
Entre montañas, desierto y la nobleza de quienes habitan mi estado, comenzamos la primera columna de este 2026. Norteña de corazón, Chihuahua representa, sin duda, el significado más noble de la palabra «origen». Como los inicios de año nos llevan a reconectar, este viaje marca la unión entre mis raíces y el amor hacia mi familia; así como el tabaco cubano representa el origen y el amor de todo un país por su emblema nacional: el habano.
Lee en la revista (gira tu dispositivo para mejor experiencia de lectura):
Sofía Ruiz
Máster Habanosommelier
Madrid, entre humos
Fundado el 6 de julio de 1824, Chihuahua es el estado más grande de los 32 que conforman el territorio mexicano. Con más de 247 mil kilómetros cuadrados, se divide en 62 municipios y su territorio es tan vasto que abarcaría media España, o países enteros, como Rumania, y hasta más de dos si sumamos, por ejemplo, los territorios de Austria e Irlanda.
Frontera con Estados Unidos –principalmente Texas–, siempre se vive con “el otro lado” presente (como los habitantes de las regiones fronterizas denominan al país vecino). Vivir y crecer aquí genera una cultura mixta que entrelaza las costumbres de allá y de acá.
Aún recuerdo mis navidades, corriendo el 25 de diciembre porque Santa Claus llegaba con los regalos y el pavo estaba listo para el recalentado, mientras que el 6 de enero, el Día de Reyes, a la mayoría de los niños nos llegaba carbón, ya que esa tradición y fiesta se vive más en el centro y sur de México.
Encendemos el primer habano de 2026 en Casa Chihuahua, un museo ubicado en pleno centro histórico de la ciudad capital, del mismo nombre, dedicado a conservar y difundir la historia de este gran territorio. Entre las paredes y techos de un edificio de estilo europeo surgido de una escuela de la época colonial, comencé un recorrido que me llevó a valorar aún más mis raíces e identidad chihuahuense.
Siempre he comentado que la gente del norte de México somos como su clima: extremo, muy similar a la ciudad de Madrid, con veranos de calor intenso e inviernos fríos con nevadas. Somos cálidos y abrazadores, pero también nos enojamos con facilidad y explotamos como un perro chihuahua; raza que, por cierto, tiene su origen precisamente en nuestra Sierra Tarahumara.
Sobre algunas paredes del museo se proyectan videos que muestran los diferentes climas y zonas del estado. El desierto, emblemático, se encuentra entre las sierras Madre Occidental y Madre Oriental, y es el más grande de Norteamérica, pues se extiende hacia Nuevo México, Arizona y Texas.
El desierto es duro. Sin embargo, no es un lugar carente de vida, pues lo habitan aves, reptiles y roedores, principalmente. La zona más turística o conocida son las Dunas de Samalayuca, donde se practican deportes como el sandbording o surf en arena, cuyas competencias congregan, sobre todo en Semana Santa, a muchos locales y turistas.
La escasez de agua es un factor constante, sobre todo para la ganadería, una de las principales actividades económicas del estado. Durante el año se tiene una precipitación pluvial media de 200 milímetros.
Los videos incluyen zonas arenosas y montañosas como el Cañón de Santa Elena, el Cañón del Pegüis y la mina de Naica.
Los orígenes del estado nos remiten a la gran Sierra Tarahumara. Las culturas prehispánicas de México se dividían en dos regiones: Mesoamérica (asentamiento de las civilizaciones más importantes, como la Maya y Azteca) y Aridoamérica, donde a pesar de las condiciones climáticas extremas y sus suelos pocos fértiles, se desarrollaron algunas de las primeras civilizaciones del territorio.
En Chihuahua existen cuatro pueblos originarios: Ódami (tepehuanos del norte), O’ob (Pima), Ralámuli o Rarámuri (Tarahumara) y Warihó (Guarijío). Distribuidos en la Sierra Tarahumara, que en el poniente del estado abarca 64 mil kilómetros cuadrados, cada uno tiene su propio idioma, territorio y leyes de usos y costumbres.
La etnia de los Tarahumaras es la más representativa. Ataviados con sus hermosos y coloridos trajes, reflejan también mi origen familiar. Mi bisabuelo, oriundo de Batopilas, un pequeño poblado entre dos barrancas, perteneció a este pueblo, cuyo nombre significa en español «pies ligeros».
Su gente es famosa por recorrer grandes distancias y algunos han destacado en maratones internacionales. Un ejemplo es la gran María Lorena Ramírez, quien corre en huaraches y ha ganado competencias como el Gran Ultra Trail Cerro Rojo, y en 2025 fue la primera mujer indígena en recibir el Premio Nacional del Deporte. De hecho, Netflix produjo un documental sobre su historia.
Aunque ellos no corren sólo por un premio. Entre los acantilados y veredas interminables de esta zona montañosas, lo hacen para sobrevivir y perpetuar su cultura y tradiciones.
Las civilizaciones antiguas lograron subsistir gracias al tipo de construcciones que desarrollaron y la ocupación de cuevas. Una de las zonas arqueológicas más conocidas es Las 40 Casas, un sitio esplendoroso de la cultura de Paquimé (1205-1260 d.C.) en la región de Casas Grandes. No hay certeza sobre la época en que se habitó el lugar, pero algunos vestigios sugieren la presencia humana desde más de 12 mil años atrás.
Aún se pueden ver las construcciones en el interior de las cuevas: casas muy pequeñas que les protegían del frío extremo.
Tras recorrer estas salas pensé en nuestra evolución como sociedad, tanto para bien como para mal. Por una parte, hemos logrado un mundo conectado gracias a la tecnología, pero también somos una sociedad más egoísta, centrada en sí misma en esta jungla tecnológica llamada Internet.
En la antigüedad, para sobrevivir era necesario trabajar en equipo. ¿Qué tal si, para este año, nos planteamos evocar este principio de alguna manera? Tal vez cada uno de nosotros aporte su granito de arena y logre cerrar el año con otra perspectiva y un sentimiento de empatía (una palabra que hoy es muy difícil de llevar a la realidad).
Si visitas Chihuahua, no pierdas la oportunidad de recorrer la Sierra Tarahumara, de maravillarte con el parque de Las Barracas del Cobre, descubrir la Cascada de Basaseachi, la más grande de México, y de pasear por el lago de Arareco. Estos sitios muestran el alma y espíritu de la sierra.
El siguiente espacio del museo me llevó al encuentro del Viejo Continente. Los europeos llegaron en 1530 y el primer español en tener contacto con esta región fue Álvar Núñez Cabeza de Vaca, quien en sus crónicas describió la riqueza mineral que observó a su paso, y a partir de entonces el estado adquirió una identidad con base en esa industria.
Tenía cierta noción sobre la importancia de la minería para la ciudad, pero ignoraba que algunos pueblos se desarrollaron debido a ello. Ciudades como Santa Bárbara, San Francisco del Oro y la más conocida, Hidalgo del Parral, que debe su fama a la Mina La Prieta, llamada así por su gran producción de plata, que le valió fama internacional.
Pero otro personaje puso a Hidalgo de Parral en el mapa histórico. José Doroteo Arango Arámbula, mejor conocido como Pancho Villa –muerto durante una emboscada en esta ciudad–, caudillo emblemático de la Revolución Mexicana; hombre valiente que, al son de las armas, levantó al norte del país en el movimiento social que derrocó al dictador Porfirio Díaz.
Por ello digo que las personas del norte de México somos fuertes, resistentes y de carácter intenso.
Al terminar de recorrer el primer piso me dirigí al sótano, para explorar el corazón de Casa Chihuahua, donde a propósito de personajes representativos, tras un camino oscuro entre muros de piedra está un cuarto pequeño donde estuvo preso don Miguel Hidalgo y Costilla, padre de la Independencia de México, poco antes de su fusilamiento por tropas realistas, el 30 de julio de 1811.
Aquí se mantienen algunas pertenencias y documentos del prócer, así como dos reproducciones en bronce de los versos que escribió con un trozo de carbón sobre una pared, la víspera de su muerte, agradeciendo las atenciones de sus carceleros. También están un crucifijo y el catre, la mesa y el candelabro utilizados por el cura.
Chihuahua no es tan conocido internacionalmente, a diferencia de Cancún, Guadalajara o la Ciudad de México, pero ha sido cuna y refugio de grandes hombres que han forjado la historia del país. Por ello, las personas del norte llevan en el alma y en los ojos una luz que brilla en momentos de resiliencia.
La cultura local se refleja en la vestimenta, las costumbres y el estilo de vida. La ganadería, motor de la economía, conlleva la tradición del “estilo vaquero” del norte. Aún recuerdo llegar a casa y ver a mi papá por la tarde, con sus botas, o a mi abuelo, con su sombrero, al ir a misa los domingos.
La ganadería en este territorio se remonta al siglo XVI, cuando Cristóbal Colón introdujo en América los primeros ejemplares de ganado caballar, bovino y caprino. A partir de 1519 se inició la expansión ganadera y durante los siglos XVII y XVIII las misiones jesuitas consolidaron esta actividad que mantiene a Chihuahua como primer exportador nacional de ganado bovino.
La base de la producción ganadera se conforma por un hato de más de un millón de vientres y 19 municipios aportan 78 por ciento de la producción. Principalmente le ha favorecido el mercado de exportación y la vecindad geográfica con Estados Unidos, cuyo mercado ha orientado a los productores hacia la cría de ganado de buena calidad genética.
Existe una fiesta cumbre de la ganadería en el estado y su cultura vaquera: Expogan, que reúne a la sociedad chihuahuense en exposiciones de ganado, rodeo, juegos y conciertos musicales. Eso sí, todos con vestimenta de cowboy o western, que precisamente surgió en la frontera Chihuahua-Texas.
Una sala de Casa Chihuahua muestra la colección de cuadros Alma de Tierra y Tradición, de Beda Jáquez, quien plasma la vida del campo y la ganadería, así como la identidad de los vaqueros: figuras que se convierten en símbolo de nobleza y perseverancia, descritas en las frases siguientes:
“Entre polvo, sudor, y coraje, el vaquero no se detiene. El lazo gira, el caballo responde y la mirada anuncia que ya está listo. En el ruedo no hay pausas ni esperas: cada instante exige decisión. El vaquero sabe que siempre habrá un nuevo reto, una nueva presa, un nuevo horizonte”.
Cargada de emociones y recuerdos, salí de esta gran casona y cerré este recorrido por mis orígenes en casa, rodeada de la familia, motor de mi vida. La noche me atrapó y elegí acompañarla con humos que reflejaran esa misma intensidad. ¿Qué mejor que la liga fuerte de Partagás? En cada calada de un Mille Fleurs disfruté de los sabores amaderados y especiados de un habano que se presenta franco en boca y anuncia la llegada –sobre todo hacia el último tercio– de la candela del sabor cubano.
Su carácter y fuerza me recuerdan la mirada de los chihuahuenses, mis raíces… Y como dice la canción: «Cómo me gustan los ojos de esa morena / Nomás los miro, se me regocija el alma / Allá nos vemos por las calles de Chihuahua…».
Suscribe to our Newsletter






