Forajidos Capítulo 5: Venganza Parte VIII: Caos II

Raúl Melo

El momento había llegado. El escenario estaba montado bellamente en la plaza principal y con mis propios ojos había sido testigo de la carpa en la que se encontrarían los carros cargados con la mercancía de nuestro interés. Era imposible saber si dentro habría lo que esperábamos, o no, pero ya trabajaba en mi confianza hacia el resto de miembros del equipo y lo que Lady Giselle dijera debía ser tomado como verdad.

Me encontré con Adahy, recibí mis gemelas –ese par de pistolas que me acompañan a cualquier campo de batalla–, y me envolví con Alyssa en el papel de una feliz pareja que se adentraba en la celebración planeada por Lafayette.

–Bueno, todo está listo. ¿Cada quien está claro de su parte del plan?, –pregunté, y todos respondieron afirmativamente, excepto el señor Rubens, quien se encontraba en las colinas y aguardaba el momento de entrar en acción.

 

Las luces de la ciudad palidecían tras el pabellón construido para la presentación. Lafayette había llegado al sitio, donde simplemente mataba el tiempo mientras llegaba la hora de llenarse de gloria y envolverse con los aplausos de la concurrencia.

Alyssa y yo nos mezclamos exitosamente con las y los asistentes; aquello era y sería un caos entre cientos de espectadores, otro tanto de guardias y una sola oportunidad para lograr el objetivo. El tiempo siguió su curso… Anochecía cuando Montgomery Carrigan habló sobre las propiedades de su creación: un cigarro de 7.5 pulgadas de largo y cepo 50 conocido como Doble Corona. Aquello era de un tamaño impresionante, similar a un cartucho de dinamita, según las propias palabras del viejo.

El nombre de la pieza era KL, “un homenaje a Kalvin Lafayette”, destacó el tabaquero, cuyo rostro reflejaba el disgusto por tener que complacer a un joven mimado con cualquier movimiento requerido dentro de la empresa familiar, que ahora veía caer en las peores manos.

La mesa estaba puesta para el atraco. Todos en posición, aguardando por el momento adecuado. Alyssa, siempre a mi lado, de a poco me encaminó hacia los confines del escenario y sus luces. Adahy nos seguía, a la distancia, desde el extremo contrario.

Mientras tanto, a lo largo de nuestra ruta de huida las chicas del Yom Yom se disponían a llevar a cabo su parte dentro de esta colaboración delictiva, y para mi sorpresa la propia Giselle se encargaría de abrirnos el camino hacia la carpa donde los cigarros se almacenaban.

–Hola, caballeros, ¿por qué tan serios y formales?, –preguntó a los guardias que custodiaban la entrada de la carpa; pregunta para la que no encontraron mayor respuesta que una sonrisa y un par de pasos hacia donde ella se encontraba.

–Sólo trabajo, señorita. ¿Hay algo en lo que podamos ayudarla?, –respondió uno de los guardias en tono de evidente coqueteo. ¿Y cómo no hacerlo, cuando el rostro y figura de esa mujer eran tan cercanos a la perfección?

–Pues no lo sé, depende de ustedes. Esta es una gran noche como para estar aquí simplemente conversando. Detrás de aquel edificio tengo a un par de amigas más con ganas de divertirse. ¿Será posible que un par de fornidos uniformados como ustedes tengan algún tiempo para acompañarnos?, –ofreció Giselle.

Tras un breve intercambio de miradas, ambos accedieron.

–El evento parece ir conforme a lo planeado. La develación de la carpa está a punto de suceder y no veo por qué no adelantarnos y acompañarlas, si nuestra presencia es tan urgente, señorita, –respondió uno de los guardias, respaldado por su compañero.

Caminaron hacia el callejón que conectaba la plaza principal con el edificio señalado para el encuentro, donde realmente estaba un par de chicas, quienes más allá de sus abanicos y ajustados corsés sostenían, ocultas, sus armas respectivas. De manera furtiva, mientras Lady Giselle desataba los cordones de su vestido, las mujeres encañonaron a los guardias y con movimientos dignos de cualquier persona criada en las afueras de la ciudad, Giselle los noqueó. Nuestro primer impedimento para lograr el atraco estaba superado.

Alyssa y yo nos escabullimos al interior de la carpa, donde Adahy se nos unió un par de minutos después. Estábamos listos para el acto final. Mientras tomábamos posesión de los carruajes y su preciada carga, Lafayette pronunciaba su discurso, preparando a la audiencia para la revelación final…

–Basta de palabrería, que en un evento como éste, sobra. Pasemos, pues, a lo que todos hemos estado esperando. Con ustedes, el Kalvin Lafayette de Carrigan Tobacco… –dijo Kalvin con tono de grandilocuencia, antes de percatarse de nuestra fechoría.

Cuando el telón se abrió, lo único que el magnate, el viejo tabaquero, los asistentes y el resto de la guardia pudieron apreciar fue nuestro trasero alejándose del sitio a toda velocidad. La nube de polvo que levantaban las patas de las bestias y las ruedas de los carros delataba nuestra trayectoria, pero teníamos un plan de respaldo para abrir paso y desviar la atención.

Desde la colina, el viejo Rubens hacía disparos candentes dirigidos hacia las paredes de la escenografía. Aquellos tiros no tenían intenciones mortales, pero funcionaron para alertar a la guardia, que enfocó su labor de protección en Lafayette, en lugar de los cigarros.

No negaré que hubo víctimas, pero se redujeron a uniformados que intentaron interponerse en nuestro camino. Fue una satisfacción especial escuchar el zumbido de las balas que hacían caer a un militar tras otro, cuando el viejo Rubens los ejecutaba a distancia… además de un par que se deben añadir a mi cuenta personal como líder de la caravana fugitiva.

Más que aterrado, Lafayette estaba furioso. Como Giselle lo había hecho notar, su vida no le era más importante que el valioso cargamento con el que estábamos huyendo del lugar, pues aquello era, más que cigarros, algo que él percibía como un legado: las piezas elaboradas y nombradas en su honor.

Al final de cuentas, lo que la señorita planteó era real. Parte de la venganza se había consumado al ver, a la distancia, a un hombre sumido en la derrota. Algo en mi interior se sintió victorioso, mientras conducía un carro, a toda velocidad, por las calles de la ciudad.

“Chico, el primer paso está dado”, me dije, recordando a JC. A manera de homenaje dirigí al grupo hacia los pantanos, justo al sitio donde el chico solía esconderse tras realizar sus atracos.

–Alyssa, tú conoces este lugar mejor que nadie aquí. Ocultemos el cargamento de tu carro donde nos indiques y después llevaremos lo demás a otro sitio, –ordené.

Así lo hicimos… Dejamos los cigarros a resguardo de la naturaleza y condujimos el par de carretas restantes rumbo a la montaña, donde Adahy y yo sabíamos andar. Escondimos los cigarros en una cueva ubicada en las laderas adyacentes al valle.

Más tarde abandonamos los carros en otro camino y seguimos a pie rumbo a la cabaña. Tal vez no había sido la mejor idea, pero algún sacrificio debíamos hacer luego de un botín tan extenso. Esa noche, todos compartimos en casa la mejor cena que habíamos tenido en días. Probablemente empezaba a acostumbrarme a vivir entre cuatro paredes, como una persona normal.

CONTINUARÁ…