fumar, se exploran alternativas como los productos de tabaco sin humo y los cigarrillos electrónicos. La investigación y el desarrollo en torno de tecnologías y formas innovadoras consumo han generado un debate sobre cómo equilibrar tradición y responsabilidad.

A pesar de desafíos y cambios, el tabaco es una fuerza económica significativa. La cadena de valor, desde los agricultores hasta los fabricantes y distribuidores, contribuye al sustento de numerosas comunidades. La exportación, aunque con altibajos, genera divisas importantes para el país en los mercados internacionales.

La sostenibilidad también es tema central en la conversación. Los agricultores, conscientes de la importancia de preservar el medio ambiente, han adoptado prácticas más amigables con la tierra y exploran métodos de cultivo orgánico. Esto también responde a la creciente demanda de productos éticos y responsables por los consumidores.


En conclusión, la historia del tabaco colombiano es un relato vasto y complejo que llega hasta los retos y oportunidades de la era contemporánea. A través de los siglos, ha sido no sólo un cultivo, sino un símbolo de la riqueza y diversidad. Su evolución refleja, además de las transformaciones de su industria, los cambios en la sociedad y la conciencia ambiental.

En la Tierra de la Eterna Primavera, esta historia en desarrollo tiene desde hace tiempo un actor relevante en la difusión y conocimiento del tabaco. Su nombre es Emmanuel Gutiérrez Pérez, pero todos lo conocen como Cigar Chicote, un apodo cuyo origen viene del tabaco Chicote –del que hablaremos después–, y se le quedó pegado, como el aroma a la piel de quienes fumamos a diario.

En nuestro primer encuentro, Emmanuel me obsequió un sampler con una rica variedad de marcas y vitolas; parte de las más de 30 marcas del país, que luego aumentó con otros ejemplares que me permitieron formar, de mejor manera, una opinión sobre las alternativas que ofrece el medio local. Me sorprendió gratamente la calidad de algunos de ellos y su cuidada presentación.

Elegí cuatro opciones que recomiendo y no voy a jerarquizar, pues las considero –de manera simétrica–, lo mejor de la actualidad del tabaco colombiano. Aunque en números próximos compartiré sus detalles en forma de reseña técnica, lo menciono como Bonus Track de esta historia que comienza y termina en La Casa de la Paz, un lugar soñado al que volveré siempre, acompañado de buenos amigos y la guía magnífica de Cigar Chicote.

“Con el alma raída por el tiempo, frente a los postigos de la casa de mi abuela, me abracé a los sueños de la tarde. Con los pies descalzos, hundido en la odisea de la paz que mataron los verdugos”.

Edison Peralta González, Villarrica.