
Ulises Castillo Cruz nació hace 27 años en Veracruz, México, y es heredero de la habilidad y pasión de su padre por el tabaco: un hombre nacido en San Andrés Tuxtla, quien desde hace tres décadas se ha dedicado a perfeccionar el arte de la elaboración manual de cigarros, convirtiéndose en un maestro torcedor.
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El arte como profesión
Desde su nacimiento, Ulises siempre estuvo envuelto por una atmósfera tabaquera, con estancias largas y cortas en San Andrés, donde creció rodeado de campos de tabaco, trojes, casas de curado y mesas de rolado, aprendiendo de a poco el oficio que su padre adoptó por convicción.
Dieciséis años atrás, los viajes de padre e hijo a la tierra del tabaco mexicano se hicieron comunes y fue cuando este joven comenzó su aprendizaje dentro de la industria, desde la manufactura de un cigarro hasta el funcionamiento del oficio como negocio.
Con apenas 20 años cumplidos decidió convertir esta actividad en su forma y estilo de vida, dejando atrás la carrera de Economía para dedicarse a su pasión y seguir los pasos de su padre.
En ese momento Ulises vivía tiempos de cambio e incertidumbre, sin un futuro claro. Obligado por las circunstancias a empezar de cero, encontró en el tabaco la oportunidad para recomenzar. “Buscando opciones, el tabaco no dejaba de sonar en mi cabeza, porque al final de cuentas era algo que me gustaba y conocía, así que tomé la decisión de aventurarme por este camino”, recuerda, durante una entrevista vía videoconferencia.
Ulises tenía la habilidad y conocimientos necesarios para elaborar puros, pero hacía falta encontrar un mercado para desarrollarse y este fue su siguiente paso en el camino de la industria mexicana del tabaco premium.

Una tierra de oportunidad
Dos años atrás, Ulises conoció Los Cabos, en Baja California Sur, una región de gran potencial turístico y atractivo especial a los ojos de un joven prospecto de tabaquero, con la misión de continuar difundiendo el cigarro como arte y producto mexicano de calidad.
De acuerdo con su visión, Los Cabos ofrecía acceder a un mercado cautivo compuesto por visitantes de Estados Unidos y Canadá, principalmente, en quienes identificó, a la par de poder adquisitivo, la curiosidad por vivir la experiencia de los buenos humos.
“Yo llegué a este lugar por una corazonada… sabía que debía estar aquí, pues desde antes de conocerlo realmente pensaba que era muy bonito, y lo es, además de su gran potencial de negocio”.
Una vez ubicado, Ulises descubrió que el mercado tabaquero era prácticamente virgen, cuando menos para el concepto que su padre le enseñó. “Como espacio turístico, por supuesto, había alguna tienda de tabaco, pero nada relacionado con lo que aprendí a hacer desde pequeño”, asegura.
Además, considera que el tabaco mexicano aún tiene mucho por mostrar, pues a la fecha, tras siete años de aventura en el norte del país, se encuentra con clientes sorprendidos por la calidad de los puros nacionales.
«Cuando tienes un buen producto y un concepto diferente que la gente acepta, es una señal clara de que puedes hacer algo grande… Ése es el camino que he estado siguiendo”.

Difundir lo aprendido
Ulises llegó a la ciudad con lo mínimo indispensable. Comenzó trabajando en la industria hotelera, una actividad que aun cuando no representaba su vocación, al cabo de un año le abrió nuevas puertas para mostrar su habilidad y verdadera pasión.
Los fines de semana y días libres se convirtieron en la oportunidad perfecta para celebrar eventos de rolado en vivo. Un primer paso y homenaje a las enseñanzas de su padre, don Ulises Castillo, quien –cuenta– comenzó a vender cigarros en Cancún, Quintana Roo, y atraído por el arte que el producto encierra, se formó como torcedor.
A lo largo de los años fue perfeccionándose y se dio a conocer en distintos eventos organizados en la Ciudad de México y estados como Guanajuato, lo que más tarde le permitió crear su marca, Real Castillo. «Desde ahí tuve una conexión con este mundo. Trabajé mucho tiempo a su lado, y aunque tengo un enfoque diferente, mi base siempre ha sido él”.
Con base en constancia y paciencia, el joven Ulises logró hacerse de buena fama en Los Cabos, y eso le impulsó a dejar su trabajo en la hotelería para dedicarse únicamente a la elaboración de cigarros, ya fuera como torcedor en vivo o dentro del taller, para llevar sus productos al consumidor final. Además, organiza cursos, catas y demostraciones para que las personas puedan involucrarse y conozcan este arte tradicional.
Maestro Torcedor
Con el objetivo de rendir homenaje a quien le enseñó esta forma de vida, Ulises se propuso tener una marca propia bajo el nombre de Maestro Torcedor, pues refleja su concepto de negocio. Su vitolario consta de ocho cigarros de fortaleza suave a media, elaborados con tabacos mexicanos Negro San Andrés, Habana 2000 y Sumatra:
— Minipuro natural o aromatizado.
— Petit, 5 pulgadas, cepo 35.
— Robusto, 5 pulgadas, cepo 52.
— Torpedo, 5 pulgadas, cepo 52.
— Torpedo, 6 pulgadas, cepo 50.
— Churchill, 7 pulgadas, cepo 50.
— Churchill, 7 pulgadas, cepo 57.
— Robusto infusionado, Bolero Chocolate, 5 pulgadas, cepo 50.
También ofrece producciones limitadas en vitolas Doble Figurado, 6 pulgadas, cepo 60, y Perfecto, 5 pulgadas, cepo 50, así como una vitola Toro Especial con capas provenientes de Nicaragua y República Dominicana, además de una versión tricapa: Candela Ecuador, Habano 2000 y Maduro San Andrés.

Proyección a futuro
Enfocado en mantener un alto control de calidad que le permita ofrecer un buen producto, sin importar el clima seco de Los Cabos, Ulises no descarta expandir sus horizontes más allá del norte del país, donde actualmente tiene presencia en una tienda de café y puros, dos de tequilas y puros, un estanco y algunos complejos turísticos que lo contratan con su mesa de rolado para deleitar a los huéspedes.
Dice que no sólo se trata de que las personas fumen tabaco mexicano, sino que vivan la experiencia de ver cómo se elabora el producto y aprendan sobre su correcta degustación, cuidado y almacenamiento. “Procuro entregar mis cigarros frescos, en empaques herméticos para que se conserven de la mejor manera, porque muchos clientes no fuman en el momento, sino que se llevan el producto”.
Como parte del equipamiento de un pequeño taller, con apenas espacio para dos tabaqueros, se incluye un congelador en el que cada pieza se somete a un proceso conocido como “vacuna”, para prevenir la aparición del insecto endémico de la hoja de tabaco, conocido como broca.
Web: maestrotorcedor.com
IG: @maestro_torcedor
Face: Puros Maestro Torcedor

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