
Sin inconvenientes, Alyssa y yo volvimos a la cabaña para alistar los cargamentos. No sólo debíamos buscar la manera de repartir lo más posible entre dos carretas, sino hacerlo sin que nuestro empleado notara que se trataba de los Carrigan KL robados.
Para aprovechar el tiempo, tomé a Lucky Bastard, lo instalé de vuelta en la carreta y cabalgué un par de kilómetros montaña arriba, donde habita nuestro amigo Armer, como al señor Rubens le gustaba llamarlo para joderme.
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De alguna manera, aquel hombre había logrado acopiar gran cantidad de armamento en sus tierras. Al parecer, se trataba de un mercenario que operó en tiempos de la Guerra Civil, que aunque ideológicamente se identificaba con el norte, el dinero sureño no le venía para nada mal
Entre cargamentos robados al tren, recolecciones sobre campos de batalla y quién sabe cuántas mas estrategias de poca ética, Armer contaba con una amplia variedad de pistolas, rifles y explosivos con los que continuó el negocio aún después de la guerra.
Buscando hacer espacio en sus almacenes subterráneos y de manera fortuita para nosotros, Armer se había convertido en un excelente proveedor de cajas vacías de dinamita para continuar con nuestra charada, además de algunos cartuchos que en cada viaje funcionaban para dar veracidad a nuestros dichos.
A pesar de la corta distancia, el viaje me tomó un poco más de lo esperado. Subir a caballo era una cosa, pero lo accidentado del terreno impedía un paso constante para andar en carreta.
Cuando llegué, el viejo ya me esperaba afuera de su casa, apuntando con una carabina directo a mi cabeza.
–Tranquilo, viejo, soy yo, John Doe, el del viejo Rubens, ¿recuerda? –pregunté tratando de permanecer tranquilo y con las manos a plena vista.
–Oh sí, el Oso Negro me ha hablado de ti. Disculpa la descortesía, pero esa cara de bandido mugroso no te ayuda, muchacho. Aunque la mirada de imbécil sí que encaja en lo que Rubens me ha dicho de ti, ja, ja, ja –bromeó el anciano.
–Ese viejo agrio debe enseñarte a ser más discreto, mi amigo. Pude escuchar que te acercabas desde hace rato, tuve tiempo de tragar, defecar, tragar más y esperarte en la puerta, ja, ja, ja –continuó burlándose de mí; actitud que parecía típica de este par de viejos, o yo simplemente era un blanco de burlas demasiado grande.
–Pero quita tu cara de idiota y acércate. Aquí nadie viene de visita y algo debes de querer –dijo mientras me seguía con la mirada.
–Je, je, sí, vengo a buscar algunas cosas para Rubens –respondí mientras dirigía la carreta a la entrada.
–Bien, bien, pues dime qué necesitas para irlo a buscar –expuso servicial, dejando de lado las bromas y la aparente mala actitud.
–Necesito todas las cajas vacías de explosivos que pueda tener o que la carreta pueda cargar– respondí puntual.
–¡Maravilloso! Calculo que detrás del horrible caballo bigotón deben caberte unas 40 cajas… Sígueme, pues –expuso de vuelta a la hostilidad.
Lo seguí hasta su casa y luego a la habitación, donde un sistema de poleas oculto dentro del ropero hacía que la cama se levantara del suelo, descubriendo una puerta.
El anciano la abrió y me invitó a continuar detrás de él.
–Cuidado con la cabeza al bajar, no quiero que dañes mi piso, je, je –rio entre murmullos.
Descendimos un par de metros por una escalera de madera hasta un sótano excavado debajo de la propiedad. El espacio era muy amplio, con robustos polines y vigas de madera que mantenían la estructura en pie, similar a los túneles de las minas.
–Toma eso y llévalo al fondo –me dijo señalando una enorme pieza de lona doblada entre los baúles de madera almacenados.
–Eso, muy bien, ahora extiéndela sobre el suelo y coloca sobre ella todas las cajas que necesites.
Así lo hice y en ese momento mi rostro se iluminó y mis ojos se inundaron de lágrimas.
Mientras colocaba las cajas, imaginaba cuál era la idea de hacerlo de esta manera y me era imposible dejar de recordar las muchas técnicas que JC me enseñó para lograr sus hazañas.
Una de las más épicas fue, precisamente muy similar a esta, cuando hizo de una lona su vehículo de huida y salimos a todo galope de las fincas de Carrigan cargados de pacas de tabaco procesado y listo para torcer.
–¿Y ahora qué te pasa? ¿Te molesta la humedad? ¿Lastimaste tus manitas? –preguntó mirándome como esperando una respuesta para una estocada final.
–No, no, para nada, sólo me acordé de alguien, de un buen amigo que murió, un niño –respondí.
–¡Oh, ok, ok! Termina el trabajo, jalas la lona hasta la escalera y te espero arriba para que me lances las cajas –explicó sin dar mayor importancia, como sabiendo que sus bromas ya no eran graciosas, pero sin aceptar culpa alguna.
Cuando terminé de apilar las cajas, crucé la lona por arriba de ellas para asegurarlas y lo hice calculando no crear un bulto de mayor tamaño que el agujero en el suelo de la habitación.
Una vez construido mi bulto, lo aseguré a mi cuerpo con un par de cuerdas que el viejo había dejado en el depósito, y sin pensarlo dos veces comencé a arrastrar las cajas rumbo a la escalera.
Cuando estuve alineado a ella, seguí mi camino, arrastrando las cajas hacia arriba, azotando el bulto en cada escalón, golpeando y dañando el de por sí ya desvencijado barandal. Y claro, también el suelo que minutos antes había evitado “dañar” con mi cabeza.
–¿Pero qué estás haciendo, pedazo de imbécil? ¡Estás destrozando todo a tu paso! –me dijo mientras buscaba el arma en su cintura.
¡Bang! Sonó el primer tiro que arrancó el arma de su mano derecha y ¡bang!, el segundo que la alejó de su alcance.
–No, no, anciano, he tenido suficiente de usted. Seguramente el señor Rubens también le ha contado que no suelo pensar muy bien las cosas, ¿no es así? O tal vez tengo poca paciencia y entendimiento, supongo. Pues esas cualidades y mi cara de imbécil puede que sean del todo ciertas. Me cansé de usted, me cansé de sus bromas, de su risa y de su voz –expliqué mientras continué mi camino fuera de la habitación y de la casa.
–Su dinero está abajo, no hay necesidad de contar, creo que hasta le estoy dejando de más –le informé.
El viejo se había quedado atónito, pero sin hacer más preguntas, bajó de vuelta al sótano para cobrar.
En ese momento, volví a la habitación, cerré la puerta y devolví la cama a su lugar.
–¡Oye, estúpido! No me puedes dejar aquí, soy un viejo, respeta al amigo de tu jefe, forajido, bribón! –gritó entre muchos otros improperios.
–¡No, señor! Me voy a quedar en esta cama, buscaré algo de comer, algo de beber, algo de fumar y no me voy a levantar hasta que me sienta más tranquilo y a usted lo deje de escuchar lloriquear –expuse con total tranquilidad.
El viejo balbuceó un par de cosas más y al final se calmó. Yo cumplí con lo prometido, bebí un par de tragos de algo que el viejo llamaba licor o por lo menos eso decía la etiqueta, fumé un tabaco que, afortunadamente, era de nuestra propia producción, y la comida pues no estuvo tan mal.
Pasaron un par de horas cuando decidí volver a abrir el acceso. Conforme destapaba la entrada, la luz descubría a un viejo bastante mas calmado, sentado al final de los escalones de madera.
El anciano se reincorporó, subió y con una mirada entre calma y retadora me volvió a dirigir la palabra.
–Bien, muy bien, me gusta esa actitud tuya, ahora sé que es lo que Rubens vio en ti. Definitivamente me da gusto que se hayan encontrado. Él y yo tenemos historia detrás, pero eso será tema para alguna otra ocasión. Veo que encontraste mis botellas de licor, pero ¿crees que dejaría algo bueno al alcance de cualquier pelmazo? Quédate un rato más y prueba lo mejor, receta de Rubens y un servidor –dijo mientras bajaba de vuelta al sótano.
–¡Qué valor volver a entrar ahí, anciano! –le grité.
–No pasa nada, ahora sé que eres bravo, pero no abusivo. Si no te provoco, no hay nada qué temer. ¿No es cierto? –preguntó mientras volvía con la citada botella en mano.
–Sí, puede que tenga razón –respondí extendiendo mi mano para ayudarlo a salir.
CONTINUARÁ…






