
Siempre nos quedará Madrid
Master Habanosommelier
La cita estaba acordada desde hacía un tiempo. La fecha por fin llegó después de años y varias montañas rusas en la vida. Madrid y yo nos volvíamos a encontrar. La primera vez que nos vimos yo estaba descubriendo el mundo y la ciudad, conociendo mis sueños e ideas.
El origen de Madrid se remonta a la mitad del siglo IX, cuando el emir Muhammad I mandó construir una fortaleza a la orilla del río Manzanares, bajo el nombre árabe de Mayrit –palabra de la que provienen las variaciones sobre la denominación de la actual capital española–, que según diferentes textos árabes significaba “fuente, cauce o lecho de río” (el desarrollo de la entonces villa la torceremos en otra ocasión).
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Entre la multitud, nutrida de cientos de paseantes y turistas sorprendidos, nos reencontramos en la Puerta del Sol. Vaya que hemos cambiado, pero la fuerza del destino –con entonación de la famosa canción de Mecano– «nos hizo repetir…».
Sin duda, esta plaza es uno de los sitios más emblemáticos de Madrid; un punto de celebración donde cada 31 de diciembre suenan las 12 campanas para recibir el año nuevo. En espera de mi acompañante, me dediqué a observar las edificaciones que circundan el lugar.
«Sol», llamada así por los locales, se edificó al estilo de la arquitectura barroca que caracteriza todo el centro de la capital. En sus orígenes, La Puerta del Sol fue uno de los accesos de la muralla que rodeaba a Madrid en el siglo XV, y su nombre se debe a un sol que adornaba la entrada, colocado ahí por su orientación hacia El Levante.
Es recomendable, al conocer este espacio, colocarse en el centro y mirar hacia todas las esquinas y callejones. Pueden verse pequeños balcones con flores colgantes y sentir a la ciudad verdadera: una mezcla entre lo antiguo y la modernidad, de cuyas calles empedradas sobresalen los letreros de las tabernas que ofrecen el típico bocadillo de calamares.
La plaza alberga la Casa de Correos –sede actual de la Presidencia de la Comunidad de Madrid–, cuya construcción inició a mediados del siglo XVIII. Un reloj enmarcado en color rojo destaca en lo alto de la torre del edificio.
Minutos después mi acompañante arribó. Majestic accedió a tomarse unas fotografías para conservar el momento y nos dirigimos a la famosa estatua de El Oso y el Madroño. Existe, entre los viajeros, la tradición de tocar la cola de la figura animal y pedir un deseo. Ignoro si en realidad da suerte, pero es un emblema y representa el escudo de la ciudad (el oso alude a las batallas en la época de Alfonso VII).
Si a la plaza se llega en Metro –la mejor opción–, al salir por las escalinatas se encuentra la imponente figura ecuestre de Carlos III, considerado el mejor alcalde de la ciudad. Obra de los escultores Eduardo Zancada y Miguel Ángel Rodríguez –los madrileños seleccionaron su ubicación–. En el pedestal se relatan sus logros, inscritos en un tamaño de letra que no todos alcanzan a leer. Son como las letras pequeñas de la vida, que nos permitirían evitar problemas si les prestáramos atención.
Antes de emprender camino dimos una última mirada a esta postal. Sin duda, la vista me condujo hacia el popular letrero de Tío Pepe, pues me confieso enamorada del vino de Jerez y considero que este fino es uno de los productos más famosos de la zona.
Debimos abrirnos paso –porque vaya que Madrid vibraba ese sábado por la tarde–, hasta llegar a la Calle Mayor. En este punto, H. Upmann Majestic y yo nos presentamos un poco más, con un corte y un fuego breve que nos regaló los primeros humos. La personalidad del tabaco surgió, dejando entrever su fortaleza suave a media desde las primeras caladas.
La historia de esta marca se remonta a 1840, cuando un financiero alemán de nombre Herman Upmann emigró a La Habana, Cuba, con el objetivo de fundar un banco. En aquella época se incrementó en la isla la presencia de extranjeros, principalmente europeos, en busca del famoso oro cubano, como se conocía al tabaco.
Caña de azúcar y tabaco representaban las dos principales industrias cubanas, pero la segunda fue tan importante que se creó La Aristocracia del Humo, que otorgaba títulos nobiliarios a los inversionistas. Ejemplos de ellos son el Marqués de Pinar del Río y el Marqués de Rabell.
Hacia 1844, Herman Upmann registró oficialmente la firma de tabacos H. Upmann, una de las marcas más reconocidas en la actualidad en el nivel internacional, tanto por aficionados como por expertos. Como parte del portafolio de Habanos, S.A., cuenta con uno de los vitolarios más amplios dividido en tres líneas: Clásica, Magnum y Connossieur.
Entre estos pasados y presentes, mi acompañante y yo nos topamos con las tiendas de la Calle Mayor: El Museo del Jamón –conocido también como el Templo del Jamón– y la confitería El Riojano. Sin duda, una vereda típica madrileña que vale la pena recorrer a conciencia para ver a detalle los típicos imanes, llaveros y abanicos con la insignia de Madrid que exhiben los aparadores.
Tras una caminata en línea recta, las notas ligeramente herbáceas y el humo delicado proveniente de un cepo 40 comenzaron a tomar volumen e indicaron que había llegado a mi destino. ¿Qué decir de la Plaza Mayor? Resulta similar a cuando fumamos nuestro primer tabaco: un recuerdo que llevamos en el corazón y enmarcamos en nuestras anillas.
Junto con Majestic ingresé por uno de los nueve arcos de este espacio imponente, con sus característicos balcones blancos y un rojo de fondo. Construido bajo la dirección de Juan de Herrera y Juan Gómez en 1617, se cimentó sobre el solar de la antigua Plaza del Arrabal –donde a finales del siglo XV se encontraba el mercado más popular de la villa–, cuando Felipe II trasladó la Corte a Madrid.
Durante el recorrido de sus 129 metros de largo y 94 de ancho hice una pausa con el Habano, pues toda plática requiere de ciertos momentos de silencio. Me dediqué entonces a recorrer algunos puntos interesantes que custodian los arcos.
En el centro se ubica la estatua de Felipe III, creada por Juan de Bolonia y Piedro Tacca; regalo del Duque de Florencia. Aunque rodeada de turistas tomándose fotografías, debido a su tamaño es fácil de reconocer. Si uno se coloca frente a ella y baja el celular al pie, se obtiene una linda foto de la cara principal de la Plaza Mayor.
En el lugar destaca la fachada barroca de la Casa de la Panadería, nombrada así por haber albergado en su planta baja La Tahona General de la villa. Data de 1590, y aunque sufrió varios incendios, ha sido sede de La Real Academia de las Bellas Artes de San Fernando, La Real Academia de la Historia, y actualmente del Centro de Turismo de Plaza Mayor.
Los murales sobre su fachada son resultado de una renovación a cargo del artista Carlos Franco –se pintaron originalmente por Enrique Guijo, en 1914–, y recrean el origen barroco de la plaza y del edificio, con alusiones a Cibeles, venerada en las antiguas Grecia y Roma como diosa de la naturaleza y la fertilidad.
Con el atardecer retomé la fumada y caminé frente a las tabernas, tiendas y locales… Reencendimos en el segundo tercio, cuando el Habano llegó a ese momento en el que la personalidad de cada tabaco se proyecta tanto en aroma como en boca. Era fundamental hidratar el paladar para seguir disfrutando de los buenos humos, y qué mejor que una copa de Albariño, un vino de aromas frutales, fresco en boca, que equilibra las notas a pan y heno del habano. La uva para este vino es de origen español y se cultiva específicamente en la zona de Rías Baixas, en el norte del país.
Conforme la fumada avanzó, el humo se hizo más denso. Y aun cuando la capa –debo reconocer– no estaba en su mejor condición debido al frío, disfruté de una fumada cremosa que corresponde a su vitola de galera: Cremas. Un tabaco con una longitud de 140 mm, acidez equilibrada y astringencia ligera.
Las mesas a mi alrededor comenzaron a llenarse de personas que seguían disfrutando de la Plaza Mayor, y dediqué los últimos minutos de la fumada al disfrute del momento… Si, como reza la frase emblemática de la película Casablanca, “Siempre nos quedará París”, en mi caso «Siempre me quedará Madrid», con sus albariños, atardeceres y humos.






