Forajidos: El Yom Yom

Historias de tabaco en el viejo oeste

Capítulo 2: La ruta del oso negro

Parte VII

Raúl Melo

Comidos todos, bebidos los adultos y muy bien descansados, decidí poner en marcha aquel plan que recién cavilaba al escuchar sobre las intenciones futuras del amable cochero al que despojamos de una pequeña parte de su carga.

Monté en mi animal y me dirigí de vuelta a la ciudad. Tal vez ya era buena hora para encontrarme con el club de bebedores sociales de esta zona, y si resulta verdadero el dicho de que los niños y los borrachos siempre dicen la verdad, yo necesitaba algunas verdades para continuar desarrollando mi labor.

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Al entrar a la imponente Lafayette, esta ciudad que se jacta de europea, me topé de frente con un lugar que ostentaba una de las marquesinas más grandes a la vista. Sobre ella se leía Yom Yom; denominación acompañada de unos labios enormes y carnosos, enmarcados por brillantes luces visibles desde casi cualquier punto.

El bullicio indicaba que era el espacio preciso para encontrar a hombres de Carrigan, relajándose tras un día de trabajo arduo. Me acerqué y crucé las elegantes puertas de madera flanqueadas por ventanales de cristal. El interior era aún más ostentoso que la fachada: columnas de madera finamente tallada, un escenario fastuoso y sinfín de meseras y bailarinas de variedades de vodevil.

La gente parecía divertirse. Inundaban el sitio bebedores alegres y entusiastas de todo tipo de juegos de azar. Por fortuna, en una mesa con buena ubicación encontré a quien buscaba y me acerqué a conversar.

–Hola, ¿me recuerda?, –pregunté.

–Sí, claro. Happy, el veterinario, –respondió.

–El médico sugirió a mi esposa descansar un poco antes de exponer su herida al sol, así que hemos debido quedarnos y creo que me ha dado algo de sed. ¿Puedo unirme a ustedes?, –solicité.

–Por supuesto. En nuestra mesa siempre hay lugar. Además, nunca he conversado mucho con un veterinario y eso me gustaría mucho, –dijo amablemente, para mi sorpresa.

–Estamos de suerte. Me causa curiosidad lo que usted o ustedes hacen. Me gusta fumar tabaco, pero no sé nada más allá de que necesita fuego para brindarnos placer –agregué, riendo discretamente muy dentro de mi papel.

–No, mi amigo. El fuego es el mero final del proceso. Nosotros movemos las hojas y no somos ni el principio. A la planta hay que sembrarla, que lo hacemos muy cerca de donde nos encontramos hoy, así como cuidarla del sol, darle agua suficiente y otras cosas que aún no entendemos. Después se lleva a secar a grandes galeras, se almacena, se deja fermentar y luego de un buen tiempo se lleva a la fábrica para hacer los cigarros. Ahí es donde nosotros intervenimos, moviendo hojas de la plantación a la ciudad, –explicó el hombre con lujo de detalles. Pero hacían falta más.

–¿Y cómo es eso de secar y fermentar? Si pudieran ustedes contarme.

–Pues mire, si usted avanza un par de kilómetros más desde nos encontramos antes, podrá ver unas enormes construcciones de madera; bodegas donde las hojas verdes se cuelgan y se dejan secar. Después se conforman en pacas, que también se almacenan y dejan reposar por un cierto tiempo. Eso le da su toque a los cigarros, por decirlo de alguna manera. Conforme van quedando, se acomodan en un espacio distinto para que alguno de nosotros, un humilde grupo de cocheros, las recoja y las traslade a la fábrica rumbo al proceso final, –añadió.

–Vaya, ¡qué tema tan interesante! Y pensar que yo sólo los compro y enciendo, sin pensar en nada más. Muchas gracias por su explicación, caballeros.

–¿Y qué dice usted?, –reviró el hombre. ¿Cómo es eso de curar animales? ¿Es como las personas? Supongo que no, porque no supo qué hacer con su esposa, ¿Cierto?.

–Bueno, en los términos más básicos es lo mismo, pero no hay importancia en dejar una cicatriz horrible a un animal; sin embargo, no quisiera ese resultado sobre el bello rostro de la señora Holloway, –afirmé.

–¡Vaya, es muy cierto ahora que lo explica! Pero dígame, hace tiempo tuve una oveja que tuvo un problema: se infló como una vejiga de buey, quedó ciega y luego murió. Nunca supe qué tenía, pero tampoco me interesó. ¿Sabrá usted qué le sucedió?, –inquirió el curioso.

Lógicamente no tenía idea alguna sobre ovejas o cualquiera otro animal, pero cuando estaba a punto de perder mi fachada, ella me salvó… Las luces se apagaron en todo el lugar y sólo las velas de algunos candiles se conservaron, supongo que para dar un toque de nostalgia a lo que estaba a punto de suceder.

En el escenario se abrió el telón, tan rojo como la sangre fresca, y al fondo se dibujó una silueta de mujer. Una hermosa dama se acercó a la iluminación tenue, ataviada con un corsé en color rojo y negro. De presencia impactante, sus labios me remitieron de inmediato a la marquesina sobre la fachada. Ahora todo cobraba sentido: aquel letrero exuberante sólo podía gritar su nombre, pero ¿cuál? ¿Quién era ella?

–¿Quién es?, –pregunté atónito a mis nuevos compañeros de juerga.

–Ella es Lady Giselle, la dueña de este lugar. ¿Es bellísima, cierto?, –preguntó, sin esperar respuesta, perdida la mirada sobre la mujer.

–Sí que lo es, –respondí, cuando ella comenzó a bailar y cantar.

Después lo supe. Lady Giselle era la única mujer, la única persona a quien Kalvin Lafayette respetaba. En cierto grupo social se sabía que ella lo había puesto en su lugar varias veces y él nunca se había atrevido a tomar represalia alguna; una suerte que nadie más posee por estos rumbos.

Aquella canción retumbaba en mi cabeza: “por mis labios rojos te mantengo aquí…”, decía en algún momento. Y si esos enormes labios rojos de la entrada me invitaron a entrar, los que adornaban su rostro y pronunciaban la canción me mantuvieron atado a la silla.

Resultaba obvio que este lugar fuera tan elegante, pero al mismo tiempo admitiera a cualquier persona, desde cocheros, vaqueros y granjeros, hasta bastardos como yo. Con aquella voz ella podía arrancarnos hasta el último dólar y sostener el sitio y la vida costosa que seguramente llevaba.

El Yom Yom era el único maldito lugar de toda esta ciudad donde también se ejercía la petulante fama que Kalvin quiso mantener siempre. Ni siquiera él, con todo su dinero y poder, era capaz de lograr sobre la gente el efecto de Lady Giselle y su espectáculo. Yo estaba francamente maravillado e incluso sentí un poco de culpa por los pensamientos que me provocaba, por estar aquí y abandonar a la familia falsa que recién había formado, Bueno, parece que aún conservaba algo de humanidad.

Ejecutar el plan había valido la pena más allá de absolutamente todo. Ahora contaba con algo de información extra para facilitarnos la vida y, además, había conocido el rostro y la figura más bella que había observado en muchos años.

No es de extrañar que alguien que ha vivido como raramente se tope con sitios como el Yom Yom, un lugar para beber con estabilidad. Ningún viajero podría permitirse entregar sus bolsillos a Lady Giselle, como si nada fuera a suceder.

Aunque puedo decir que soy un hombre que gusta de las cantinas que huelen a estiércol, sudor, alcohol y tabaco, no descartaría volver a Lafayette, establecerme en un par de años y no separar mi vista de ella….

Es sólo un sueño; el sueño de Jacky Yikes, aquel bandido que se oculta tras una máscara. ¿Podría hacerlo también el sueño de John Doe? Espero que sí. Esta nueva empresa es aún joven, pero le veo muchas posibilidades de florecer.

Tras unas horas me despedí de mis nuevos amigos y abandoné el lugar. Volví a la choza y compartí la información obtenida, pero nada sobre Lady Giselle. No era necesario y de alguna manera me llenaba mantener furtiva aquella aventura a los ojos y oídos de mi familia. Ridículo, sí, pero entretenido, si me lo preguntan.

Al día siguiente partimos rumbo a la cabaña de Rubens y para la tarde ya estábamos con él. Estos viajes se hacían más fáciles cada día y el viejo era realmente trabajador. A nuestro regreso tenía lista una nueva tanda para entregar en Callahan Ridge.

Esta vez no iría solo. La familia Holloway concretaría la venta, de tal suerte que Happy y compañía mantendrían sus papeles hasta el final. Sé que de nueva cuenta arriesgaba vidas extra, pero si la farsa nos había funcionado una vez, tal vez era la forma correcta de andar de un lado a otro sin llamar la atención.

Era momento de volver al camino, a la ruta del oso negro.

CONTINUARÁ…