Forajidos. Fuerte Johnston 2

Historias de tabaco en el viejo oeste

Capítulo 4: El fin de una era

Parte IV

Raúl Melo

Equipado con el uniforme de este pobre sujeto, me dispuse a encontrar un camino seguro hacia el Fuerte Johnston. Aquellos días de circo ambulante me habían favorecido con algunas habilidades histriónicas, pero ya no estaba dispuesto a correr más riesgos; eran tiempos de cero azar y testigos, como mis últimos actos habían dado evidencia.

Sabía que llegar solo a ese sitio no era una posibilidad, así que decidí buscar alguna patrulla a la cual integrarme y entre la podredumbre que esta milicia representaba para la ciudad, una cantina era el mejor lugar para encontrarla.

Ataviado como uno de ellos caminé hacia el centro de Lafayette, hasta el más sucio saloon disponible. Llegué a un lugar conocido como el Golden Nugget, donde más que metales preciosos era común encontrar trozos de carbón, con el potencial de iniciar un gran incendio o de convertirse en diamantes, de acuerdo con las circunstancias.

Me acerqué a una mesa ocupada por otros militares de bajo rango, como los jóvenes que minutos atrás acababa de ultimar en un callejón. El uniforme encajaba con ese público y mi actitud debía hacerlo también.

Lee en la revista (gira tu dispositivo para mejor experiencia de lectura):

 

Con seguridad, tomé una de las sillas y la arrastré bruscamente hacia atrás para hacerme espacio suficiente y sentarme a la mesa con ellos. Alcé la mano y con un gesto pedí un tarro de cerveza, para entonces saludar.

–¿Compañeros, qué tal su día en el paraíso?, –pregunté, sabiendo del descontento generalizado de la tropa con su estancia en campamentos o el fuerte mismo, en lugar de Lafayette; una ciudad que a pesar de su franca decadencia ofrecía lo necesario para verla bien, en comparación con el resto de las opciones.

–Bien, como siempre… ya sabes, pasando el rato aquí, bebiendo, jugando y acumulando horas fuera del pantano, –respondió uno de los jóvenes reclutas.

–Vengo de la reciente incursión a las afueras. Días de calor y frío en una misma semana, insectos, etcétera. Nada que no pueda olvidarse con un tarro de cerveza refrescante.

–No se pudo decir mejor. ¡Salud por ello, compañero!, –brindó otro de los animados muchachos en quien pude notar una mirada triste cuando mencioné el reciente viaje a la montaña y el valle.

–Por cierto, escuché que el teniente Coltrane dio con el muchacho al que buscábamos. Yo no tuve la suerte de ver acción, me quedé con otro grupo. Eso por lo menos me habría dado alguna satisfacción final, supongo, –dije antes de dar un abundante trago a la bebida, esperando inferir algún tipo de motivación en este Cabo visiblemente afectado por los hechos mencionados.

 

–No, eso no sucede. Yo estuve con Coltrane y aún no puedo olvidar lo que vi. Si el viaje fue un infierno, arrestar al chico no lo fue menos. Era un niño más joven que nosotros. Muy hábil, debo reconocer, pero demasiado joven para ser a quien buscábamos… –dijo el soldado antes de que lo interrumpiera.

–Lo llevaron a Johnston, ¿cierto?

-Ajá… si su arresto fue brutal, no puedo pensar en lo que pasará allí dentro, pero tampoco es mi problema. Así que dejemos de hablar de esas cosas y bebamos, compañeros, –continuó, desviando la conversación y la mirada hacia la mesera, a quien solicitó una ronda más para todos.

En ese momento decidí intentar un movimiento para integrarme al grupo de manera definitiva y poder entrar al fuerte sin mostrarme sospechoso.

–Permítanme invitar esta ronda. Llevo algunos días solo en la ciudad, porque mi patrulla regresó al fuerte y me escabullí para disfrutar un poco más. Si en algún momento he de volver prefiero que sea con ustedes, que también disfrutan del buen beber, –dije, mientras arrojaba algunas monedas sobre la mesa.

–Y si me disculpan el atrevimiento, en una redada pude conseguir esto. Me parece que son Carrigan, pero saben mucho mejor, –les expliqué al ofrecer algunos Black Bear sin anillar que guardaba en los bolsillos.

Así, compartimos una tarde de bebidas y buenos humos que, estaba seguro, me abrirían las puertas de cualquier lugar. Más allá del uniforme que ahora portaba con asco, la camaradería generada alrededor del tabaco sería la llave para el siguiente paso del plan hacia el rescate de JC y la reunificación de mi nueva familia.

Durante un par de días más recorrí Lafayette con esta pandilla. Montamos retenes en las entradas y salidas de la ciudad buscando movimientos extraños, saqueamos algunas propiedades, cobramos impuestos atrasados y un montón de pillerías más, legalizadas por el nuevo régimen vigente en el territorio.

Los letreros de “Se Busca” con lo que se pretendía fuera mi rostro y el de Alyssa abundaban en la ciudad. El nulo talento de los artistas o de las autoridades hacía que las descripciones fueran lejanas de la realidad, por lo que no representaban un problema, aunque sí añadían cierta adrenalina a mi aventura.

Acompañado de estos chicos, cuyos nombres preferí no recordar, recorrimos salones y cantinas, y efectuamos cateos, bloqueos y patrullajes por los vastos caminos de la región. Todo ello, buscando pistas sobre Alyssa o sobre mí.

Participando en mi propia búsqueda, de a poco se perdió la esperanza de dar con esa peligrosa banda que acechaba únicamente al negocio tabaquero y el ego de Kalvin Lafayette. Así que llegó el momento de trasladarnos a Johnston.

El viaje no era tan largo. Los pantanos no estaban lejos de la ciudad, pero para mí representó una eternidad. Los nervios por saber de JC, la esperanza de verlo y la ansiedad por encontrar, lo antes posible, una salida segura del fuerte para ambos, me contrariaban a cada paso de Lucky Bastard.

Aprovechando la orografía plana de los paisajes, la neblina revelaba de a poco la imponente fortaleza; una construcción entre piedra y madera con vestigios de la Guerra Civil, remozados con troncos de pantano y tablones oscuros y endurecidos por los años, que daba a la construcción un toque fúnebre.

A pocos metros de distancia, las puertas del fuerte se abrieron para nosotros. Grandes columnas de troncos firmemente atados y clavados para dar forma a una barrera gruesa y resistente, capaz de mantener dentro a quien acceda, y fuera a quien pretenda entrar sin autorización.

Cruzando este filtro, una hoguera central iluminaba patios, construcciones, caballerizas y covachas. Detrás de ella, lo que parecía ser el edifico principal; algo así como un cuartel general. A los costados, algunos espacios comunes y hacia el fondo, un pasillo angosto que parecía comunicar con la parte trasera. Sobre el muro adyacente, un par de letreros con las incripciones “Barracas”, y una flecha señalando al fondo, y “Celdas”, hacia la izquierda, apuntando hacia el gran edificio.

Dejamos a las bestias en las caballerizas más próximas a la entrada y seguimos la marcha a pie. Cruzamos el pasillo y fue entonces cuando pude notar que en aquel corredor por donde apenas pudimos caminar en filas de dos se revelaba una puerta aún más pequeña; reja de acero sólido marcada como el acceso a la prisión.

Si el lugar era una fortaleza, la morada de JC parecía resguardada en el subsuelo, planeada para evitar tumultos e impedir la huida de cualquier intento.

Debía ser cauteloso. Ensuciarme las manos si era necesario, pero pasar el mayor tiempo posible en las filas de estos miserables, mientras averiguaba el paradero de JC y lograba resolver cómo salir con vida.

Sin duda, mis nuevos amigos no eran la mejor compañía. La comida era un asco y nunca pensé que hubiera un peor lugar para dormir que estas literas de roca firme que en nada se comparan con el suelo campestre, reconfortante y cálido.

Ahora entendía el humor y mala actitud de todos estos militares, a quienes por supuesto no justificaba, pero podía sentir alguna empatía ante su desenfreno cuando visitaban Lafayette. Apenas llevaba unas horas aquí y ya ansiaba volver a ese lugar que, en otras circunstancias, me parece tan desagradable.

“Prometí llevar conmigo a JC, o no volver mientras el chico se encontrara encerrado en mucho peores condiciones que yo. nNo descansaré ni me quejaré”, me repetí internamente una y otra vez, mientras las ratas caminaban sobre mis botas, y las moscas y mosquitos no paraban de revolotearme cerca del rostro.

Hombres reducidos a animales. Eso era el Fuerte Johnston; eso era la Guardia del Sur.