
El verano toca a la puerta en Madrid y, junto con él, los primeros rayos de luz nos transportan a un estado de ánimo casi mágico. Las personas sonríen y en sus ojos aparece ese brillo que, muchas veces, el crudo invierno hace desaparecer.
Sofía Ruiz
Máster Habanosommelier
Es ese brillo que surge cuando sientes cómo se enciende en el alma la chispa del romanticismo; el mensaje de «buenos días» que te dibuja una gran sonrisa; ese estado natural de rebeldía que aflora al encender, desde una terraza, un arte que se expresa entre cenizas y humos cubanos.
Sobre el amor y las improntas que deja en la vida no sólo se ha escrito; se han creado grandes obras, e incluso se ha definido a toda una época en la historia del arte. Así que decidida a descubrir hasta dónde puede llegar este sentimiento, me pregunté si el amor también evoluciona, al igual que un habano. Encontré la respuesta en la calle San Mateo 13, en pleno centro de Madrid.
Hablo del Museo del Romanticismo, un clásico de la capital española, a cuyas puertas llegué acompañada de un Romeo y Julieta Wide Churchills. Se trata de un palacete que enamora a primera vista, pues el rojo intenso de su fachada llena los ojos de una sensación cálida, casi romántica, incluso antes de cruzar el umbral.
Al ingresar al recibidor me transporté a mediados del siglo XIX, cuando los aficionados a los buenos humos portaban guantes blancos y sostenían sus habanos por las anillas –conocidas en España como vitolas–, en un gesto tan elegante como distinguido. Fue entonces cuando las primeras anillas se colocaron para vestir al tabaco negro cubano, convirtiéndose no sólo en un elemento funcional, sino en símbolo de refinamiento y prestigio.
Este espacio fue creado por el marqués Benigno de la Vega-Inclán y Flaquer, gran impulsor del turismo en el país, quien en 1921 donó al Estado un conjunto importante de cuadros, muebles y objetos de su propiedad, que había presentado ante un publico cercano como anticipo de lo que sería el futuro museo.
La apertura del sitio, en 1924, tuvo por base las colecciones de cuadros de su fundador, que más tarde se complementaron con obras del pintor Leonardo Alenza y objetos pertenecientes a grandes literatos, como Mariano José de Larra y José Zorrilla, entre otros personajes.
Al subir las escaleras blancas vestidas con una alfombra roja, el primer piso te recibe con una colección de cuadros correspondientes al movimiento romántico de la época. Rostros melancólicos, personajes seductores y, en ocasiones, marcados por un sutil pesimismo, muestran el genio del artista, capaz de ofrecer una mirada íntima hacia un pasado idealizado: el espíritu del Romanticismo.
Cada obra parece recordarnos que el amor, la nostalgia y la pasión no son sólo sentimientos, sino formas de contemplar el mundo.
La primera parada es en la Sala de los Costumbristas (Sala VIII), donde se expone una de las obras icónicas del Romanticismo español: Sátira del suicidio romántico por amor (hacia 1839), de Leonardo Alenza. La sala alberga también algunos retratos de la infancia de Isabel II.
Al avanzar entre los cuadros, como quien avanza por las distintas etapas del amor, me detuve frente a una obra que me impactó profundamente. Creo que la mirada melancólica de María Luisa Fernanda de Borbón, duquesa de Montpensier, encontró el camino hacia mi alma de una manera difícil de explicar.
El retrato revela la amplitud de matices con los que el arte puede expresarse. Sus tonos grises parecen dialogar con la ceniza de un habano: en el primer tercio, los matices más claros comienzan a formarse lentamente, como una ceniza en construcción, delicada y prometedora. Es el instante en que tanto el arte como el amor empiezan a revelar su verdadera profundidad.
La primera sala es sutil. Poco a poco nos muestra las características de una época y el movimiento artístico que encontró en las emociones su máxima expresión. Así sucede también con el amor: las primeras citas son los bocetos iniciales, que muestran pequeñas señales de quiénes somos realmente.
De manera similar, el primer tercio de un habano nos entrega en sus primeras notas aromáticas y de sabor el preludio elegante del carácter inconfundible del tabaco cubano. Nada se revela de inmediato; tanto el amor, como el arte y el habano, requieren de tiempo para desplegar su esencia.
Durante el recorrido descubrí una rica colección de esculturas, artes decorativas y fotografías que retratan la sensibilidad de la época. Entre todas ellas, captaron especialmente mi atención varios abanicos que representaban escenas de la vida cotidiana del siglo XIX. Cada uno parecía contar una historia, reflejando costumbres, aspiraciones y formas de entender el mundo.
Aquellas piezas me recordaron inevitablemente al universo de las anillas de los habanos. Del mismo modo que los abanicos ilustraban la vida de su tiempo, los talleres litográficos de marcas como Romeo y Julieta, fundada en 1875, llegaron a producir miles de diseños que reflejaban las tendencias estéticas, los personajes célebres y el estilo de vida de la época. Más que un simple adorno, eran pequeñas obras de arte que acompañaban la experiencia de fumar; un testimonio de la historia.
Como la famosa flecha de cupido, se cruzó en mí un techo que sin voltear me enamoró. La obra es Ángeles con instrumentos musicales, es un óleo elegante y delicado que representa a cuatro querubines suspendidos sobre un cielo azul cubierto de nubes. Dos de ellos tocan un violín y una mandolina, mientras que otros dos sostienen una partitura, sugiriendo una temática celestial.
Nada como la música para enmarcar esos momentos de reflexión entre humos que todos hemos tenido… Alguna melodía que nos recuerde la tristeza de un viejo amor, o nos haga vibrar con las mariposas de la ilusión del comienzo de un romance.
Bajo el característico color rojo y las medallas de oro que adornan el emblema de Romeo y Julieta, descubrí una curiosa coincidencia histórica: durante el auge del Romanticismo también florecieron las grandes exposiciones internacionales dedicadas al tabaco. Ciudades como París y Amberes acogían prestigiosas ferias en las que se exhibían las novedades de una industria que vivía una auténtica edad de oro.
Y fue precisamente desde París, la eterna ciudad del amor, donde mi Wide Churchills y yo continuamos nuestro recorrido hasta la que, a mi juicio, es la sala más imponente del museo. Habíamos llegado al segundo tercio de esta experiencia, ese momento en el que tanto el habano como el amor alcanzan su mayor equilibrio y profundidad.
Al cruzar el umbral de la Sala IV quedé rodeada por una extraordinaria galería de retratos que reflejan el esplendor de la España romántica. En sus paredes pueden contemplarse obras de destacados artistas como José Gutiérrez de la Vega, Ángel María Cortellini, Francisco Lacoma y Fontanet, Antonio María Esquivel y Federico de Madrazo, entre otros. Los retratos de Isabel II, del infante Francisco de Paula y de diversas figuras de la aristocracia y la burguesía de la época parecen observar al visitante con una mezcla de solemnidad, elegancia y misterio.
En este segundo tercio del recorrido las emociones adquieren una mayor intensidad. Al igual que ocurre con un habano bien construido, los matices se vuelven más complejos, los aromas más definidos y la experiencia más profunda. Además, había una serie de colecciones de artes decorativas como un reloj y parejas de floreros de porcelana estilo Viejo París, siglo XIX, y jarrones de porcelana en blanco y azul.
En el centro de la habitación, fastuosos vestidos de noche son parte de la exhibición invitada, Ecos de la Moda, que muestra colecciones de alta costura de diseñadores como Balenciaga, Pertgartz, Pedro Rodríguez o Bibian Blue, que destacan en la moda de los siglos XX y XXI, y buscan reinterpretar el romanticismo.
Como ocurre con el segundo tercio de un buen habano, en el que sabores y aromas alcanzan su máxima expresión –emergen con claridad las notas tostadas, el cedro, las especias, la tierra mojada e incluso los matices de cacao–, el recorrido por las siguientes salas se vuelve más intenso y revelador, desplegando ante el visitante toda la riqueza del Romanticismo.
Aparecen colecciones de vajillas de cerámica que acompañaron la vida cotidiana de la época y cuadros en los que se exalta el arte de la tauromaquia, una tradición profundamente arraigada en la cultura española y todavía muy presente en Madrid.
Poco a poco comenzaba a anunciarse el final del recorrido. Al recorrer las salas dedicadas a los costumbristas andaluces, la literatura y los antiguos dormitorios del palacio, la sensación fue similar a la de acercarse al último tercio de un habano: una etapa de reflexión, en la que cada detalle adquiere un significado especial.
Entre estancias cargadas de historia y emoción, el museo revela parte de las más de 17 mil piezas que conforman su colección. Cada objeto, cada cuadro y cada mueble contienen una historia, recordándonos que el Romanticismo, más que una corriente artística, fue una manera de vivir, sentir y comprender el mundo.
Entre los ecos del Romanticismo, la vida del siglo XIX y la sensación de encender los buenos humos, cerramos este último tercio del paseo en una coloquial terraza madrileña.
Me acompañó mi Wide Churchills y comenzó nuestro romance. Su vitola de galera, Montesco –un apellido que, para todo romántico y amante de la tragedia resulta familiar– me ofreció sus notas tostadas, frutos secos y algunas puntas de vainilla, junto a un amplio postgusto, gracias a su cepo 55 y una longitud de 135 milímetros, que me trasladaron al siglo XIX, cuando disfrutar del mundo del habano era todo un arte.
Durante este último tercio, mi habano se mostró tan franco –con esos rastros de tabaco cubano y una fortaleza media que explota– como el amor cuando se consagra en la mirada de la persona que se entrega al ser amado, reflejando su verdadera personalidad. Es ese momento en el que las máscaras se esfuman, como los últimos humos del habano.






