De Debod a Punch. Órbitas y luces de la ciudad

Madrid, entre humos

Sofía Ruiz/Master Habanosommelier

El reloj marcaba las siete cuarenta y cinco, o dicho en madrileño, un cuarto para las ocho. El cielo se pintaba sobre la capital española con los primeros rayos del atardecer; un espectáculo con el que la naturaleza nos enseña que nosotros también podemos transformarnos gradualmente, como las fases de luz y sombra que esa estrella proyecta sobre un planeta en órbita.

Y ese que, en la vida, ¿qué ejerce realmente sobre nosotros una atracción capaz de ponernos en órbita? En mi caso, sin duda alguna, el tabaco negro cubano.

En la ciudad se dice que ver una puesta de sol en el Templo de Debod marca un hito en tu camino. Varios amigos me animaron a descubrir ese lugar y aumentaron la curiosidad que me puso en marcha hacia la línea 10 del metro y la estación Plaza de España, de la que salí sintiéndome entre buenos humos, la órbita y la reconexión con la ciudad, tras las vacaciones de verano.

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Recorrer sus jardines me permitió saludar a Miguel de Cervantes Saavedra (tenía que hacerlo), o más bien encontrarme con este homenaje –hecho estatua– a la leyenda de las letras hispanas (Abro un paréntesis, a manera de compromiso, para que en futuras columnas viajemos juntos hasta Alcalá de Henares, cuna del famoso escritor).

Las familias reunidas y los niños jugando en los espacios recreativos me hicieron sentir como una local, mientras caminaba hacia una de las maravillas de Madrid: el Templo de Debod. Aunque, como todo en la vida, no fue tan fácil. Luego de tomar por la calle Ferraz hay que comenzar a subir la Montaña del Príncipe Pío –llamada originalmente La Huerta, la Dehesa Florida o los Saltos de San Bernardino–, famosa por ofrecer una de las vistas más espectaculares del Palacio Real y de todo el poniente de la capital española.

Poco a poco sentí la emoción de ver a miles de turistas y locales de todas las edades encaminarse hacia la cima de la Montaña, subiendo las escaleras con una rapidez abrumadora, eso sí, como impulsados por los últimos rayos del sol para cazar este atardecer.

La vibra del lugar, especialmente en los jardines, con familias, jóvenes y parejas disfrutando de un pícnic, riendo, cantando o expresando su amor, fueron instantes para recordar. Aunque la experiencia inolvidable fue contemplar uno de los atardeceres más bellos de mi vida, con los dorados, naranjas y rojos que me pintaron de alegría. Una confirmación de la magia de la naturaleza.

Pero a un costado de las famosas barandillas de La Huerta me esperaba la joya mencionada, el Debod, un templo egipcio que data del siglo II a.C., donado a España en 1968 como agradecimiento por su respuesta al llamado internacional para salvar a los templos de Nubia, amenazados por la construcción de la presa de Asuán.

Cabe mencionar que Egipto donó tres templos más: Dendur, a Estados Unidos; Ellesiya, a Italia, y Taffa, a los Países Bajos. En el caso de Debod, se desmontó piedra a piedra y se llevó a Madrid, reconstruyéndose su orientación original en el solar que ocupó el antiguo Cuartel de la Montaña. Finalmente, se abrió al público en 1972.

La capilla de Adijalamani o de los relieves, la parte más antigua y núcleo del santuario, cuenta con pinturas que representan al rey adorando a los dioses y ofreciendo sacrificios. Se erigió bajo el periodo del faraón Ptolmeo IV Filópator y se decoró posteriormente por el rey nubio Adijalamani. Una de sus partes está dedicada al dios Amón de Debod y posee importantes añadidos de la época ptolemaica y romana.

El tiempo pasaba y la noche cayó sobre Madrid. Tras bajar de la montaña, mi siguiente paso fue conversar con otro extranjero: me refiero a Punch Triunfos, un habano creado en la isla de Cuba a mediados del siglo XIX, como homenaje al mercado británico. El nombre de la   marca se refiere al payaso Mr. Punch, un títere de guante muy popular en los espectáculos callejeros londinenses

Y para disfrutar de nuestra plática por todo lo alto, seguimos la Calle del Maestro Guerrero para ingresar al Hotel Riu Plaza España, ubicado a unos cien metros y literalmente nos fuimos al piso 27. Gracias a los cerca de tres minutos de trayecto en el elevador y la mezcla de idiomas, producto de la gran cantidad de turistas, Mr. Punch y yo nos sentimos en las nubes al arribar al famoso Sky Bar 360º; un sitio que nunca pasará de moda.

El lugar estaba repleto de gente que disfrutaba, entre luces, de imágenes del pasado gracias a los edificios antiguos, que se funden con la modernidad de la especular Gran Vía, una calle donde las carteleras teatrales brillan en todo su esplendor, bajo una luna también espectacular. De hecho, este espacio ofrece panorámicas de la ciudad y si quieres lograr la mejor postal recomiendo llegar temprano y, si puedes, sentarte en la barra que recorre los cristales del lugar.

Con música de fondo y con un cóctel en la mano, Punch Triunfos comenzó a hablarme en el paladar con notas a frutos secos, tostados y la tipicidad floral de la marca. Conforme los tercios avanzaron me dejó puntas a miel, vainilla y un poco de nuez moscada.

Gracias a sus 129 milímetros de longitud y 42 de cepo, puede crear mi propia órbita durante un poco más de 30 minutos, y el camino de los buenos humos me mostró que los satélites son pequeños momentos que nos regalan una noche y unas hojas de tabaco cultivadas en una de las mejores tierras para ello: Cuba, La Isla, como yo le llamo.