
Después de este momento de tensión, la cena transcurrió en completa calma, y el único sonido perceptible era el de las cucharas, que revolvían el pollo, el jamón y los langostinos con el arroz, que prácticamente desbordaba nuestros platos.
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No quise preguntar más, sabía que no era el momento y que, como en otras ocasiones, llegaría el tiempo para terminar de escuchar aquella historia. Había pasado tanto entre esta noche y la primera vez que lo hablamos, que unos días más de espera no afectarían mi curiosidad.
–Bueno, si ya terminaste, ayúdame a recoger todo de la mesa. Yo dejaré lista la olla con el desayuno de mañana. Verás que te sorprenderás –me dijo Alyssa, como si nada hubiese pasado.
Recogí platos y utensilios, limpié la mesa y me retiré a fumar a la entrada de la casa. Mientras ella, con una habilidad que días antes no habría entendido, finamente picó verduras y carnes de cerdo y lagarto para seguir viviendo la experiencia del sur.
–¿Puedes encender el fuego nuevamente? Pero utiliza los leños más grandes que encuentres –me pidió.
–Necesito que enciendan bien y esperes hasta que puedan contener una buena brasa en su interior. Cuando tenga los ingredientes listos, te indicaré cuándo agregar ramitas pequeñas, para que tengamos fuego intenso por unos minutos. Gracias –continuó ella con sus instrucciones.
Cuando todo estuvo listo dentro de la olla, la colgó sobre el fuego y pidió añadir las ramitas.
–Vamos a dejar que los leños se consuman y el calor que quede en las brasas internas debe ser suficiente para continuar la cocción durante la noche. Mañana ya verás qué sabroso desayuno –explicó. Luego encendió un cigarro y se sentó a mi lado a disfrutar de una noche fresca y estrellada en los pantanos.
A la mañana siguiente, como lo prometió, el desayuno fue fantástico, justo lo que necesitábamos para afrontar una larga jornada de entrevistas en el Yom Yom, que era para lo que nos estábamos preparando.
Nos alistamos y salimos para el lugar. Afortunadamente, había una considerable fila de vaqueros esperando por nosotros. Tomamos nuestros lugares en la mesa reservada y comenzamos con la tarea.
Las primeras citas no fueron para nada impresionantes, se trataba de hombres comunes, acostumbrados al trabajo y sin necesidad aparente, sólo vaqueros siguiendo el rumbo de su vida diaria.
Pero entre todos, hubo uno que llamó nuestra atención, era un hombre sencillo, dueño de una carreta similar a la nuestra, quien nos contó una historia interesante y acorde a lo que buscábamos, pues no se trataba de un trabajo convencional, sino de una actividad cargada de emociones e ilegalidad.
–Y bueno, ¿por qué crees que deberíamos contratarlo? –preguntó Alyssa.
–Soy bueno con la carreta, puedo transitar los caminos más difíciles. Antes solía mover muchos productos entre los primeros pueblos que se desarrollaron al oeste, no había caminos como tal, debíamos descubrirlos y andarlos para que se definieran a la vista y en los mapas –expuso.
–Eso suena a buena experiencia, pero ¿por qué ya no lo hace? –continué.
–Conforme los pueblos fueron creciendo y las distancias se acortaron, se volvió una tardea más sencilla que no requería el gasto para contratar la pericia de un conductor como yo. Así me fui relegando a las actividades más locales. Y todo iba bien, hasta que las cosas se salieron de control en la ciudad y… Lafayette enloqueció –dijo susurrando y vigilando su alrededor.
–¿A qué se refiere? –pregunté.
–Un día, después de que alguien irrumpiera en su gran evento de presentación, ya saben, el de la nueva línea de cigarros de Carrigan, Lafayette enloqueció, y advirtió a la mayor parte del pueblo que no cooperan con los delincuentes. Dijo tantas cosas sin sentido, que mi hermano difirió con él. Ese altercado fue suficiente para enloquecerlo aún más. Lafayette mandó quemar la tienda de mi hermano, donde yo hacía repartos. Mi hermano desapareció, su familia nunca lo superó. Ahora yo me hago cargo de ambas, de la mía y de la suya. Es una situación que me supera, realmente –explicó.
Alyssa y yo sabíamos que en parte éramos responsables por la desgracia de este hombre, no lo éramos por las acciones de Lafayette, precisamente, pero sí por haberlo orillado a la locura. Además, como punto a favor, yo pensé que si por algún motivo el hombre descubría qué era lo que hacíamos, tendría una motivación para permanecer de nuestro lado.
–Lo lamentamos mucho. Sabemos que contra esas circunstancias no hay mucho qué hacer, coincidimos en que las cosas no han estado del todo bien por aquí, pero ojalá y este par de días de trabajo en algo lo puedan ayudar para mejorar su situación y quién sabe, tal vez podamos volver a colaborar.
–¡Muchísimas gracias! De verdad no saben cuánta falta me hacía una noticia como esta, desde que vi su letrero buscando cochero, sentí que algo bueno estaba por venir –nos dijo tratando de contener las lágrimas, sin ocultar su felicidad.
La decisión estaba tomada, teníamos un nuevo trabajador y la oportunidad de resarcir un viejo error. Era una buena oferta imposible de rechazar.
–Hoy es viernes… Hmmm… Qué le parece si nos vemos el lunes a primera hora en este sitio –dijo Alyssa señalando la ubicación de la cabaña en el mapa.
–¿Debo llevar o hacer algo en particular? –preguntó el hombre.
–No, nada, únicamente la carreta y las provisiones personales que considere, nosotros nos haremos cargo de los gastos de viaje, alimentos, alojamiento y todo lo que podamos necesitar. Usted sólo preocúpese por estar ahí temprano y llevar esto a casa para cubrir cualquier necesidad mientras se ausenta –le dije, mientras le entregaba un pequeño saco de cuero con algunas monedas. Ello no era parte del plan o de los beneficios del empleo, pero había cierta culpa en mi interior que no me dejaría en paz hasta poder hacer algo al respecto, aunque fuera muy poco en comparación.
Más que un trabajador, este vaquero era un hombre de familia buscando una nueva oportunidad y yo… yo creo que ahora que veo mi futuro cambiar, también necesito un poco de redención que me brinde un poco de paz.
CONTINUARÁ…






