
Scott Anthony no es un autor más de crímenes reales; él ha vivido todo lo que escribe. Criado en las duras calles de Chicago, aprendió de primera mano las lecciones brutales de la supervivencia, pasando de ser un joven con problemas a líder de una pandilla, en un mundo marcado por el peligro, la lealtad y la traición.
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Blanca Czebouz
La Fumarosa
En la década de los 80, el crimen no era sólo una idea para Scott, sino un estilo de vida definido por el tráfico de drogas y robos violentos. Una década después, sus actividades criminales evolucionaron hacia una operación de contrabando de habanos que lo llevó a la capital de Cuba más de sesenta veces, moviendo millones de dólares en el mercado negro.
Cruces fronterizos, sobornos y peligro constante se convirtieron en su cotidianidad, hasta que la presión aumentó y logró huir del país, escapando de la justicia. Durante cinco años vivió como fugitivo, reconstruyendo su vida bajo identidades y documentos falsos, confiado en su instinto, disciplina y mentalidad de superviviente. Finalmente enderezó su camino y se estableció en México, donde abrió gimnasios, dirige empresas con cientos de empleados y maneja a peleadores de clase mundial.
Boxeador, kickboxer y artista marcial de toda la vida, además de estudiante devoto de Jiu Jitsu, Scott es ahora esposo y padre de ocho hijos. Como un antiguo forajido convertido en hombre de negocios, canaliza sus experiencias pasadas en historias apasionantes. Y aunque estos relatos parezcan sacados de una película, cada palabra que escribe es cierta: un testimonio de vida que las editoriales convencionales suelen ignorar.
A continuación, presentamos extractos del libro Confesiones de un contrabandista de habanos, de Scott Anthony.
La compra
Yo era un hombre con una misión y no tenía tiempo que perder. Tan pronto como regresé a México pregunté por ahí y finalmente hice mi primer contacto: Arturo Brigante, un cubano que vivía en este país y vendía puros a empresarios. Se presentó con su ayudante. Se portaba como un jefe: hizo un par de gestos rápidos y el chico fue al coche, regresando con dos maletas llenas de habanos. Todo lo que tenía eran 4 mil 400 dólares en efectivo. Le compré cuarenta cajas por 110 dólares cada una. Estaba dispuesto a arriesgarlo todo. Ese fue el comienzo.
El primer viaje de habanos
Al final del viaje, mis dos maletas estaban llenas. Tenía setenta cajas de auténticos puros cubanos que compré en La Habana; no había duda de su origen. Viajé hasta aquí estando bajo supervisión federal, arriesgando mi libertad y mi vida para ganar algo de dinero. Quería salir adelante y esta oportunidad se presentó, así que puedes estar seguro de que me lancé de cabeza.
Ahí estaba yo, frente al aeropuerto de La Habana, a punto de caminar hacia lo desconocido. Fuimos al mostrador y nos registramos; todo salió de forma suave y fácil. El proceso no fue rápido; hacían todo manualmente y tenían mucho cuidado de no dejar que ningún nacional escapara por el aeropuerto. Una vez registrados tuvimos que hacer fila para Inmigración. Era un muro de cabinas, sin forma de ver qué había más allá. Fue un trámite largo e íbamos casi tarde para nuestro vuelo. La aerolínea estaba anunciando nuestros nombres. Sabían que nos habíamos registrado, pero aún no abordábamos.
Había un puesto de control. Los agentes de Aduana hacían que todos pasaran sus maletas y pertenencias por una máquina de rayos X. Mientras salía de Migración y entraba en la sala de espera, escuchando mi nombre mal pronunciado por el altavoz, vi nuestras dos maletas facturadas allí, a la intemperie. Se veían fuera de lugar, simplemente mal. Puse sesenta dólares (tres billetes de veinte) dentro de mi pasaporte. Traté de no prestar atención a las maletas y esperé que esto fuera algo normal. No lo era.
Ahora estaba bajo presión. Mi vuelo estaba por salir y la Aduana me llamaba por el sistema de intercomunicación. Un hombre pequeño, de aproximadamente un metro cincuenta y unas 110 libras, de unos treinta años y con cara de pocos amigos, me llevó a una habitación. Fingí no hablar español; solo hablaba inglés. Se quedó desconcertado con mi pasaporte estadounidense y el efectivo dentro de él.
Cuando salí de la habitación, parecía que Eduardo necesitaba un cambio de pañal. Sonreí un poco y vi cómo dos agentes llevaban mis maletas de vuelta adentro. Subimos a un autobús. En aquel entonces no había pasillos de acceso directo, sólo autobuses que llevaban a todos a la pista, para abordar mediante escaleras.
Mi primer arresto en Cuba
Mientras buscaba un carrito de equipaje, un tipo joven se me acercó e intentó susurrarme al oído. Realmente no le entendí, porque aparentemente intentaba ser discreto. Pero escuché «Raúl» y «solo dos maletas». Estaba perdido. ¿Qué dijo? ¿Qué estaba pasando? Lo que creí que había dicho era que Raúl dijo que sólo viniera con dos maletas. Hice que la camioneta diera media vuelta y manejamos de regreso al departamento de Capi. Allí descargamos todo, excepto cuatro maletas: dos cada uno. Si el conductor de la camioneta no sospechaba antes, seguramente lo hacía ahora, y todo ese alboroto probablemente nos delató.
Regresamos al aeropuerto cuando ya estaba casi oscuro, pero todavía teníamos tiempo de tomar el vuelo, si todo salía bien. No había mucha fila en el mostrador de Mexicana de Aviación. Caminábamos hacia allá cuando sentí un toque en la espalda. Me giré y vi a Raúl. Le dije que todo estaba bien y que sólo teníamos dos maletas cada uno. Él estaba frío y distante; no me miró realmente, pero dijo: «No, no está bien. Mantén la boca cerrada y sígueme».
Varios agentes nos rodearon. Salimos por la puerta principal del aeropuerto y nos llevaron al área de llegadas, en el otro lado. Yo estaba tranquilo, pero alerta. ¿Qué carajos estaba pasando? Mis maletas estaban en una mesa en el área de aduanas, todas vacías: unas 125 cajas en exhibición para que todos las vieran. Parecía una montaña. Tenían expertos estudiándolas; había contadores presentes y todo era muy formal. Después de unas horas, estaba claro que no íbamos a tomar nuestro vuelo.
La odisea duró unas cuatro horas. Raúl finalmente dijo que retendrían nuestros pasaportes hasta nuevo aviso. Me dieron un número al cual llamar cada día. Eso fue todo. Permaneceríamos retenidos en la isla hasta que decidieran qué hacer con nosotros. Regresamos con Capi, quien nos esperaba nervioso. Tenía que irse, pero amablemente nos dejó quedarnos en su departamento, sabiendo que este era un desastre y podía explotarnos en la cara.
Puros «de la calle»
Dejemos una cosa clara ahora mismo: un puro es un puto puro. Es un montón de hojas envueltas de la manera adecuada para que queme correctamente; eso es todo. Si esas hojas crecen en Cuba, entonces tienes un puro cubano. Si una persona es un torcedor experto puede hacer un puro igual de bien, ya sea trabajando en su casa o sudando en la fábrica, usando hojas robadas o las que son propiedad del Gobierno. Las herramientas usadas para torcer un puro son simples, incluso primitivas y fáciles de conseguir.
Encontrar en La Habana exactamente lo que quería no siempre era sencillo. Ciertas marcas y vitolas solían escasear. En las calles, el cien por ciento de los puros eran robados o fabricados con productos robados. No es como si los tipos pudieran simplemente tomarme un pedido. Al cubano promedio no le importaban un bledo los puros, sino comer. Vendían cualquier marca que tuvieran en su poder. Tenía al menos cincuenta fuentes diferentes a las cuales comprar, con nuevos tipos ofreciéndome tratos cada día, pero yo necesitaba calidad. Esa era la parte difícil. Me convertí en un conocedor del habano. A medida que yo evolucionaba, también lo hacía el mercado de los puros. Necesitaba lo mejor, y en las calles eso no era fácil. Podías encontrarlos, claro, pero sólo con persistencia y buen ojo. Algunas marcas eran casi imposibles de conseguir, tanto en la calle como en las fábricas.
Lo que la mayoría de la gente no quiere oír es que han comprado y fumado puros de la calle, aunque los puros de la calle y los de fábrica suelen ser la misma puta cosa. Siento romperles la burbuja, pero si han fumado habanos, las probabilidades de que hayan fumado «puros de la calle» son cercanas al cien por ciento.
Por la razón que sea, me molestaba vender «puros de la calle» a mis clientes. No debería haberme importado, pero así era. Siempre he tenido un cierto tipo de honor. Prefiero ponerle una pistola en la cara a alguien para robarle, que estafarlo. No me gustaba mentir y timar para ganar dinero. Si los puros están bien armados (no es neurocirugía), no hay un fumador en el mundo que pueda notar la diferencia, ni uno solo. Pero las ganancias eran mucho más altas que con los puros de fábrica y el inventario era mucho mejor. Ese es el atractivo para tipos como yo, de todo el mundo.
Por eso tanta gente contrabandeaba y vendía puros de la calle: las malditas ganancias estaban fuera de serie. Imagínate sacar una caja de las calles de La Habana por veinte dólares y revenderla por mil en Estados Unidos. Ese tipo de margen no sólo te da dinero, se te mete en la sangre. El atractivo, además del efectivo, era la persecución, el ajetreo y la sensación de vencer al sistema. La adrenalina era tan fuerte, que hacía que cada riesgo valiera la pena.
El gran arresto
Tenía que pasar por Inmigración y Louie fue conmigo. Estábamos afuera y no había absolutamente ninguna forma de ver al otro lado. Estábamos atrapados, esperando. El tiempo apenas avanzaba. Por un momento se sintió como si el tiempo se hubiera congelado. La aerolínea ya estaba abordando y nos arreaban hacia el autobús que nos transportaría al avión.
Por un lado del puesto de seguridad salió un agente de aduanas cargando dos de las maletas. Al mismo tiempo, escuché a Antonio gritar: “¡Scott!, ya valió madre todo”.
En ese momento, Eduardo pasó por las puertas de Inmigración, atravesó seguridad, vino directo hacia mí, y dijo: “Quieren las facturas”. Yo tenía las facturas e intenté dárselas, pero la gente de la aerolínea me estaba literalmente jalando, arrastrando y empujando para sacarme de allí.
No dije una palabra. Subí al autobús y, en ese momento, Eduardo corrió hacia el vehículo. Parecía que quería llorar: “¡Dame las facturas!”.
Habían pasado tres semanas desde mi incidente en el aeropuerto de La Habana. Antonio y Eduardo habían regresado y recuperaron algunas maletas sin problema, pero todavía me quedaban muchas maletas allá.
El avión que estábamos abordando era de los que tienen las escaleras en la parte trasera; una escalera larga y estrecha en la que avanzaba ganando tiempo. Realmente estaba sufriendo, porque ellos seguían empujándome y me dijeron, una vez más: “No sabes la suerte que tienes de irte, NO SEAS ESTÚPIDO”. Le había dicho a Louie: “Oye, regresa allá con ellos”, pero él dijo: “Vete al carajo, no hay forma de que yo regrese”. Mientras el avión carreteaba pudimos ver el alboroto en el aeropuerto. Luego los vimos subirse a coches y jeeps. Venían a por nosotros al avión. Luis y yo observamos mientras despegábamos por la gracia de Dios. Íbamos de regreso a la Ciudad de México: sólo nosotros dos… pero sin puros. Acababa de perder 400 cajas de puros y un montón de maletas. Joder.
***
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IG: SCOTTANTHONYOG
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