Puglia, Italia: El viaje se enciende al regresar

Viajar… sin duda alguna, es la palabra –o mejor aún–, la acción que todos deberíamos realizar por lo menos una vez en la vida. Implica aventurarnos a descubrir paisajes, disfrutar de una gastronomía diferente y, por supuesto, vivir parte de la magia de cada destino.

Un viaje se emprende de distintas maneras: cuando lo planeas, cuando lo haces y cuando lo recuerdas, que considero su momento cumbre. Es como el tabaco Negro cubano, que una vez que lo enciendes comienzas a descubrir a qué sabe un país, percibir el aroma de los cuartos de fermentación y, ¿por qué no?, viajar junto a la evolución de los tercios de cada vitola.

Siempre he dicho que no es lo mismo el primer tercio que el último, cuando el tabaco alcanza su punto máximo y resulta imposible dejar de fumarlo.

Sofía Ruiz

Máster Habanosommelier

El aterrizaje del avión en el aeropuerto de Bari-Palese Karol Wojtyła, en Italia, es una de las aproximaciones más bellas que he disfrutado, ya que se encuentra a un costado del mar Adriático, que forma parte del mar Mediterráneo.

Esta aventura me llevaría a recorrer una de las regiones gastronómicas más ricas de ese país: Puglia, famosa por su vino y el buen comer. Un binomio que después se convertiría en tríada, sumando los humos del tabaco Negro cubano, representados por un Montecristo de formato pequeño, pero con toda la liga e identidad que distingue a esta marca emblemática.

Una vez fuera del aeropuerto, el siguiente paso fue tomar el tren hacia la ciudad de Monopoli; un trayecto de aproximadamente 40 minutos entre campos llenos de vides y, al fondo, el azul celeste del mar: destellos de la espectacularidad del sur de Italia.

Sobre la llanura marina, Monopoli debe su posición estratégica sobre el Adriático a la sucesión histórica de pueblos y culturas. Centro comercial y puente entre Oriente y Occidente, a lo largo de los siglos ha visto el paso de cretenses, bizantinos, normandos, españoles y venecianos. Su nombre proviene del griego monos y polis, y se extiende a lo largo de 15 km de costa baja.

Pero ocurrió un percance… Llegados al hotel, cansados pero deseosos de salir a disfrutar de esas calles antiguas y casitas blancas, se extravió –perdimos, o alguien tomó– una bolsa; hecho que después acompañó de risas el viaje, pues supuestamente contenía nuestros pasaportes.

¿Cuántas veces no hemos olvidado un encendedor o el cortador durante un viaje? Aunque en esta ocasión terminamos movilizando a la gente local y buscando por los alrededores del hotel. Total, que terminamos con un policía que no entendía palabra en inglés, con quien nos comunicamos a señas y luego con un traductor de por medio.

Sin embargo, de todo se aprende y al final, las penas con humo, comida y vino siempre son menos. Lo cierto es que uno nunca regresa igual de un viaje, tal y como ocurre con un tabaco: por más que hayas disfrutado su sabor en varias ocasiones, su alma, artesanal, siempre nos dará cambios en sus notas organolépticas y en su evolución.

Terminada esta tragicomedia italiana recorrimos el casco antiguo de Monopoli. ¡Qué sitio! Su arquitectura medieval es característica de iglesias y conventos, y la influencia de la religión es tal, que en un templo encontramos una exposición de momias del siglo XX.

La ciudad, con pequeños callejones, casas blancas de estilo mediterráneo y algunas villas con aire neoclásico sirvieron de preludio a una bella trattoria que enriqueció nuestra memoria gastronómica con pastas caseras, ensaladas crujientes y el vino de la casa. Pero hubo más… El encargado del lugar, entusiasmado, nos ofreció el mejor cannoli de pistacho que he probado nunca; un postre que recordaré como La Dolce Vita.

Luego, la caminata continuó y disfrutamos de balcones llenos de flores y encontramos tiendas de ropa, artesanías y vino. Precisamente desde uno de esos locales, mirando a lo lejos, nos atrapó una pequeña venta con vistas al puerto, que nos llevó hasta un bar de estilo medieval.

Ahí reímos ante la “desgracia”, pues todos los planes que urdimos para recuperar los pasaportes se disolvieron entre una copa de tinto y un prosecco, frente a una vista con aire marinero, barcos de pescadores y otras estampas.

El puerto de Monopoli despierta asombro, pues se adentra en el centro histórico y sus muelles permanecen flanqueados, desde la Edad Media, por edificios. Sin embargo, esta condición o apertura al mar permitía incursiones que exigieron obras de defensa, entre las que destaca un enorme castillo ubicado en el promontorio de Punta Penna.

En el siglo XVIII, la riqueza producto del comercio permitió reconstruir numerosas iglesias, como su catedral medieval, transformada en uno de los mejores ejemplos del barroco en las tierras de Bari.

La noche cayó junto con nuestra energía y el tour gastronómico concluyó con una de las mejores burratas del viaje; un cielo estrellado, como sacado de una postal, y un Montecristo Short, que nos recordaron que viajar es dejar atrás y renovar a la persona que bajó del avión… Así como el tabaco Negro cubano, que cambia en su carácter y evolución calada tras calada.

Como colofón, basta decir que al día siguiente los pasaportes aparecieron en la bolsa respectiva, que no se había extraviado, sino que estaba en el interior de otra bolsa. Otro momento para recordar…