
Empecemos desde el principio. En febrero de 1994 me encontré con un mundo totalmente desconocido: el camino de los cigarros y el tabaco. Tenía 18 años y nunca había probado un puro. De hecho, sólo había fumado un par de cigarrillos con mis compañeros de secundaria, sin tener idea de cómo hacerlo «correctamente», pero eso era todo.
Siempre he dicho que la vida nos presenta a las personas que necesitamos conocer, de las cuales aprender y obtener una lección que será útil en alguna parte de nuestra vida. Ahí comienza mi historia.
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Conocí a don Elías Mina, nacido y criado en la Ciudad de México –antes Distrito Federal–, adonde sus padres llegaron desde Grecia, para quedarse. Como su padre fue el primero en traer a México los cigarrillos Lucky Strike, entre muchos otros, él aprendió el negocio y cuando tenía 38 años fundó la Fábrica de Puros Valle de México en la conocida Colonia Roma. En un mismo local estableció el almacén de tabaco, la fábrica de cigarros y la tienda.
Cuando llegué ahí, y me di cuenta de todo lo que implicaba, de lo que había detrás y de las personas que lo hicieron posible, simplemente quedé asombrado. Además, cuando la gente entraba a la tienda y tomaba sus cigarros –podían fumarlos en el lugar–, observaba su reacción al encenderlos: una combinación de plenitud, satisfacción y alegría… todo al mismo tiempo. Me enamoré de ese lugar y de la magia que rodeaba a sus visitantes frecuentes, miembros de una generación conocida como «la vieja escuela».
Sus tres principales características eran la calidad de los cigarros, sus precios justos y competitivos, así como el servicio al cliente. En la medida en que los visitantes me conocían se volvían familiares y cada visita significaba el momento para una conversación breve, tal vez un café, y si había tiempo suficiente fumar un cigarro con ellos.
Cada uno tenía una opinión, una historia o un recuerdo para compartir, y eso era lo que permitía crecer a esa comunidad y crear una hermandad entre los fumadores. Conforme pasaba el tiempo, aprendía de todos ellos y de los quehaceres propios de la fábrica de puros.
Tuve la suerte de estar en cada posición de la empresa, desde el nivel más bajo hasta el más alto. Aprendí a almacenar el tabaco, prepararlo para los torcedores, los detalles del control de calidad, el despacho de los pedidos, almacenamiento de los cigarros, empaquetado, elaboración de inventarios, recepción, ventas locales y al extranjero, e incluso la exportación.
Observar, aprender y buscar hacerlo bien –aún cometiendo errores– fueron experiencias útiles que acumulé a lo largo del tiempo; una época realmente buena.
En ese entonces la situación y el estilo de vida del fumador en México eran totalmente diferentes a lo que hoy vivimos. Estaré muy feliz de compartirle algunos de mis recuerdos y el día con día en este camino del tabaco.
Bienvenidos siempre.






