Robert Glick, artista de las anillas

Abogado con una firma en Nueva York, donde ha ejercido su profesión durante más de tres décadas, Robert Glick es un aficionado a los cigarros que años atrás comenzó a coleccionar las anillas de los que consumía. Pero a diferencia de quienes practican la Vitolfilia –que las atesoran por su antigüedad, rareza u origen– llegó un momento en el que no sabía qué hacer con ellas, hasta que se le ocurrió utilizarlas para elaborar diseños y crear arte.

Pronto se dio cuenta de su gusto y creatividad; «algo que simplemente surgió y ha fructificado en el disfrute de la gente, así como en un reconocimiento internacional que ha sido muy importante». Esta expresión estética es ahora su pasión y casi una terapia, pues se levanta diariamente a las cinco de la mañana y le dedica tres o cuatro horas antes de ir a trabajar. «Es dar nueva vida a los objetos, hacer algo en lo que nadie más piensa y no se trata de dinero», dice.

Nacido en Queens, Nueva York, y fan de los Mets, fue a la Escuela de Leyes en Massachusetts y no tiene formación artística alguna. Relata que simplemente un día tomó sus anillas, comenzó a pegarlas sobre una mesita y le pareció que podía hacer una composición. Al principio sus diseños eran lineales, pero luego experimentó con objetos más complejos y empezó a encimar las anillas para eliminar sus bordes de la vista, hasta lograr que sólo permanecieran las partes que deseaba mostrar, «como si fuera un rompecabezas del que soy el diseñador».

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Pronto fue mejorando su técnica, ampliando la gama de materiales para su conservación y sigue aprendiendo con cada pieza nueva. Intervino humidores, ceniceros, cortadores y encendedores que tenían gran éxito entre sus amigos del Cigar Lounge, y gracias a los eventos de la industria a los que ha sido invitado, conoció y se ha convertido en amigo de muchos de los productores líderes del sector, para quienes ha realizado trabajos especiales.

De hecho –explica–, un porcentaje alto de cualquier ingreso por sus piezas se dirige a diversas obras de caridad, incluidas las de la Fundación de la Familia Fuente. Además, ha trabajado con Oliva Cigars, donde capacitó a un joven con autismo que ahora también interviene ceniceros y con su venta recauda fondos para la Fundación de Moya, que brinda oportunidades de empleo a personas con necesidades únicas: «Mi regalo para este chico fue enseñarle a hacer el trabajo, darle materiales y lo necesario para lograrlo».

Su historia se ha publicado en varias revistas especializadas y esto ayudó a que el trabajo de Robert Glick se diera a conocer internacionalmente, de tal suerte que uno de sus humidores se subastó en la Noche de Gala de Procigar, en la República Dominicana, alcanzando un precio de venta de 18 mil dólares. Para el año entrante le solicitaron elaborar otro para la Noche Blanca. «Me siento muy honrado», afirma.

Además de personajes de la industria, a través de sus redes sociales mantiene contacto con una base amplia de seguidores, «así que mi entrada con el arte a este Mundo del Tabaco es motivo de orgullo».

El estudio de Robert Glick semeja una fábrica pequeña que mantiene un orden perfecto. Repisas, restiradores y espacios de trabajo muestran todo tipo de herramientas y materiales, rodeados por decenas de cajas llenas de anillas. «Muchas me las mandan. Hay gente que las junta para mí, y algunas otras las envían directamente de las fábricas porque me solicitan algún trabajo único y especial. Pero hay más de las que voy a utilizar el resto de mi vida».

De algún modo, los objetos que reviste son como rompecabezas 3D. «El secreto es que tomo una anilla cualquiera y separo los elementos de diseño que la componen, que son de diversos tamaños, y organizo las piezas hasta por colores. Es un trabajo muy detallado, un proceso que a muchas personas les parecería tedioso y que requiere de equipo especial como lupas, pegamentos, pinzas y así…».

Una vez colocadas, el recubrimiento de las anillas depende de la pieza. Por ejemplo, en un cenicero utiliza resina epóxica resistente al calor, y cuando son de vidrio en ocasiones las adhiere por abajo y entonces las cubre de otra manera. Las cajas y otros objetos los rocía con laca mate o al alto brillo, y cuando busca que las texturas puedan sentirse –especialmente cuando ocupa anillas que contienen relieves y mucho arte en su diseño– sigue un proceso distinto.

Es el caso de los encendedores y cortadores, les protege para que los aceites de los dedos no los arruinen, pero si está trabajando sobre una mesa o un tablero de ajedrez busca un acabado espejo, nivelado, que sirva para seguirlos utilizando con su fin original. «Siento que cada anilla debe estar en cierta posición que no puedo predisponer. Es como si ellas me fueran conduciendo y por eso a veces juego a recortar una pieza y esperar a que me diga dónde quiere estar».

Entre otras muchas cosas ha revestido instrumentos musicales, muebles, máscaras, zapatos, sombreros, carteles, cuadros, figuras de cerámica, objetos antiguos, juguetes, relojes, siestas, e incluso ha creado anuncios para Cigar Lounge. A pregunta expresa, responde que cada trabajo es como un hijo, y aunque se siente muy satisfecho con sus trompetas, zapatos y banderas, si debiera elegir algunos, el tablero de ajedrez estaría definitivamente entre sus favoritos.

Robert trabaja solo, con la televisión como sonido de fondo, y cuando no está en el papel de Abogado cualquier lugar es bueno para desarrollar su arte: la sala de espera de un aeropuerto, o mientras viaja en un avión… «en los hoteles me levanto cada mañana y avanzo con algo, porque es lo que amo hacer». Y de hecho tiene por costumbre «mantener andando» seis u ocho proyectos a la vez, porque cada uno requiere de su propio tiempo para irlo analizando, haciendo cambios e incluso desecharlo. «Hay piezas que me pueden tomar horas, mientras que para otras necesito de varios meses».

Robert Glick es un perfeccionista que realiza un trabajo delicado, con mano firme y mucha paciencia. Un artista cuyo mayor placer es observar y escuchar las impresiones que sus piezas despiertan en la gente, «pues no hay mayor recompensa que disfrutar lo que haces, cuando los demás lo disfrutan también».