
Una vez descansados, retomamos el viaje y, en un parpadeo, ya estábamos en Callahan. Sus calles polvorientas y la escasa vida visible durante el día contrastaban con el futuro que este trato nos representaría.
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Cruzamos la avenida principal y estacionamos las carretas detrás del almacén, donde algún empleado nos apoyaría a descargar mientras nosotros nos dedicábamos a disfrutar de las amenidades locales.
–Pues bien, por ahora hemos terminado, yo creo que es buen momento para ir a fumar, comer y beber, como es obligación en esta empresa –dije con un entusiasmo proyectado hacia nuestro nuevo integrante.
–Me parece muy bien, es necesario, pero me gustaría hacer una petición. Sé que es nuestro primer viaje juntos, pero también es mi primera vez aquí en años y me gustaría recorrer el pueblo reviviendo viejos recuerdos. Si me dicen dónde estarán, yo los alcanzo más tarde –propuso el hombre.
–Bueno, no creo que eso sea problema –respondí extrañado con la idea, pero sin buscar intervenir en su deseo.
–Nos vemos más tarde en el restaurante del hotel. Yo no me pienso mover de ahí hasta estar bien mareado, así que supongo que será un buen rato ja, ja, ja, ja –añadí.
–Despreocúpese, ahí empezaremos a comer y él a perder la conciencia. En un par de horas debo volver al almacén para sobrar el embarque y regreso a la mesa, así que seguro ahí nos veremos en un rato –continuó Alyssa.
–Excelente y muchas gracias por la oportunidad. De verdad que este lugar me trae buenos recuerdos –concluyó antes de alejarse caminando.
Desde una esquina alejada, un hombre de Clinton nos veía fijamente, mientras le hacía señas a otro de sus compañeros, quien tomó su caballo y salió a todo galope del lugar.
Los primeros minutos de nuestra llegada a Callahan fueron tranquilos. Para mí, transcurrieron sentado a la mesa consintiendo mi ser con un poco de lo que aún queda de bueno en este lugar, pero para el hombre, la situación estaba por cambiar.
A la vuelta de una pequeña tienda de sombreros y “todo para el vaquero”, uno de los hombres de Clinton lo abordó, encañonándolo por la espalda y ordenando seguir su paso en paz.
–No reacciones, no hagas movimientos bruscos ni mucho menos tonterías. Sigue caminando, finge que te da gusto verme. No me conoces y yo a ti tampoco, pero me interesa ese par con quien llegaste. Si te portas bien, ¿qué te parece si te invito un trago en aquel lugar? –le indicó el soldado señalando una pequeña taberna solitaria al final de un callejón entre otros locales de madera desvencijada.
–No quiero problemas, vengo llegando aquí y mi familia me espera en casa, tampoco tengo dinero, si eso es lo que quiere. Haré lo que usted me pida –replicó el hombre.
–Usted sólo obedezca y permanezca tranquilo. Eso es todo lo que necesito, por el momento –dijo el joven oficial de la Guardia del Sur.
Sin llamar la atención, entraron a la taberna. A pesar de que afuera el sol caía a plomo, dentro del lugar reinaba la obscuridad; apenas había un par de mesas dispuestas frente a una barra cubierta de polvo y botellas que parecían aún más añejas que los recuerdos del hombre sobre la próspera Callahan Ridge.
En una de las mesas, aguardaba el capitán Clinton con sus muchachos.
–Por favor, le suplico que no me haga nada, tengo familia que me espera –reiteró el hombre.
Clinton tomó una lámpara de aceite con la que apenas iluminaba el centro de la mesa y la acercó al rostro del sujeto.
–Pero por supuesto que usted tiene familia. Yo lo recuerdo. Dígame si me equivoco, pero ¿acaso no es usted el hermano de aquel imprudente comerciante que increpó al señor Lafayette apenas unos meses atrás? –preguntó el capitán.
–Sí, sí, soy yo, ¿pero cómo es que usted sabe eso? –respondió.
–No tiene importancia cómo lo sé, mientras que sí lo tiene que lo sé. En unos minutos lo comprenderá mejor, ya verá –continuó Clinton.
–Dígame si es verdad que usted llegó recién acompañando a un hombre y una mujer con carretas cargadas de cigarros –expuso.
–Bueno, es casi verdad, porque lo que hemos traído es explosivos, no tabaco –respondió de vuelta.
–Mejor aún ja, ja, ja, probablemente no lo supo o aún le queda valor para no decirlo a pregunta expresa, pero lo que usted traía era en parte explosivos y en parte tabaco, cigarros disfrazados de explosivos, para ser exactos –continuó.
–Pues no lo sé, ellos me dijeron explosivos y yo no vi la carga –detalló.
–No lo culpo por no saber, pero ello no lo exime de la responsabilidad y de por qué está aquí, en mi mesa, para acompañarnos ahora a nosotros.
–Pero dígame qué sí sabe, por favor. ¿Conoce sus nombres? ¿De dónde vienen? –prosiguió con el interrogatorio.
–No sé quiénes son, ni cómo se llaman. Ellos me contrataron tras una breve entrevista en el Yom Yom de Lafayette, luego nos quedamos de ver en una cabaña en las montañas –respondió.
–¡Fantástico! Eso ya es de ayuda, pero ¿podría ubicar ese lugar en nuestro mapa? –dijo haciendo señas a uno de sus oficiales para que colocara el mapa sobre la mesa.
El hombre rápidamente identificó e indicó el punto de encuentro.
–¿Ahora podrás recordar el camino que tomaron para llegar acá? –ordenó.
Temeroso por el bienestar de su familia, el hombre señaló kilómetro a kilómetro el recorrido entre la cabaña y Callahan Ridge.
–Y aquí nos detuvimos a descansar –añadió buscando cooperar más allá de lo solicitado.
El capitán marcó la ubicación y devolvió el mapa a su subordinado.
–Transmite esta información al cuartel en los pantanos, quiero que preparen patrullas en los caminos, que se oculten, no sabemos cuándo exactamente pasarán por esos puntos, pero hay que estar ocultos y preparados… Espera, puede que sí se sepamos –hizo una pausa para dirigirse de nueva cuenta al hombre.
–¿Cuándo se van? Imagino lo debes saber.
–Hoy mismo, señor. Ellos están comiendo y bebiendo en el hotel en este momento y en unas horas debemos partir de vuelta a la cabaña –respondió cooperativo.
–Ya escuchó, soldado, vaya lo antes posible y transmita que todo debe estar listo para las próximas horas y que pongan especial atención en la casita de color verde al final del paraje antiguo junto al río.
–Mientras tanto usted, relájese, amigo, que en su contra no tengo nada, más bien, me encuentro muy agradecido. Beba este trago y retírese a seguir disfrutando de este paraíso en la tierra, por favor –expresó sarcástico.
El hombre bebió el trago a toda prisa y se levantó de su silla, mientras uno de los oficiales lo tomaba de los hombros para que escuchara una última recomendación.
–Espere, espere, antes de que se vaya, creo que está de más que yo lo diga, pero le recuerdo que lo conozco, que sé dónde vive, dónde está su mujer, su familia y lo queda de la de su hermano, así que yo le sugeriría que no comente nada de este encuentro, que deje que todo fluya como está planeado, tanto por sus acompañantes, como por nosotros. Beba, disfrute y regrese con bien a casa, nosotros estaremos pendientes de los suyos, pierda cuidado –sentenció Clinton en un tono que variaba entre sugerencia, sentencia y amenaza.
Más tarde, cuando yo ya estaba suficientemente ebrio y Alyssa había vuelto a la mesa tras recoger las ganancias, el hombre cruzó las puertas abatibles del hotel, más pálido y sudoroso que yo durante cualquier resaca matutina.
–¿Está usted bien? –preguntó Alyssa.
–¿Eh? Ah, sí, claro, es sólo que a veces los recuerdos pueden pegar de más… pero… sí, todo bien, gracias –respondió nervioso y dubitativo.
–Bueno, pues espero que esto lo haga sentir mejor –dijo ella entregando un gran fajo de billetes al hombre.
–Recorrimos el camino cargados de explosivos y nada pasó, sólo lo convertimos en dinero y ésta es su parte. Espero lo haya pasado bien y quiera volver a viajar con nosotros.
Influenciado por no sé cuántos tragos de buen y clandestino licor, alcé la copa en turno y brindé por el futuro que nos deparaba.
–¡Salud por lo que viene, por que esta sea la primera gran venta de muchas, por que nuestros bolsillos se encuentren siempre llenos… Salud por el inicio de una nueva vida! –expresé.
–¡Salud! –respondió ella.
–¡S…sa…salud! –respondió él un segundo después.
La tarde avanzó y poco antes de anochecer salimos del hotel, montamos las carretas y tomamos camino de vuelta a la cabaña. Yo le había mentido al hombre, no era cierto que alguna vez recorriera estos caminos dormido en mi asiento, lo había hecho casi siempre y hoy no sería la excepción.
CONTINUARÁ…






