
Su padre sembraba maíz y frijol en las tierras de otros, donde también cortaba tomate, chile y café, mientras que su madre se ocupaba de la casa. La pareja tuvo nueve hijos, quienes como Ada Ávila Chavarría debieron trabajar desde muy niños en el campo. Ella, desde los ocho años, y por ello refiere que su infancia fue triste y muy pobre: «una lucha por medio sostenernos».
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Nació y creció en Barrio Las Lomitas, ciudad del departamento de El Paraíso, Honduras, donde logró terminar el sexto grado. Entonces se mudó a Danlí y se empleó en una cocina en la que ayudaba poco, «porque era muy pequeña y había cosas que ni siquiera sabía que existían». A cambio cuidaba a dos niños, por lo que logró permanecer ahí entre sus 12 y 17 años.
Regresó con sus padres, pero pronto se acompañó y de esa unión resultó un hijo. Su pareja también trabajaba el campo, «y entonces volvimos a lo mismo, a la misma vida», hasta que seis años después, el trabajo y la relación terminaron. En 2016 ella buscó empleo en Danlí, y así llegó a la Clasificadora y Exportadora de Tabaco, empresa del Grupo Plasencia.
Comenzó ese mismo día en el área de moñeo: «Los moños son las hojas de tabaco que usted pone aquí en su mano y las va formando y contando. Al tenerlas ya parejitas se amarran, ése es el trabajo». Y explica que el número de hojas depende de su calidad y variedad. Si el Connecticut es tripa, 45, pero si es una capa, XL o banda, 40. El Habano lleva 35, sea capa o tripa, pero si es tripa ligera sólo lleva 30 hojas.
Ada recuerda que le sorprendió ver todo ese tabaco junto, pero también el estar en un lugar con tantas personas. En este sector también existe un área donde las hojas se miden y se clasifican por tamaño, y otra en la que se les diferencia por su calidad. Ambas tareas las aprendió, pero estuvo poco tiempo, porque la pasaron «a donde se hacen los colores».
Cuenta que en un principio se le dificultó, porque ella veía todas las hojas iguales. Pero ahora encuentra en la variedad Habano los colores claro, intermedio, oscuro, café y verde, mientras que en el Connecticut, claro, amarillo y rosado. «Simplemente separamos las hojas, una vez secas, por tonos. Ya traen calidad y tamaño, y es un proceso antes del despalillado».
Luego de una década de estar en Plasencia, Ada expresa que es el mejor trabajo que ha tenido, porque a diferencia del campo, además de un salario goza de prestaciones y atención médica. Ahora tiene dos hijos –un varón de 18 años y una niña de diez–, a quienes sostiene sola.
«Gracias a Dios tengo el mayor de mis logros, una meta muy grande, que es mi casa. Es lo mejor que he tenido hasta ahora, porque he luchado mucho por ella y prácticamente está terminada. Significa dejar a mis hijos un lugar donde ellos, al faltar yo, se puedan quedar».
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