
“Vagabundo, vagabundo, algo santo me guiará, he vendido mis zapatos por un poco de libertad”.
Nicola Di Bari, Vagabundo.
Botteghino di Zocca está a sólo 20 kilómetros de Bolonia, en el corazón de una Emilia Romagna afectada en estos días por inundaciones, que han dejado un rastro de tristeza en el rostro de muchos amigos, quienes han visto sus esfuerzos de años golpeados por la fuerza de la naturaleza. Es un pueblo minúsculo, de 618 habitantes, con un secreto guardado entre los crescentinos de la madre de Fabrizio y las copas de apertass que despuntan cada mañana, con un tabaco italiano en los labios.
Lee en la revista (gira tu dispositivo para mejor experiencia de lectura):
Tiene la magia que saben construir los amigos que te reciben de brazos abiertos, y vibra cada domingo de calcio con los colores del Bologna FC 1909, club del que tengo en suerte poseer una camiseta que visto fielmente cada vez que asisto a un partido a través de la televisión. Esto, gracias a la amistad del Tiburón y a un largo camino que finalmente trajo la prenda a casa, en Viña del Mar, desde Bologna, pasando por Botteghino, Las Vegas, Vancouver y Valdivia.
Estaba en París para los JJ.OO. y buscaba, de todas las formas posibles, generar los tiempos necesarios para arrancarme a visitar a mi buen amigo, con quien ya habíamos intentado –sin éxito–, reunirnos en Las Vegas en marzo pasado, entrampados en las vicisitudes de las visas de viaje, que sólo postergaron un encuentro que habría de producirse tarde o temprano.
De pronto, la posibilidad se volvió certeza y un vuelo breve me llevó de París Beauvais a Bologna, donde un tranvía de apenas siete minutos me instaló en la estación central para alcanzar el tren que –2.5 euros mediante–, me llevó a Pianoro, estación donde me recogería el italiano de esta historia, para comenzar el primero de tres días inolvidables.
Imaginarán que poco hicimos, además de beber, fumar y comer… horas en las que me parece haber tenido siempre un tabaco en una mano y una copa en la otra. Aunque tuve tiempo para probar las bondades de la cocina de Trattoria Al Botteghino, el negocio de la familia Lazzarini desde hace tres generaciones, donde la madre cocina, la hermana trabaja y Fabrizio se da maña para atender a amigos y clientes disfrutando en su Cigar Club, integrado al lugar. Ahí fuimos sometidos –la segunda noche de mi estadía– a una prueba de resistencia de la que pocos valientes salen ilesos.
Como excusa, el cumpleaños de un socio del Cigar Club. Comida de la casa, Brunello de Montalcino y una botella de Cardenal Mendoza de 1970, mi año de nacimiento –que Fabrizio guardó celosamente durante años, desde una tarde de pandemia en que las fumadas virtuales nos mantenían vivos, y que al mostrar pedí que me guardara un dram, pues nunca tuve la oportunidad de beber una botella fechada en el año que el mundo comenzó a mejorar en serio–. y por supuesto, tabaco. Mas no cualquier tabaco, sino el celebre Spingarda de la casa Tornabuoni, un Kentucky fire cured de estilo italiano tradicional, pero dimensiones descomunales y una fortaleza capaz de derribar a muchos fumadores que se precian de sus experiencias.
Spingarda, fabricado por la Compagnia Toscana Sigari, más coloquialmente Tornabuoni, en la ciudad de Sansepolcro, lleva por lema: Tutto il piacere della tradizione toscana. La empresa se precia de la calidad de sus torcedoras, todas mujeres, formadas a través de los últimos 30 años por dos maestras: Roberta y Daniela, quienes merecen gran parte del merito. Sólo utilizan tabacos de origen italiano, y si no provienen de la zona de Toscana los adquieren de proveedores a quienes exigen los más altos índices de calidad y manejo.
El proceso también se realiza íntegramente en Italia, tanto en las variedades Long Filler como Short Filler, asegurando que el producto se mantenga como parte de la tradición del sigari italiano, y que ninguna decisión económica vaya en contra de una actividad emblemática, como la producción de los clásicos tabacos que muchos cultores en el mundo preferimos.
El nombre por el que se conoce a esta empresa no es al azar, sino un homenaje a Niccolo Tornabuoni, quien durante el siglo XVI introdujo el tabaco en Italia, y cuyo primer nombre era justamente Erba Tornabuoni. El prefijo «Mastro», que junto con «Tornabuoni» forma el nombre de estos puros, es un homenaje a la artesanía de quienes los fabrican desde hace siglos.
La tripa larga en tabacos como Spingarda implica usar solapas de longitud igual a todo el cuerpo del cigarro, con hojas peladas a mano y sin batidores mecánicos. Al enrollarlos, el fabricante debe seleccionar los grados de las hojas individuales según la mezcla diseñada: una operación meticulosa que requiere de gran precisión y habilidad. Los cigarros se enrollan a mano alzada, sin facilitadores de algún tipo, y por todo ello su apariencia es nervuda, masculina y torcida.
Compagnia Toscana Sigari es una empresa independiente que ha emprendido la producción manufacturera después de cinco años dedicados al desarrollo del proyecto, experimentación varietal en el campo, reestructuración y adquisición del equipo necesario. En 2015 comenzó a comercializar el Mastro Tornabuoni Scorciati y meses después el Mastro Tornabuoni Long. Su catálogo se amplió y hasta la fecha consta de diversas referencias; tres de las cuales acompañaron esa noche fresca de agosto en Botteghino.
El cumpleañero recibió una caja de Rinascimento Piero Della Francesca, una Edición Limitada cuya caja firmamos todos, y en sintonía con la comida comenzamos la noche encendiendo un ejemplar de Spingarda d’Anghiari, elaborado con una fina selección de tabaco Kentucky. Totalmente hecho a mano, de tripa larga y doble capa, es una producción especial dedicada a los fumadores más exigentes y experimentados, verdaderos amantes de esta variedad de tabaco.
Creado para celebrar el territorio cuna del mejor Kentucky italiano, está dedicado a los antiguos armeros originarios de Anghiari –escenario de la famosa batalla de 1440, inmortalizada por Leonardo da Vinci en una pintura ahora perdida–. Está compuesto por una selección de raras variedades históricas de Kentucky del Valle del Tíber y sus dimensiones son imponentes: 12 centímetros de largo por 2.5 centímetros de diámetro, y una fortaleza que la palabra italiana utilizada realmente describe a la perfección: Esaltante.
Terminada la cena y el cigarro, armada la mesa de cartas, vino el verdadero desafío: continuar la fumada con otra gran expresión de alta fortaleza de la marca, el mítico Diablo, poco aconsejable para fumadores novatos faltos de experiencia. El autor de estas líneas consiguió superar el reto con estomago firme y mucha paciencia, para no apurar una experiencia que podía pasar –en un abrir y cerrar de ojos–, de la magnificencia al desastre.
En resumen, una noche memorable de la que nos quedó mucho más que las fotos y los detalles del menú, en una casa a la que volveré siempre porque los abrazos huelen a tabaco ahumado, los desayunos son con alcohol (y tabaco), y la mesa se viste de crescentinos de la mamma y mortadela italiana… y siempre, siempre, el Tiburón Lazzarini y toda su famiglia se entregan por entero, como si no hubiese mañana o se los fuese a llevar río.
“Oggi si va alla partita tu bolognese, lo sai non fare il riposino in auto oppure in tranvía fila dritto allo stadio porta gli amici con te! prendi l’ombrello, il cappello, il paltò per ripararti se piove, una birretta, un panino poi più ci rivedremo lassù. E tutti grideremo… Forza forza alè!”.
Himno del Bologna Futbol Club 1909.






