
Alberto Arizmendi
La historia de La Perla, una de las fábricas de puros emblemáticas de esta industria en México y, por el momento, la más longeva, concluyó este 2025 –luego de 127 años–, tras la venta de su último edificio, en la ciudad de Banderilla, Veracruz. Fuente de empleos y riqueza, sobrevivió a la Revolución y a los movimientos sindicales del siglo pasado, intercalados con su auge inicial y la bonanza que trajo a este sector la Segunda Guerra Mundial.
Cuatro generaciones de la familia Corrales –con ahora ya cinco hombres llamados Andrés–, pero también mujeres, esposas o hijas, estuvieron al frente del negocio, cuyo declive inició en los años cincuenta, tras su cierre temporal y una crisis económica, sumados a la consolidación popular de los cigarrillos, a los impuestos y a un mercado cambiante cuya modernización no pudieron acompañar, así como la falta de internacionalización definitiva de sus productos y otros factores, en un país donde el tabaco ya sólo implica pasado.
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Sin embargo, el rol protagónico alcanzado por La Perla en otros tiempos está presente en un rico legado histórico que pervive en objetos, imágenes y trozos de papel transformados en arte valioso: anillos, anillas o vitolas que los coleccionistas –vitófilos– han atesorado a través de los años en México y el extranjero, principalmente en España.
Acompaña este relato una muestra representativa de las existencias finales de los materiales gráficos de la empresa, obsequiados a Humo Latino por Alejandra Corrales Amezcua, bisnieta del fundador y última responsable de la fábrica.
El 12 de mayo de 1898, el administrador principal de la Renta del Timbre en Veracruz certificó el registro número 155, correspondiente a la fábrica de tabaco de puros de perilla La Perla, de Andrés Corrales Corrales, establecida en la calle 5 de Mayo núm. 55 de la ciudad y puerto de Veracruz. Dos meses después se presentó ante la misma instancia el Libro Diario, con timbres por un valor de 7.11 pesos y 144 fojas útiles, selladas y firmadas, para administración de la empresa.
Pero él mismo había registrado el nombre La Perla desde 1896, en cuanto llegó al país procedente de España, de acuerdo con su bisnieta Alejandra; un dato que confirma el inventario de la Oficina de Patentes y Marcas 1890-1902.(1) Andrés Corrales se asoció en 1897 con José Madrazo, cuando a nombre de ambos se autorizaron las marcas Águilas Mexicanas, Regalía Pearson, Flores Americanas, Perlas Finas y Regalía El Gran Pacífico.
El 1 de diciembre de 1899, Madrazo y Corrales publicaron una lista de «Precios Corrientes» encabezada por las imágenes de La Perla,(2) «fábrica de tabacos y almacén de rama», y La Industrial Mexicana, «tabacos de Cuba y al gusto de los consumidores», acompañadas de escudos de armas que –se entiende– corresponden a sus apellidos. Listaron 86 vitolas regulares (formas y tamaños), más otras 22 de exportación.
Para abril de 1902, un nuevo cartel con el título Gran Fábrica de Tabacos La Perla incluyó los retratos de los socios, flanqueados por las medallas de oro obtenidas en la Exposición Universal de 1900 en San Antonio, Texas, y en la Exposición Pan-Americana celebrada en Buffalo, EE.UU., un año después. Anunciándose como almacenistas de tabaco en rama y fabricantes de tabacos, presentaban sus marcas anexas La Ilusión y La Camelia.
La lista de precios, por millar, incluyó 99 vitolas para las que especificaron el envase y su capacidad, así como el peso aproximado en kilogramos. También detallaban el costo por colocación de anillos, gastos de envío y otros cargos, y la presentación de sus productos con papel plomo y anillo; únicamente anillo, y en mazos. Como dirección del establecimiento aparecía la calle Playa núm. 27,(3) además de un depósito en la calle Lerdo núm. 1.
Para entonces también habían puesto en funcionamiento un taller en la ciudad de Xalapa, capital del estado, en la Segunda Calle de Zamora núm. 2, y se consigna que ese mismo año concluyó la construcción de una fábrica –en toda forma– en el número 82 de la antigua Calle de Colón, hoy Úrsulo Galván.(4) Mantuvieron la leyenda que apareció desde el primer cartel: «Dispuestos a obsequiar cualquier pedido que se nos haga de vitolas de capricho, para lo que contamos con los operarios más hábiles de esta plaza».
Fue poco antes de 1907 cuando La Perla se trasladaría a Banderilla,(5) una localidad pequeña, cabecera municipal «sin importancia», pero cercana a Xalapa y ubicada en el camino principal entre el puerto de Veracruz y la Ciudad de México, donde operaba –desde 1892– una estación del Ferrocarril Interoceánico que la comunicó con el resto del país.(6) Aquí también se construyó un edificio diseñado especialmente para la fábrica, en el número 92 de la actual calle Benito Juárez.
Así lo confirma la asistencia de sus representantes obreros al Primer Congreso de Trabajadores de la Industria Tabaquera en la Ciudad de México, en julio de 1906.(7) Corrían los tiempos de un movimiento social creciente, que en este caso favoreció el registro del Sindicato de Torcedores de Tabaco de la fábrica La Perla por la Junta Central de Conciliación y Arbitraje, subordinado a la entonces Federación Sindicalista de la Región Jalapeña.(8)
Entre 1911 y 1919, la zona se vio afectada por el movimiento revolucionario,(9) sufriendo los disturbios ocasionados por carrancistas y zapatistas, a los que se sumaron las guardias blancas de los hacendados, hasta que finalmente el Ejército Federal del presidente Venustiano Carranza logró pacificar la zona.(10) De cualquier modo, los tabacaleros incluían en sus puros anillos o anillas con personajes de uno y otro bandos, lo que les permitió sortear la situación cambiante.
Aunque las fábricas de cigarrillos surgieron en el país desde mediados del siglo XIX, fue hacia 1910 cuando el consumo se generalizó a tal grado, que empresas como El Buen Tono producían anualmente más de cien millones de cajetillas. El desarrollo tecnológico que acompañó al uso de maquinaria facilitó a la transnacional British American Tobacco (BAT), que ingresó a México a través de la Compañía Manufacturera de Cigarros El Águila, dominar el mercado casi totalmente hacia 1928.(11)
No obstante, durante las décadas de los veinte y treinta, el mejoramiento de Banderilla permitió el desarrollo industrial y la producción de La Perla era alta, pues además de surtir al mercado nacional se dedicaba a la exportación. Andrés Corrales Corrales había adquirido la totalidad de la empresa y con el correr de los años también había comprado y absorbido otras tantas, manteniéndose al frente del negocio hasta su fallecimiento, en 1935.
Producto del matrimonio con la mexicana Clara Sánchez, su hijo único, Andrés Corrales Sánchez, se hizo cargo de La Perla. Como la Segunda Guerra Mundial fue también un factor de bonanza,(12) la fábrica se desarrolló a gran escala: «Se enviaban al norte del país grandes cantidades de habanos de calidad, e igual, por ferrocarril, a la Ciudad de México, así como a particulares de Oaxaca, Mérida y del extranjero». La materia prima se obtenía en El Valle Nacional, Oaxaca, y en San Andrés Tuxtla, Veracruz, gracias a cosecheros exclusivos que garantizaban la calidad del tabaco.(13)
Furgones llenos de puros iban hacia la frontera norte, donde el mayor comprador era la milicia estadounidense. La Perla fue una fuente de empleo que incluso propició la migración de trabajadores, pero este fenómeno duró poco tiempo, pues los sindicalistas aprovecharon para exigir mejoras y aumentar sus prestaciones progresivamente, de tal suerte que entre 1940 y 1950 mantuvieron la amenaza constante de un paro general que finalmente se produjo en 1951, cuando el establecimiento permaneció cerrado durante un año.(14)
Existen registros de que Corrales Sánchez, socio de la Cámara de Comercio de Xalapa, afirmó que a pesar de la benevolencia hacia sus trabajadores carecía de posibilidades económicas para modificar el contrato colectivo de trabajo y satisfacer su «exceso de peticiones».(15)
Pero la vida del empresario fue breve y en 1952 su esposa, Julia Elena Correa Bretón, Doña Julita, tomó las riendas e integró una nueva sociedad: Andrés Corrales, S.A., con sus hijos Andrés, Julia Elena y María Concepción, así como su sobrino Ignacio Hinojosa Correa.(16) No obstante, tras su reapertura La Perla ya no volvió a despuntar: «Una nueva crisis económica, más severa, se generó entre 1965 y 1968, cuando casi desaparece. Esta situación, derivada de la falta de apoyo gubernamental, la transformó en una microempresa tradicional».(17)
Al fallecer Doña Julita, en 1991 su hijo Andrés Corrales Correa se ocupó de la fábrica, que tras vivir una época «buena» durante los años sesenta y setenta, con bodegas llenas, inició su declive final con la década siguiente. La venta de sus productos disminuyó y se fueron quedando sólo en el mercado nacional, donde algunos distribuidores como Casa Petrides, ubicada en el Centro Histórico de la Ciudad de México,(18) impulsaban su producto insignia: Canalejas.(19)
El recuento de esta última época corre a cargo de Lucía Alejandra Corrales Amezcua, bisnieta del fundador, quien a partir de 2007 fue responsable de la empresa familiar, al morir su padre. Explica que simplemente dejaron de ser competitivos frente a otras empresas con más recursos económicos y comerciales, que sí pudieron dedicarse a la exportación.
Cubrir la nómina le obligó a reducir los tiempos de trabajo a prácticamente medio turno, y a ello se sumó la antigüedad de muchos tabaqueros, quienes hacia 2012 se jubilaron, luego de 40 y hasta 50 años en la empresa. Al comprar menos materia prima también se perjudicó a los cosecheros, de quienes obtenían fundamentalmente la variedad Sumatra, de tal suerte que recuerda a su padre consiguiendo tabaco en regiones distintas a Los Tuxtlas.
Por otra parte, ella decidió mantener su trabajo como profesora y dedicar a la fábrica el tiempo libre. «Ya desde la época de mi papá el negocio no era redituable. Él tenía desde años atrás una imprenta en el centro de Xalapa, y de ahí obtenía recursos para mantener a la empresa prácticamente como un recuerdo familiar».
Aunque algunos de los pureros retirados aceptaron trabajar por fuera para ganar dinero extra, el número de empleados se fue reduciendo poco a poco y al final sólo quedaron cuatro torcedores, un empacador y un auxiliar de oficina. La última venta a un distribuidor fue en abril de 2013, poco antes de cerrar, aunque cabe mencionar que durante los siguientes años se elaboraron esporádicamente pequeños lotes para bodas y otros eventos sociales.
Pese a las dificultades, Alejandra recuerda que obtuvo a cambio algunas alegrías, como sucedió en la Feria de Banderilla, donde rompieron el récord de El puro más grande del mundo, con una pieza de más de 26 metros de longitud. Otra, cuando era más joven, fue la celebración del centenario de La Perla, que tuvo lugar el 16 de mayo de 1998 –cuatro días después–, e incluyó la develación de una placa conmemorativa en sus instalaciones.(20).






