
Inicié este maridaje una tarde, en casa, en una de esas oportunidades en las que se tiene cierta lucidez y se decide soltar la rienda a la intuición. Había fumado muchas veces el 107 Original de La Aurora, y otras tantas había servido una copa de Quinta Ruban para dejar que su dulzura oscura hablara sola. Pero esa tarde ambos se me cruzaron en la mente con una naturalidad inesperada, como si se reconocieran, y entendí que no se trataba de imponer un encuentro, sino de permitirlo.
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Gut feeling
La conversación silenciosa
Porque a veces el maridaje no se piensa; se escucha
La historia de estas dos casas ayuda a comprender ese diálogo. La Aurora, fundada en 1903 en República Dominicana por Eduardo León Jimenes, es la decana de su país y una de las referencias inevitables del tabaco premium caribeño.
El 107 Original nació para conmemorar esos años de historia, con una liga pensada para expresar equilibrio y profundidad: capa ecuatoriana de semilla Sumatra; capote y tripa dominicanos con presencia de Cibao Valley, y un aporte nicaragüense que le da estructura y nervio. No es un cigarro exuberante, sino que sabe conversar.
Del otro lado del Atlántico, en las Highlands de Escocia, The Glenmorangie destila desde 1843 en alambiques que se cuentan entre los más altos. Esa verticalidad no es un dato menor: favorece un destilado más liviano, más etéreo, que luego se transforma con el tiempo y la madera.
El Glenmorangie Quinta Ruban 12 Years Old pertenece a su serie de extra maduración: primero reposa en barricas de roble americano ex-bourbon y luego se traslada a pipas de oporto ruby provenientes de Portugal. Esa segunda crianza es la que aporta la penumbra: chocolate oscuro, frutas maduras y una nota vínica que no invade, sino que abraza.
Me acomodé en una silla, serví la copa y examiné el puro, como suelo hacer antes de encender. La conversación silenciosa estaba empezando. El análisis previo descubrió una capa sedosa, ligeramente aceitosa, de tono colorado profundo. En frío aparecieron cacao en polvo, madera seca y un dejo frutal apenas insinuado. El primer sorbo del whisky confirmó el presentimiento: ciruelas, naranja confitada, chocolate amargo. No había estridencia, había afinidad.
Durante el primer tercio la fumada se mostró contenida y elegante. Maderas claras, cacao suave; un dulzor natural del tabaco que no necesitaba exagerarse. Al acompañarlo con el Quinta Ruban, el chocolate se volvió más nítido y las frutas del whisky encontraron un eco en esa leve dulzura vegetal del cigarro.
Desde una mirada sencilla, la química ayuda a entenderlo: los compuestos fenólicos que la madera cede al whisky durante la crianza –vainillina, eugenol– dialogan con los aceites esenciales y azúcares naturales presentes en el tabaco fermentado. Más que magia, es interacción sensorial; moléculas distintas que, en conjunto, amplifican percepciones similares.
El segundo tercio trajo mayor cuerpo. El 107 Original desplegó cacao más oscuro, café suave y una madera más firme. El whisky, aireado en la copa, dejó ver su costado especiado y esa profundidad que la barrica de oporto imprime con paciencia. Aquí, el maridaje encontró su centro: la estructura del cigarro sostuvo el dulzor vínico del single malt y éste, a su vez, redondeó cualquier arista, aportando al conjunto una textura casi cremosa. La conversación se tornó un intercambio fluido, sin superposiciones.
En el último tercio, cuando el tabaco concentró su carácter, aparecieron notas más intensas, un amargor noble que recordaba al cacao puro. El Quinta Ruban respondió con fruta negra más madura y un eco ligeramente seco que equilibró el final. Nada se impuso. Ambos aceptaron el paso del tiempo y la transformación natural que ocurre cuando la brasa avanza y el líquido respira.
¿Por qué maridamos? Tal vez porque buscamos sentido. Porque intuimos que dos historias, cuando se encuentran, pueden contarnos algo nuevo sobre nosotros mismos. Esa tarde entendí que el maridaje no es una demostración técnica ni un ejercicio de precisión, sino un acto de escucha.
Hay una conversación silenciosa que sucede entre madera, tabaco y tiempo. Nosotros sólo nos sentamos en medio, atentos, y dejamos que hablen. Cuando el humo se disipa y la copa se vacía, no queda un listado de notas ni un análisis preciso: tenemos la sensación de haber presenciado algo que, por un instante, tuvo sentido.
*Gastón Banegas. Habano sommelier y fumador entusiasta, es un apasionado del whisky y los maridajes. Vive en Buenos Aires, Argentina, y escribe sobre tabaco premium y cultura sensorial.
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