Forajidos, Capítulo 6: Secuelas Parte IV: El infame Jacky Yikes

Raúl Melo

Amaneció y era momento de iniciar la ruta de entrega rumbo a Callahan Ridge. Las cajas de cigarros estaban perfectamente mezcladas entre la dinamita y la Familia Holloway se preparaba para salir.

Como siempre, en el carro empaqué cerca de mí las armas personales, el rifle de largo alcance y la máscara neutra, rostro del infame Jacky Yikes, que tras algunos meses de descanso estaba sedienta de sangre y acción.

Alyssa y yo interpretaríamos de nueva cuenta a la feliz pareja de Happy y Gertrud Holloway; en ocasiones cirqueros, en otras, comerciantes y a veces granjeros, pero nunca bandidos, a decir de las autoridades locales y de los estados vecinos.

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Las primeras horas de camino transcurrieron con normalidad, entre largas charlas, algunas pausas musicales y un par de cigarros consumidos para aligerar el viaje. La zona de la montaña y el Gran Valle siempre fue tranquila, y por ello elegida como mi hogar en aquellos días de bandido común.

Conforme nos acercamos al límite entre los pantanos y el paso a las planicies desérticas, una especie de frío recorrió mis entrañas; algo que describiría como nerviosismo: «un mal aire”, dirían algunos creyentes locales.

La humedad del sureste había quedado atrás y el ambiente seco nos obsequiaba caminos terrosos que al pasar levantaban grandes polvaredas, haciendo visible a la distancia cualquier vehículo o bestia. Siguiendo mi instinto, nos detuve a un costado de la vereda.

–¿Qué haces? ¿Por qué paramos justo aquí, tan a la vista?, –preguntó Alyssa.

–Tranquila, necesito arreglar algunas cosas en el carro.

–¿Pero justo aquí? ¡Es el punto más peligroso que pudiste elegir, Doe!, –continuó.

–Lo sé, pero justamente el peligro es lo que me hace prever un par de asuntos con nuestra carga. Tranquila, que no tardo, –reiteré.

Y como dije, sólo tomé un par de minutos para hacer cambios estratégicos en la disposición de nuestra carga, volví al asiento del conductor y proseguimos nuestro andar.

–¡Entre el señor Rubens y tú me van a volver loca! Nunca hablan, no comparten, sólo hacen cosas y ya, como si las personas pudiéramos leer sus mentes, –agregó molesta.

–¡Gracias!, –contesté con alegría palpable.

–¿Y por qué me agradeces? ¿No entiendes que me estoy quejando? ¡Ustedes dos me molestan!

–Ja, ja, ja… te agradezco el cumplido. Significa que aprendo y aprendo bien, –respondí.

–¡Idiota, eso eres! ¡No un aprendiz ni alumno ni nada! ¡Idiota, simplemente! –vociferó. Estoy seguro de que a veces no me soporta, y de cualquier forma tuve que interrumpir la rabieta.

–¡Silencio! Alguien viene por allá y creo que nos encontraremos en la siguiente intersección, –advertí, señalando un camino a pocos kilómetros del nuestro.

–Recuerda: Tú eres la señora Gertrud, felizmente casada con este apuesto caballero de nombre Happy. Somos los Holloway, comerciantes que buscan clientes para nuestra preciada y un tanto explosiva carga, –detallé en tono sarcástico, aprovechando algo de su molestia para atizar el fuego con mi humor ácido.

–Lo recordaré, aunque el detalle de estar felizmente casada con el apuesto caballero será difícil de interpretar, no soy tan buena actriz.

En algo tenía razón. A veces simplemente actúo sin pensar en las consecuencias y hago cosas como aumentar su enojo antes de una posible situación de peligro. Pero daba igual, si de algo he de morir prefiero que sea resultado de mis propias acciones y no por causas ajenas. Así, al menos no tendré que preguntar “¿por qué a mí?”.

Restaban algunos minutos para llegar a la intersección. A mi derecha estaba una mujer enojada, y un poco más allá, la columna de tierra que parecía corresponder a un número considerable de jinetes. ¿Quiénes podrían viajar en tal número? Había dos respuestas posibles, mas no alentadoras: podría ser una patrulla militar, lo que no debería representar problemas para una pareja de comerciantes, aunque sí para dos bandidos buscados, o se trataba, nada más y nada menos, de un grupo de colegas bandidos.

Sin más opciones, analicé una serie de situaciones posibles, para elegir entre la menos peligrosa y la más sencilla de manejar. Apretar el paso nos dejaría en desventaja con los sujetos detrás nuestro, mientras que llegar al mismo tiempo a la intersección representaría demasiados cálculos. Entonces opté por disminuir la velocidad, lo que nos permitiría observar la reacción de nuestros acompañantes.

Minutos más tarde nos encontramos con la primera sorpresa del día. Aquellos sujetos se detuvieron en el cruce de caminos y parecían aguardar por nosotros.

–Actúa normal, no estoy seguro de si son malos o buenos. Supongo que mantener cerca tu arma no estaría mal, –dije.

–¡Claro, tú nunca dices nada! Pero tampoco soy tonta y puedo pensar sola, así que imagino que si son bandidos, lo natural es estar preparada para lo peor, –explicó, mientras empuñaba su rifle de repetición y procedía a cortar cartucho.

–Perdona, a veces me pierdo en conversaciones que tengo conmigo mismo y olvido que no puedes escucharlas, –me disculpé, sumiso, pues existen fuegos que vale la pena sofocar antes de perder el control en la inminencia de un segundo frente de batalla.

Cuando alcanzamos una distancia en la que pudimos distinguir a quiénes nos esperaban, supimos que era una patrulla militar. Detuve el carro, relajé las riendas y Alyssa devolvió el percutor de su rifle a una posición segura, haciéndolo evidente para los oficiales de La Guardia del Sur.

–Muy buen día, caballeros, vaya susto que nos dieron… pensamos que se trataba de alguna banda de maleantes. Ustedes saben mejor que nadie que estos caminos han dejado de ser lo que eran, pero su presencia nos hace sentir tranquilos. ¿No es cierto, cielo?, –me dirigí a Alyssa, para involucrarla en nuestra actuación.

–Cierto. Siento mucho mi desconfianza, dejaré el rifle en su sitio. ¿En qué podemos ayudar?, –preguntó servicial.

El Oficial al mando se acercó a la carreta, cuya carga cubría una lona gruesa que dificultaba advertir su contenido.

–¿Qué llevan aquí?, –preguntó con autoridad.

–Algunas cajas de materiales diversos, oficial. Buscamos a algún comprador que se pudiera interesar en ellos. ¿Me permite bajar con usted?

–Adelante, pero conserve sus manos en donde pueda verlas, –ordenó.

Dejé el asiento del conductor y me dirigí hacia la parte trasera de la carreta.

–De hecho, es muy probable que puedan interesarse en lo que tenemos acá, –expliqué, antes de mi siguiente movimiento.

En una misma acción retiré parte de la lona desde una esquina, y mientras revelaba el contenido tomé el arma que previamente coloqué en ese preciso espacio.

–¡Ni un movimiento!, –sentencié, apuntando mi revolver hacia las cajas de madera–. ¡Quietos o aquí volamos todos..!

–¡Que nadie se mueva! ¡Es un cargamento de dinamita y este imbécil está loco!, –gritó el Oficial.

–No puede usted estar más cierto, caballero. Y no sabe la cantidad de veces que me han dicho imbécil este día en particular. Lo de loco sí es nuevo, pero no por ello es mentira, –aclaré, mientras sacaba de entre mi abrigo la máscara: el rostro de mi socio de fechorías.

–Amigos, aquí terminan de hablar conmigo. ¡Los dejo con mi colega: El infame Jacky Yikes!

CONTINUARÁ…