Forajidos. Sólo un niño

Historias de tabaco en el viejo oeste

Capítulo 4: El fin de una era

Parte II

Raúl Melo

Mientras nuestra primavera adelantada ocurría en algún punto del valle, la columna militar que el capitán Clinton envió a buscarnos se había dispersado por cada camino que arribaba a Lafayette. Coltrane y sus hombres se desplegaron con rumbo a la montaña, donde las veredas ajustadas impedían marchar a más de dos a la par, haciendo aquella procesión más larga e impresionante.

En los bosques densos de la zona, donde apenas habitan algunas decenas de persona, JC planeaba su siguiente atraco en una granja vecina, de donde pensaba extraer algunos huevos y probablemente pastel o una gallina. Llevaba tiempo pensando en tener animales en la cabaña.

El chico era escurridizo y muy talentoso para el hurto, así que entrar y salir de esta granja con sus objetivos cumplidos no sería un problema. Pero no contaba con la cercanía de la gente de Coltrane, que de a poco iban poblando la zona.

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JC se desplazaba a pie, lo que le hacía más furtivo, pero al mismo tiempo lento, comparado con los militares a caballo, fuertemente armados.

En la granja no parecía haber gran actividad. Era temprano por la mañana, así que las personas estarían ocupadas desayunando o atendiendo a las vacas lecheras. En ese momento JC ya había tomado algunos huevos y esperaba la oportunidad para sustraer un animal.

–Toc, toc, toc, –golpeó alguien golpeó a la puerta de la casa principal.

–¿Sí?, –respondió una mujer desde el interior.

–Disculpe señora, estamos buscando a personas desconocidas en el área o levantando reportes sobre actividad sospechosa. ¿Algo que señalar?, –preguntó uno de los hombres de Coltrane.

No, oficial, nada extraño por el momento. Dicen que por aquí a veces desaparecen las cosas, nada serio y nada que me haya afectado, pero sí he escuchado cosas.

–¿Podría decirnos qué tipo de cosas ha escuchado?, –inquirió el militar.

–Eh, pues dicen que han visto a un lobo rondar por los gallineros. Otros dicen que a un chico, pero yo creo más en el lobo porque los chicos no hacen esas cosas, Dios no lo permitiría.

Durante esta conversación, JC permanecía oculto dentro del gallinero.

–No, señora. En estos días los chicos hacen cualquier cosa, créamelo. De hecho, nosotros estamos en busca de un chico bastante molesto que ha dado muchos problemas en Lafayette ¿Conoce el lugar?, –preguntó el oficial.

–Sí, he estado algunas veces por allá. Es un sitio de mucho bullicio para mí, no me sorprende que los chicos de allá sean distintos a los de acá… El pecado sabe muy bien por dónde rondar.

La granja estaba rodeada por hombres de Coltrane, quienes inspeccionaban cada rincón con la esperanza de hallar alguna pista que acercara su regreso a la ciudad; aquel espacio de pecado y diversión, como lo veían los habitantes de las afueras, y como lo querían los locales y turistas, interesados en cosas más banales.

JC nunca había estado tan nervioso. Escondido en el gallinero, recordaba el momento en que fue capturado por mí para recuperar ese reloj de bolsillo oxidado, cuando me iniciaba en este negocio al lado del viejo Rubens.

En aquella ocasión había tenido suerte, pues yo no pensaba hacerle daño, o por lo menos no lo hice todo el tiempo. Pero la misión de estos hombres era distinta, ellos seguían órdenes de alguien más y su única motivación era volver a las comodidades de la ciudad en la que son los mandamás.

Hubiera preferido que por la cabeza del chico pasara alguno de los tantos consejos que le di en el pasado, y que no necesariamente siguió. Hablamos siempre de no ser apresurado, de pensar las cosas y saber rendirse a tiempo, lo que no significaba que se entregara a los hombres de Coltrane, sino que dejara el hurto para mejor momento y se concentrara en escapar.

JC confiaba mucho en sus capacidades, al punto de subestimar a los demás. Siempre le dije que él podía ser el menor idiota del lugar, porque al lado suyo siempre estaría el más, y eso era algo que no podía controlar.

Pero decidió ignorar mis palabras una vez más. El muchacho tomó una gallina y la colocó dentro de su morral, como marcaba su plan para este día, y una vez obtenido cada objeto de su lista decidió escapar, tratando de evadir a una patrulla de unos 40 soldados entrenados y listos para cualquier cosa.

El plan marchaba bien, pero la inquieta gallina depositada en el costal metió una de sus patas justo en el rincón donde JC había colocado previamente los huevos. El crujir del cascarón y la sensación de su contenido debieron asustar al ave, que comenzó un incesante aleteo y cacareo hasta lograr escapar del cautiverio.

Aquel escándalo alertó a los guardias del sitio.

–¡Teniente, por acá!, –gritó uno de los soldados.

–¡Vayan tras él, debe ser el chico que buscamos! ¡Recuerden que el Capitán lo quiere vivo!, –ordenó Coltrane.

JC no tenía mucha oportunidad en esta ocasión. Eran demasiados, pero él también era demasiado orgulloso como para aceptarlo.

El chico corrió tan rápido como pudo, que no es poco decir. Los militares lo persiguieron por el bosque. Algunos hombres cayeron al suelo, sacudidos por las ramas gruesas de los árboles y el torpe andar de caballos entre hierbas altas y raíces ocultas entre la hojarasca.

Él sintió que tenía la ventaja en sus manos y la victoria estaba cerca. Seguramente nunca antes sintió tanta adrenalina, ni siquiera cuando escapó de las bodegas de Carrigan montando un trineo de tabaco.

En aquel momento debió sentir la mayor de las glorias. Puedo imaginar su risa, volteando hacia atrás en su huida para asegurarse de que ya ningún hombre lo seguía. Una mirada atrás y otra al frente, acompañada siempre de la más singular alegría.

Y así siguió: una mirada atrás y otra al frente, hasta encontrarse con la culata de un rifle que detuvo su andar de golpe. Con la nariz rota y algunos dientes menos, JC fue llevado ante Coltrane, frente de la casa principal en la granja.

–Teniente, tenemos a nuestro delincuente. Le encontramos algunos huevos rotos y rastros de que la gallina que nos alertó estuvo dentro del costal, –informó un soldado.

–Suficiente para mí. Me parece que éste es al que buscamos… y si no, de algo servirá. ¡Buen trabajo a todos!, –les dijo Coltrane.

–¡Pero señor, si es sólo un niño! ¡Joshua, Joshua, ven, que se lo llevan… se llevan a un niño!, –gritó la mujer, al ver el rostro parcialmente desfigurado de JC, postrado en su porche.

–Mujer, este niño le robaba huevos y una gallina. ¡Conténgase, por favor!, –intervino Coltrane, ante el llamado de auxilio de la granjera.

–¡Joshua, apresúrate, que se lo llevan!, –seguía gritando la mujer, al borde de un ataque de pánico.

Cuando Joshua, un señor mayor, se acercaba a la escena corriendo desequilibrado por el gran rifle de caza que cargaba en una mano, Coltrane no dudó en recibirlo a su manera.

–¡Bang..!, –un solo disparo bastó para que el anciano Joshua dejara de correr y soltara el rifle que amenazaba a la patrulla militar; un tiro justo en el pecho del granjero.

–¡Vaya señora, atienda a su hombre y deje de preocuparse por esta escoria!, –ordenó el Teniente.

–¡Ustedes aten al desgraciado y súbanlo en un caballo! Nos vamos de regreso al fuerte, –gritó con júbilo ante sus subordinados.

–¡Animales, bestias de Satanás. Eso es lo que son, unas bestias de Satanás! ¡Arderán en el Infierno por lo que han hecho; vuelvan al agujero de donde han salido! ¡Es sólo un niño, es sólo un niño! ¡Joshua, Joshua! ¡Es sólo un niño, sólo un niño!, seguía la mujer, sollozando.

–¡Bang..!

Se hizo el silencio… sólo pisadas de caballos y el trino de algunos pájaros alrededor.

CONTINUARÁ…