Fumar entre el Paraná y el Uruguay, de Falú y otros demonios

DE TODO MI GUSTO

Michel Iván Texier Verdugo

“Por el río Paraná, aguas arriba navego, el sol quema como fuego en la siesta litoral”.

Los Chalchaleros, Agua y Sol del Paraná.

Ha sido arduo el recorrido estas últimas semanas: de Viña del Mar a Buenos Aires; de ahí, a Montevideo, y de vuelta a la Argentina, hacia Puerto Iguazú. Al final, tres fronteras en dos horas, Brasil mediante. Asunción por un par de días, Rugby en la capital mundial del Polo y en menos de 24 horas, Concepción, Fray Bentos y otra vez la capital del Uruguay.

De ahí a Bogotá, para fumar con mi amigo Eduardo, beber con Sarah y respirar el mismo aire de Petro –quien le ha traído esperanza al país cafetero por excelencia–, para luego volver a Montevideo, cruzar el río-mar –concepto hermoso que aprendí de Galeano, el más Uruguayo de los Uruguayos–, y fumar algo en Bellagio antes de volver a Chile y preparar el periplo siguiente.

¿El común denominador de toda esta aventura? Los ríos. Esos dos ríos eternos y engañosamente apacibles que cortan el continente a lo largo, se convierten en frontera, dibujan la idiosincrasia de quienes viven a sus riberas y se unen para hacerse mar, con dos capitales en sus orillas.

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En la orilla de uno de esos ríos fumé en Posadas una larga y tranquila pipa mientras esperaba un trasbordo, junto a la cruda y extensa reunión de ambos. Fumé luego en la Seccional N°1 mientras Sandro –el gato de 17 vidas, porque siete se le hicieron pocas–, descubría que creía en el Viejo Pascuero y se dejaba encantar por mi barba, el humo de un dulce puro Fat Bottom Betty –obsequio de un amigo que gusta hablar de lo que no hay que hablar–, y el aroma de una copa de cognac.

En esas aguas, con un tabaco en la boca, conocí Fray Bentos, una ciudad cuyo nombre siempre me sonó a realismo mágico o a cuento de Cortázar, y recorrí los salones iluminados de la casa de un abuelo operador de radio –con patio central y trasero, grandes armarios y un hermoso guiño a París en las puertas–, trayendo a mi memoria la imagen de esas estirpes condenadas a 100 años de soledad que las hormigas se comen.

El Paraná está en mi soundtrack desde que tengo memoria. Los viejos discos de Eduardo Falú en el RCA Víctor de papá llegaron ahí incluso antes que mi memoria, el Uruguay también, con los versos de Jorge Cafrune en Salto Grande y en muchos de los grandes temas del folklore uruguayo y argentino.

Nunca imaginé cruzarlos, navegarlos, recorrerlos, contemplarlos; otros ríos ocuparon siempre mis fantasías: el Sena, con toda su Francia a cuestas; el Támesis y su historia de reinos imperecederos; el Yeniséi y la nostalgia de una Taiga Siberiana que aún me falta, y el Amazonas, en su extensión infinita asociada siempre a Werner Herzog, Klaus Kinsky, y su Fitzcarraldo.

Fumar es un acto relajante, por sí; uno de paz y reflexión, sinónimo de tranquilidad y de tiempo para disfrutar cuando, además, lo hacemos junto al agua y apreciamos los juegos de luz en las ondas de la superficie; el ruido repetitivo de las olas que a ratos nos adormece; el flujo del agua, y la variación de la temperatura cuando nos cae la tarde o nos inunda la noche con un tabaco en la boca…

Y ahora que esto escribo, caigo en cuenta de los lugares donde fumé junto al río y me detengo a hacer la lista:

Fumé en Agda, junto al canal que termina en el faro; en Estrasburgo, entre los brazos del río que envuelven a la ciudad vieja; en Olten, junto a Úrsula, mi amiga a quien le gusta sostener el mundo en su cabeza; en Ámsterdam, una noche loca que Gil y yo recordaremos siempre; en Gotemburgo, también siguiendo a Gil, durante la medianoche mágica en que vi nevar por primera vez y los primeros copos me atraparon al lado del puente, siempre bien acompañado de un tabaco, además de mi mujer.

Fumé sobre las aguas del río que alimenta las defensas del castillo en Carcassonne, y bebiendo un Tinto de Verano en Tarragona; en la ribera del Duero; en Porto, después de un pastel de bacalao; en La Grande Motte, donde todos los edificios son pirámides, y en Marseillan Plage, al borde del estero donde los domingos se monta la feria de antigüedades.

Fumé y bebí con la mujer de mi vida más de una noche a orillas del Sena: en el barrio latino; en Parcs de Bercy, mientras volvíamos de Pigalle; cerca del molino en Vitry sur Seine; en el canal, junto a la Bastille, y en las escalas de la Ópera, con la vista fija sus aguas.

Encendí un tabaco hace más de dos décadas en San Benedetto del Tronto –casi pisando el Adriático– antes de partir para Splitz; en Ascoli Piceno, mientras conocía la pequeña torre junto al río, donde alguna vez habitaron los antepasados del viejo Palermi, que me enseñó, fumando, los secretos de la carpintería, y en Nimes, desde donde caminé hacia el Coliseo y a La Maison Carre.

En el Delta del Tigre, en los pagos de Pedrozo y Sofía: fumé más de una vez en el muelle bajo las hojas del Ciprés Calvo, también en los pasillos de su casa –elevada para afrontar las crecidas–, donde me falta acertarle a una de esas amenazas del río que te dejan aislado sin otra cosa que hacer que conversar, comer, beber y fumar.

Disfruté la previa de un juego de los Pirates en Pittsburgh, fumando en el estacionamiento del viejo Tree River Stadium, y en las orillas del Potomac, la noche surrealista y lluviosa que conocí Washington. Prendí más de un tabaco en las riberas del Bio Bio y el Calle Calle, dos de los ríos del territorio chileno con más historia, sobre todo el segundo, del que @cigarvoss siempre me hace acordar cada vez que reitera que él “es de Valdivia”, como si haber nacido en la ciudad de los crudos, los torreones y el mayor terremoto de la historia lograse explicarnos algo.

Y fume, por supuesto, en el Marga-Marga, con cuyas orillas colindaba mi casa, literalmente, en esos años mágicos en que me dejé llevar por el encanto del aroma de la pipa de los tíos y comencé a fumar para no detenerme nunca, sobre todo si hay algún río cercano que se lleve las cenizas al mar.

“Uruguay, cuando regrese a la selva, volverá río abajo con mi ausencia, mi canción luce flor azahar de pena, muriendo en el Salto Grande, deshecha en lluvias de estrellas”.