Forajidos. Fuerte Johnston

Historias de tabaco en el viejo oeste

Capítulo 4: El fin de una era

Parte III

Raúl Melo

La felicidad y la riqueza son dos cosas que difícilmente se pueden ocultar. Entre Alyssa y yo se percibía desde antes eso que llaman química, pero tras volver de nuestro pequeño viaje la energía en la cabaña había cambiado. El viejo Rubens se apreciaba más relajado que antes, incluso se unía a nosotros para conversar, fumar o compartir una copa de licor, pero nos hacía falta alguien más.

Estábamos acostumbrados a largas ausencias de cualquier integrante de este clan, pues cada uno teníamos asuntos y aventuras propias. Así que no nos pareció extraño dejar de saber sobre JC durante un par de días, pero al pasar de las semanas el tema ya empezaba a causar preocupación.

Alyssa fue la primera en manifestarlo:

–¿Alguien ha visto al chico? ¿Saben si ha venido en algún momento?, –nos cuestionó.

–No, la verdad es que no he salido mucho estos últimos días ni lo he visto por aquí. Tampoco he notado que dejara algo donde suele hacerlo, respondí.

–Es un chico curioso y está creciendo. Seguramente anda por ahí o con alguna muchachita que acaba de conocer. ¡Ja!, recuerdo cuando tenía su edad; si aquellas plantaciones hablaran… –terció Rubens.

–Puede ser, pero la verdad es que nunca había pasado tanto tiempo fuera y me siento algo preocupada. El clima no es de lo mejor y JC tampoco es el chico más prudente de la zona. ¿John, podrías salir a ver si averiguar algo de él?, –pidió Alyssa.

–Sí, claro. Mañana mismo saldré a ver qué encuentro. Mientras alisto mis cosas ¿podrías conseguirme un poco de esa carne seca que guardamos para viajar? –respondí, y ella aceptó.

–¡Ja..! De eso también me acuerdo bien ¡Ja, ja, ja, ja..! El clima es horrible para que el niño ande fuera y sales a buscarlo gustoso. ¡Ja, ja, ja, ja..! No cabe duda de que las cosas nunca cambian. Mis peores locuras las cometí por una mujer y mírame, estoy aquí viviendo con un niño huérfano, una jovencita sin rumbo y un sucio bandido. Está bien recorrer ese sendero, Doe, pero ten cuidado, porque algunos caminos no tienen destino ni regreso, –sentenció el viejo en cuanto Alyssa dejó la sala.

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Pensando en lo que dijo, me dirigí al espacio que hacía las veces habitación, recogí algunas cosas: ropa, trapos y demás basura que creí útil de alguna forma. Lucky Bastard está acostumbrado a llevar sus alforjas llenas, pues nunca he sido de viajar ligero y con cualquier cosa en esas bolsas siempre he podido salvarme.

Alyssa me preparó un atado enorme con comida y otros suministros; pareciera que me mandaba de viaje por un mes, pensé.

–Oye, muchas gracias por todo, pero ¿No crees que es demasiado?

–No, no es demasiado, más bien espero sea suficiente. No quiero que vuelvas sin el niño. Toma, también tengo este dinero; compra cosas, información o voluntades si es necesario, pero regresa con él, ¿me entendiste?, –advirtió con voz entrecortada y un sentimiento de preocupación y agobio notable.

–Claro, cuenta con ello. Yo no vuelvo a este lugar sin JC. Lo conocí antes que a ti y también tenemos nuestra historia, nuestras aventuras. De cierta forma yo le permití o le fomenté esta vida aventurera, así que me siento algo culpable en este momento. No vendré sin el niño, –le prometí, mientras sostenía sus manos con las mías y besaba su frente.

Temprano, a la mañana siguiente, partí sobre Lucky Bastard con la idea de seguir los pasos que, imaginé, el joven JC habría dado en busca de aventuras. Sabía que para robar debía haber objetos disponibles, así que cabalgué por algunos caminos con rastro de pasos, hasta ubicar algún rancho o cabaña.

La nieve es una molestia, pues cubre cualquier huella en cuestión de horas o minutos, pero me permitió seguir las marcas de carretas que debieron llevar algún destino. Tras algunas horas de cabalgata, tras la arboleda que delimita el bosque frondoso de la montaña y los pequeños claros cercanos al valle, distinguí algunas construcciones, lo que parecía un tumulto y algunos carretones, probablemente los que vine rastreando.

Una vez en la propiedad, me di cuenta de que se trataba de un funeral y adopté una actitud triste que me permitió pasar inadvertido entre la gente para escuchar sus conversaciones. Resulta que la granja era hogar de una pareja de adultos mayores asesinados recientemente y sus hijos descubrieron los cuerpos un par de días atrás, cuando llegaron con el propósito de pasar algunos días a su lado.

Los cadáveres lucían maltrechos, atacados por el clima y algún carroñero que no permitió encontrar mayores pistas sobre lo sucedido. De todas formas, la gente siempre sabe y dice cosas, así que me mantuve discreto, con los sentidos activos.

Los rumores apuntaban a que los ancianos habrían sido ultimados por militares. Existían versiones sobre decenas de uniformados cabalgando por la zona, una probable discusión y un par de disparos –uno por cadáver–. Así que esto no habría sido daño colateral por alguna batalla o persecución.

Algunos decían que los militares habían estado en otras granjas buscando a un chico y una pareja de asaltantes. Eso me sonaba familiar, no por saber que los hombres de Lafayette buscaban a alguien, sino por la descripción de los sujetos. Creo que pocas parejas andan por ahí fingiendo ser una familia para perpetrar actos delincuenciales, especialmente de los que suelen alterar a la élite en la ciudad.

En este punto estaba claro que la desaparición de JC se relacionaba con la tragedia de los ancianos, pero restaba saber si lo del chico fue un arresto o ejecución, y esa idea no me dejaba pensar con claridad.

Regresé a los caminos y me dirigí hacia la ciudad, donde era probable conseguir más información sobre lo sucedido. Pero debía ser cauteloso, pues ahora estaba consciente de que tanto Alyssa como yo también éramos buscados por la Guardia del Sur.

Antes de ingresar a Lafayette me lavé el rostro y me vestí con prendas un poco más elegantes de lo acostumbrado. Los soldados estarían más atentos a un forajido sucio, como el señor Rubens suele referirse a mí, y existía la posibilidad de pasar desapercibido como un estirado aspirante a burgués, de los que abundan por aquí.

Instalado en Lafayette me dirigí a una cantina y me aseguré de que hubiera militares dentro, pues de seguro obtendría algo útil si escuchaba con atención hacia la dirección correcta.

Durante un par de días nada pasó. Gente común y uniformados entraban y salían de las cantinas, los parques y las calles. Era como si Alyssa, el chico y yo fuéramos el único cabo suelto para que Lafayette viviera su fantasía de ciudad perfecta.

Pero les hacía falta controlar un espacio, las afueras… Allá la gente no estaba a gusto ni contenta con la situación. Me dirigí hacia la vieja casa de JC, y como obviamente mi vestimenta ya no sería la adecuada para aquella zona, regresé a mi apariencia de siempre.

Caminando entre las casas obreras me topé con un par de guardias, quienes me marcaron el alto para una “revisión de rutina”.

–¡Hey, tú! ¡Detente!, –gritaron a mi espalda, y así lo hice.

–¿Quién eres y a dónde te diriges?

–John Smith, mi nombre es John Smith. Trabajo en la plantación Carrigan y me dirijo a casa; acabo de salir de mi turno. ¿En qué puedo ayudarles?, –respondí.

–No me parece que esta sea la hora correcta para salir de turno. No nos mientas, hombre, –dijeron incrédulos.

–Está bien. Pasé a beber algunos tragos antes de venir a casa, pero eso no es delito, ¿o sí?, –pregunté a la defensiva.

–No, no lo es, pero tratar de engañarnos sí lo es. Además, me recuerdas a alguien, –agregó uno de los guardias, mientras sacaba un papel del bolsillo.

Se trataba de un cartel con un dibujo burdo de Alyssa, JC y yo, señalados como los responsables de los robos a Carrigan. Entonces supe que mi suerte había cambiado y debía actuar pronto.

–Lo siento. No fue mi intensión mentirles, señores, pero no creí importante decir que tengo problemas con la bebida y mucho menos hablarlo tan cerca de casa, donde mi mujer pudiera escuchar que descuido el hogar a propósito, –dije, mientras fingía consternación y mecía mi cabello con una mano, colocando la otra en la cintura.

–Eso ya no cuenta. Lo importante aquí es que creo que éste eres tú, –aseguró el uniformado, mientras señalaba el dibujo en el cartel.

–No lo creo, señor. Yo entro a diario a la fábrica y la plantación a trabajar. Si fuera yo no me dejarían seguir ahí, ¿no cree?, –le contradije, acentuando mi tono nervioso y asustado.

Los hombres siguieron cuestionándome, y de un momento a otro la mano sobre mi cintura tomó el mango del cuchillo y lo arrojó a la garganta del guardia más insistente. Murió prácticamente al instante.

El segundo hombre, sorprendido por la acción, temblaba como las patas de un potrillo, y al tratar de desenfundar dejó caer su arma. La pisé y él se hincó, primero para tratar de alcanzarla y luego para suplicar clemencia.

–Yo no he visto nada. Para mí esto ha sido un accidente, una pelea de cantina, una torpeza… lo que usted quiera que sea, –dijo entre lágrimas.

–Sé que no deseas morir, que aún eres joven, pero desde que portas ese uniforme tomaste una decisión.

–Le juro que no diré nada… es más, me quitaré el uniforme y no volveré a usar jamás, –juró, mientras se quitaba la gorra y el chaquetón.

–Me parece muy bien que te despidas de esa vida en la Guardia del Sur, pero hay algo más que puedes hacer por mí. ¿Sabes algo de un niño arrestado recientemente?, –pregunté.

–Sí señor, lo llevaron a Johnston. El capitán Clinton quería hablar con él, –confesó.

Excelente. Gracias por cooperar, amigo, pero existe otro problema; tú ya sabes quién soy, –le expliqué, antes de recoger mi cuchillo del cuello del primer sujeto y deslizarlo por el suyo.

Aquí no habría testigos. Ya no puedo arriesgarme más.

CONTINUARÁ…